Norma Nivia en pijama

Después de nueve meses sabáticos que disfrutó en Londres, la actriz regresa a las pantallas de la televisión con los sueños cumplidos. Rejuvenecida y satisfecha en este nuevo amanecer, ahora es la villana de la telenovela Mi bella Ceci.

Por Germán Hernández

Cortesía de revista DINERS

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Norma Nivia es una de esas afortunadas muchachas que se da el lujo de soñar en colores. Enlazados detrás de los párpados, sus sueños en tecnicolor le restallan en las pupilas cada vez que llega un amanecer, y debe ser por eso que adquieren el fulgor de la esperanza. Los ojos verdes de Norma Nivia parecen reflejar la satisfacción de quien ha tenido muy pocas pesadillas.

Sin embargo, hasta el año pasado, había una quimera rebelde que se resistía a saltar a este lado de la realidad. “Toda la vida quise vivir en Londres –dice la modelo y actriz–: era como una obsesión”.

Era como un espejismo que la persiguió durante casi tres décadas. La acompañó en las clases del colegio del liceo nacional de Líbano, Tolima, en donde nació y se vino con ella a Bogotá cuando le dio la ventolera de estudiar teatro a 2.600 metros más cerca de las estrellas.

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Como una paisana más, arrendó un apartamento de habitaciones compartidas en Camden, un refugio que parecía haberla esperado, con las puertas abiertas, desde que al rey Jorge IV se le ocurrió fundar este curioso barrio londinense. Y durante nueve meses fue feliz: estudió inglés puro con el rigor de un inspector británico, pero por las noches se volaba a soberbios conciertos de Oasis y a destaparse los oídos en Los Establos, el bar de moda construido en una granja, con pacas de heno, ginger ale y tubos de streap tease.

Y estuvo a su lado, hibernando, en el susto de los primeros desfiles de la moda casual, en el agobio de los primeros calendarios eróticos, en el afán de los primeros capítulos de la televisión romántica, en la tristeza de los últimos amores frustrados.

“Pero el año pasado me di cuenta de que estaba a punto de cumplir los 30 y que ya tocaba acabar con la espera”, dice ella.

Cuando habla se perciben chispas invisibles que se escapan en todas direcciones, las mismas que debieron advertir los agentes de inmigración del aeropuerto de Heathrow el día en que llegó a Londres, procedente de Bogotá. Había acabado de grabar la telenovela Hombre rico, hombre pobre, y llevaba libras esterlinas suficientes para buscar, sin afanes, el santo grial de sus ilusiones aplazadas.

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“Fueron mis primeras vacaciones largas desde que tenía 17 años”, dice, mientras abre esos ojos voraces y devastadores que parecen siempre estar contemplando un milagro.

Pero fue también un período propicio para aliñar el –ese sí– sueño de su vida: ser estrella de cine. Regresó al país el pasado 2 de abril, un día antes de su cumpleaños, con las reservas monetarias agotadas y los bolsillos llenos de ambiciones. Su corazón también volvió solo.

Y estaba allí, pastando los recuerdos de todas esas noches hervidas al curry que tuvo que sufrir con sus estridentes vecinos hindúes, cuando apareció un papel en la serie Los Victorinos, de Telemundo, en donde logra viajar por el tiempo gracias a la fábrica de sueños de la televisión, y otro rol de villana en Mi bella Ceci, una nueva comedia que Caracol Tv planea estrenar este 21 de octubre. “¡Otra vez de mala!”, exclama mientras las chispas invisibles le acentúan el cabello anaranjado.

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Al tiempo que grababa la telenovela, tomó cursos de actuación en cine y grabó seis cortometrajes, y se puso una docena de trasnochadoras pijamas que ilustran el catálogo de la nueva colección de VC Dreams, la sofisticada firma de confecciones creada por su amiga Viviana Castrillón. Su belleza adormecida es arropada al amparo del algodón, mientras ella parece soñar con cuentos alucinantes de doncellas seducidas en los feudos del castillo Marroquín.

“Quiero que las creaciones de los diseñadores se roben el protagonismo y brillen a través de mí, pues soy consciente del enorme trabajo y esfuerzo que hay detrás de cada colección”, dice, al recordar que ésa es su faceta de modelo. Pero también para advertir que nunca ha querido vender su imagen personal. “Lo que busco con este trabajo es convertirme en cero mamacita, cero motivo de ensueños paganos y antítesis del símbolo sexual, tan natural como un arroyo y lejana a la pose del erotismo barato que no me interesa, así como no me interesa ser un artificioso fenómeno de masas, ni un oscuro objeto del deseo”, dijo alguna vez a esta misma revista.

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Las grabaciones de Mi bella Ceci deben terminar en marzo del año entrante, y Norma Nivia piensa que ese será el comienzo de la primavera de una nueva ilusión: ir a estudiar cine en Nueva York. Su deseo íntimo es llegar a trabajar con directores de la talla de Pedro Almodóvar o Tim Burton, y nada tiene de extraño que esta pretensión se cumpla, contra todos los pronósticos. “Mi mamá me decía que si estudiaba actuación iba a terminar disfrazada de mimo en una esquina”, advierte ella.

Pero allí, en cualquier esquina, también se habrían destacado sus 1,83 metros de lánguida belleza, pero porque ella además los refuerza con un optimismo necesario para merecer las metas imposibles. “Amanecerá y veremos”, parecen decir sus ojos con esa fe bella y férrea que hace que, tras ellos, se alcance a ver el milagro envuelto en sueños de color esmeralda.

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