La última guerra IV

Las iglesias son unas cosas demasiado grandes, donde no cabe la pequeñez que la religión le ha señalado al hombre.
Ante el templo cerrado Peregrino pensó si Dios también estaría en guerra. Años antes, y luego de un período de indiferencia religiosa, la gente había vuelto a las iglesias. No tanto porque se anunciara el fin del mundo, sino porque de repente renacieron el fervor y el arrepentimiento. Pero cincuenta meses de guerra acaban con todo: con este mundo y con el otro.

Golpeó varias veces en la casa cural. Ya estaba marchándose cuando le abrió Moisés, el párroco. Lo miró desde otra dimensión y le cerró la puerta; pero Peregrino ya estaba ducho en estas cosas y con la punta de su bota impidió que se ajustara del todo.
—Los hombres no quieren recibirme y vengo a ver si me recibe Dios —dijo. El hombre de negro lo escudriñó con la frente arrugada, los ojos apagados, la boca apretada.
—Los hombres mataron a Dios y ya no hay quien lo resucite —dijo.

Peregrino le explicó que llevaba varios días sin comer.

—El alimento más barato es una bala porque quita el hambre para siempre —dijo el cura.

—Usted habla como si la religión fuera cosa de museo.

—La religión está cada vez más viva.

—Una religión viva no tiene sentido si el hombre ha muerto.

El párroco de Solodios no quería discutir.

—Cierro la puerta —dijo— porque la vanguardia y la retaguardia están llenas de ladrones.

—¿Por qué no va al frente a predicar la paz? -preguntó Peregrino.

—Por dos razones —le explicó— La primera, porque al terminarse los combustibles todos los medios de transporte quedaron en desuso; y la segunda, porque la guerra hace tanto ruido que no dejaría oír ningún sermón sobre la paz.

—Busco un trabajo —dijo el desertor—. Podría ser sacristán o acólito.

—Nadie viene a la iglesia —dijo el cura— Los hombres le volvieron la espalda a Dios, y por eso ahora tienen el Cristo de espaldas.

—Pero me estoy muriendo de hambre —insistió Peregrino.

—Usted era un soldado —comentó Moisés—Usted arrasó los campos y quemó las cosechas. Lo único que le queda es un pan de ceniza.

Con el sol macilento la lluvia se veía deshilachada, ondulada por el viento. Ya ni siquiera oían los disparos: se habían acostumbrado tanto a ellos como al invierno. No tenían memoria ni del verano ni de la paz.

—Podría barrer la iglesia —murmuró Peregrino.

—Desde que no entra nadie —dijo el cura— las iglesias permanecen limpias. Sólo las ensuciaba la escoria humana.

—Pero una iglesia cerrada es tan sin sentido como una cárcel abierta. La religión que no tropieza, cae y se levanta con el hombre es un lastre inútil. Si Dios no llora las desgracias del hombre y las sufre en la misma medida, es un Dios inhumano, y eso le niega todo posibilidad de existencia.

—Le diré una cosa —argumentó el cura: —E hombre está hecho para cumplir la ley religiosa, par acatar los mandatos de la Iglesia, para doblegarse delante de Dios.

—No —dijo Peregrino—La ley religiosa sol se justifica al servicio del hombre; la Iglesia no existe si no está formada por una comunidad de hombres; si Dios doblega al hombre no es Dios, porque por encima de todo Dios es Amor y el Amor no condena sino redime.

El cura lo miró como espantado.

—A mi iglesia sólo volverá a entrar el hombre cuando esté limpio de culpa—gruñó.

—A la iglesia entran los sucios de pecado par limpiarse.

—Dios enviará a los pecadores al infierno.

—El infierno de Dios es un absurdo —dijo e desertor—porque si Dios creó el infierno se destruyo a sí mismo.

Moisés le cerró las puertas en la cara Peregrino recuperó la calle y la llovizna. Sentí como si el hambre hubiera excavado en su interior una trinchera.

Hacia el final de Solodios no había esperanza Regresar al sur era reincidir en la guerra. Los pantanos del norte cortaban todos los caminos. Hacia occidente quedaban los mutantes, los mutilados y la ruina. A oriente, Pálmasela. Pensó que en cuanto recuperar sus fuerzas iría hasta su tierra. La había heredado d sus padres, éstos de sus abuelos. Allí no sería un forastero.

