La última guerra VI

La educación es un lento pero seguro proceso de domesticación, gracias al cual el hombre cambia la duda por la resignación, y el horizonte por una tronera.
Camino de la escuela, Peregrino observó un cambio en el color de los árboles: las hojas iban perdiendo el verde y derivando hacia un amarillo lechoso; las cortezas ya no eran carmelitas sino blancuzcas.

—No hay una explicación científica —le dijo la maestra—. Tal vez el agua ha empapado la tierra de tal modo que la transformación debe venir desde las raíces. Años antes, Lunaluz y Lucas estudiaban en esa escuela. Ella iba por la mitad del bachillerato, y él finalizaba la primaria. Ahora los salones estaban solos, arrumados los pupitres contra las parees desconchadas, sin tiza los tableros. En el patio se veían unos yerbajos pardos que habían borrado para siempre los límites caprichosos de la rayuela y los cuadros de la golosa. Entre las tejas crecía un musgo color naranja, y de los aleros colgaban líquenes y helechos por los que escurría la llovizna.
—¿Poner la escuela otra vez en marcha? —preguntó la maestra, con una sonrisa incrédula. —No hay presupuesto, no tenemos textos ni cuadernos ni útiles, los profesores están fabricando armas o utilizándolas en las trincheras, los niños de antes se volvieron hombres comprometidos en la guerra y los chicos actuales no salen de sus casas por temor a los imitantes, a las balas perdidas o a los rayos de las tormentas.

Peregrino se sintió triste. Sin niños, el mundo no tenía futuro. Pero ¿a quién le importaba el futuro del mundo? Los que vivían escasamente cargaban los fardos del pasado y soportaban el presente, que se les iba volviendo pasado entre las manos así como la tierra se transformaba en lodo entre la lluvia.

—Lucas podría volver a la escuela —dijo, y le cruzó los ojos un relámpago de esperanza.

—Ya tiene edad para manejar una metralleta o cargar un cañón, o echarse sobre los hombros una bazuka —le dijo la maestra—. La infancia ahora es una enfermedad que pasa muy de prisa.

—Puedo aprender o enseñar—insistió Peregrino Cadena, que no quería seguir dando vueltas en el vacío.

—No hay a quién enseñarle ni hay a quién aprenderle —dijo la maestra, y se metió al fondo de la escuela.

Peregrino paró un pupitre en la mitad del salón, se sentó y regresó a las épocas de la paz, cuando asistía a la escuela con la pizarra, el gis, el abaco de colores brillantes. Repetía las tablas de multiplicar, los verbos, los adjetivos, pintaba árboles con manzanas y patos con laguna propia. Jugaba a la lleva, al cuclí, a la gallinaciega, o apostaba aguinaldos en los diciembres antes de las vacaciones. Hacía cometas en agosto y se iba con su padre a Pálmasela, a elevarlas desde la colina situada detrás de la casa. Apostaba a los trompos y a las canicas, hacía tareas de geografía y aprendía que la patria es el hombre y por eso el mundo entero es una patria. Regresaba a su casa de la mano con el toque-del ángelus, rezaba con su madre las oraciones de la tarde y por las noches veía el cielo lleno de cocuyos que parpadeaban muy arriba.

Buscó un trozo de tiza para escribir en el tablero la palabra paz, pero ya no había paz ni tiza. Salió al patio y no lo recibieron los gritos de los niños sino el sonido monocorde de la lluvia, y el retumbo de los truenos o de los cañonazos hacia el sur, por donde venía la guerra con sus pasos contados.

Buscó a Cantor Valero. ¿Lo habrían matado los años? Recordó que antes la gente moría en su cama, rodeada por el afecto y la solidaridad de los parientes, con un Cristo en las manos, bajo los ojos del cura. Ahora las personas morían por montones entre el barro sanguinolento de las trincheras, con un fusil en las manos, bajo los ojos de los disparos enemigos.

Cantor había cuidado los pájaros y los árboles de Solodios. No porque alguien lo hubiera nombrado por decreto, sino porque él tomó por su cuenta esa responsabilidad. En esas épocas, los chicos cambiaron las caucheras por los libros de cuentos. Un pájaro, solía decirles, es un ser vivo; en él no sólo hay plumas y sangre y corazón sino que hay canciones. Matarlo es como matar a una persona que tiene una ropa y una voz diferentes. Y también les explicaba que un árbol vive, que respira por sus hojas, que come con sus raíces, que abraza el aire con sus gajos. Peregrino, recordándolo, pensó en los desiertos de occidente, donde hasta los hombres eran distintos.

Encontró a Cantor encaramado en los restos de una tapia, mirando llover. Se sentó a su lado.

—¿Por qué ahora los árboles son amarillos? —le preguntó. Valero lo miró como si volviera desde muy lejos, por un camino difícil y casi borrado por la maleza.

—Son amarillos porque ya en el aire no hay vida sino pólvora; porque la savia se les volvió anémica y ya no necesitan ser verdes para atraer los pájaros. -Tampoco hay pájaros —dijo Peregrino.

Y Cantor comentó:

—En los últimos gajos sólo quedan los nidos vacíos. Tan desocupados como está ahora el alma de los hombres.

Fue a la fábrica y esperó la salida de los obreros. Pasaban junto a él con los ojos bajos, afanados, medrosos, y se metían a los barracones a esperar la sirena que los sacaría de sus camas y los precipitaría al fondo de las bodegas. Vio a Abel y se le acercó.

—Sigo sin conseguir trabajo —le dijo. Y Abel le informó:

—Me despidieron, necesitan menos obreros y más soldados, y desde mañana engrosaré las filas de los que pelean en el sur.

Peregrino quería hablar, contarle su encuentro con el Comandante Policarpo, hacer reminiscencias de sus épocas de muchachos, de las jornadas de pesca antes de que los lagos del norte se convirtieran en pantano. Pero Abel no tenía tiempo.
—La tragedia del hombre de ahora —le dijo Peregrino —es que por andar buscándose la muerte no le queda tiempo para la vida.

Se quedó un rato frente a los barracones. Lo rodeó la sombra húmeda de un crepúsculo sin sol y sin paisajes. Oyó la voz de la maestra, pero ya no lo convocaba a la alegría de los recreos sino que lo rechazaba con frialdad. Se sintió solo en un mundo hostil y desconocido. Echó a andar por la mitad de la calle anegada, al encuentro de la oscuridad.
que deben conservarse para que las nuevas generaciones comprendan algún día el momento curioso en que vivimos en el 2010.

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