Llamó al portón de la última casa, y se abrió rápidamente. «¡Hola!», dijo una voz femenina, cálida y dulce. Peregrino creyó que por fin había muerto. Entró, y oyó el golpe de la puerta al cerrarse. Se sintió extraño, incómodo. La lluvia llevaba cuatro años cayéndole encima, y le hacía falta su humedad y su ruido. Parpadeó, y vio que estaba en una sala llena de muebles viejos, amontonados unos sobre otros sin ningún orden. De las paredes, colocados en clavos, colgaban numerosos vestidos. ¿Lo acometía el delirio? Le pareció oír la voz del cura: «La Iglesia es la guardiana de Dios». Y su propia respuesta: «Sólo tienen guardianes los que están presos». Olía a guardado, a viejo. ¡Y a café! Recibió el pocillo, bebió con afán, sintió llamas en la boca y luego en el interior de la garganta. Se le llenaron los ojos de lágrimas y lo acometieron las náuseas.

—Beba poco a poco —dijo una voz de mujer. Tomó un pequeño sorbo y se sintió mejor. Y entonces la vio, sonriéndole. ¿Sonriéndole? Sí, todo su rostro desaparecía ante esa mueca que Peregrino recordaba como en los sueños de su niñez, en la faz bondadosa de su madre.

— ¿Mamá? —preguntó, porque siguió con el convencimiento de que ya no pertenecía a la tierra, sino a una dimensión desconocida situada más allá de los portalones de la muerte.

—Soy Frida —dijo la mujer. Peregrino terminó el café y devolvió el pocillo.
—Soy un desertor —dijo.

—Creo que en algún momento de la vida todos hemos desertado de algo.
– ¿Dónde estoy? —preguntó Cadena, y se sintió amarrado por su apellido.

—En la Casa de los Disfraces —le informó la muchacha. —Antes de la guerra aquí venían hombres y mujeres a buscar un antifaz, un traje, adornos, sombreros, guantes, para poder participar en la mascarada de la vida. Ahora no tengo clientela, la humedad pudre los vestidos y la guerra pudre los hombres.

Peregrino se sentó. Junto a sus zapatos quedó un charco de lluvia. Volvió a pensar en Moisés:

—El hombre —había dicho el cura— es solamente una maldición para la tierra y un insulto para Dios.

—No —le había replicado—. Si alguien debe redimir la tierra y bendecirla es el hombre, que no puede insultar a Dios porque es su imagen y semejanza. Sería como si Dios se insultara a sí mismo.

— ¿Necesita un disfraz? —preguntó ella. Tal vez, pensó él, y se le iluminó el futuro. Si no lo aceptaban como desertor ¿no podrían aceptarle como ser humano?

—No tengo disfraces de seres humanos —dije Frida, y él se dio cuenta de que había pensado en VOZ alta—. Para vestirse de ser humano tendría que andar desnudo; la desnudez no admite maquillaje.

—Me quiero disfrazar de obrero —dijo. Ella bajó el traje del clavo y se lo ofreció Peregrino se lo puso encima de sus harapos y se mire al espejo.

—Ese no soy yo —dijo.

—Ahora —comentó ella— nadie es nadie, todos son todos, que viene a ser lo mismo. La guerra borra los parecidos y las fronteras, la guerra borra al hombre.

El obrero Peregrino Cadena volvió a la fábrica, y lo dejaron entrar. Se ubicó en una sección del almacén donde se empacaban las balas de las metralletas, cosiéndolas en largas tiras como para ponerle encajes a la muerte. Había trabajado casi dos horas cuando uno de los perros guardianes descubrió el engaño. Lo despojaron del uniforme y lo lanzaron a la llovizna. Definitivamente la fábrica no era su lugar. Haroldo lo persiguió por los vericuetos de Solodios para matar el secreto del desfalco de armas, pero Peregrino se perdió entre los juncos de la tormenta, que antes de terminar ya había recomenzado.

Frida le dijo:

—No hay nada tan fácilmente identifícable como un ser desgraciado; y como se teme que la desgracia sea contagiosa, todos lo dejan solo. El ser más desdichado en el tránsito por el mundo es el hombre, y por eso nunca tiene una verdadera compañía.

Peregrino se acurrucó en un rincón de la sala, y como se durmió enseguida no se dio cuenta de que todos los disfraces le habían caído encima.

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