La última guerra III

La maldición de ganar el pan con el sudor de la frente ha sido superada por el hombre, gracias al moderno invento del desempleo.
La insistencia de Peregino ablandó un poco las negativas de Abel. Lo dejó dormir en el ángulo de un corredor en el barracón donde vivía. A cubierto de la lluvia pensó que necesitaba ponerse a cubierto del hambre, y le insistió en que lo ayudara a conseguir trabajo en la fábrica. No necesitaba falsificar sus papeles de identidad porque luego de largos años de guerra, nadie los tenía. Así que Abel se las ingenió para meterlo de cargador en una de las bodegas. Le pagarían el salario mínimo como a cualquiera de los obreros: la tercera parte en bonos de seguridad nacional, que por razones obvias no valían nada; otra parte en vales para retirar comida en los depósitos de Solodios, y el resto en dinero, cada vez más devaluado e inútil.
—El trabajo necesita hombres —le dijo el Capataz. Y Peregino, que andaba siempre cuestionándolo todo, le contestó:

—El hombre necesita trabajo. —Pero nadie estaba ni para entenderlo ni para discutirle, y siguió así dos días hasta que al tercero conoció al Director; que, según dijo Haroldo Ventura, uno de los celadores, no sólo producía armas para que su gobierno siguiera enfrentando la guerra, sino que a espaldas de su deber vendía armamento al enemigo para que pudiera seguir haciéndole la guerra a su país. Después Haroldo se arrepintió de la confidencia, y empezó a buscar a Peregrino para matarlo. Una mordaza de plomo era entonces, como también en las épocas anteriores, la más efectiva.
El Director estaba interesado en que los obreros rindieran al máximo. El gobierno, que conocía las debilidades de sus gobernados, había establecido un porcentaje para los Directores que lograran sobrepasar determinada cifra de producción. Así que los había convertido en negreros, que explotaban a los que estaban bajo su mando.
—El nombre vale en función de lo que produce —le dijo a Peregrino. Y éste le comentó:

—Yo pensé que al fin el hombre valía por sí mismo. —Exijo un rendimiento máximo —siguió el de la doble moral. Y se explayó en explicaciones sobre su concepto del trabajo: —El Estado es una máquina que a medida que avanza va produciendo hombres perfectos. La perfección del hombre se mide en razón de su utilidad para la buena marcha de esa máquina. El trabajo de la máquina es hacer hombres cada vez más eficientes, para que esa eficiencia redunde en beneficio del adecuado ritmo de la máquina.
Peregrino intentó decirle que, en esa forma, el hombre era inferior a la máquina. Pero el Director se había marchado a otras dependencias, donde pronunció un discurso parecido:
—El trabajo no se hizo para el hombre: el hombre se hizo para el trabajo. No se trata de que el trabajo dignifique al hombre, sino de que el hombre haga un buen trabajo.
Ocho días después de su ingreso a la fábrica de armas, Peregrino fue descubierto por un computador.

No le pagaron sus jornales, porque no estaba programado; lo echaron a la calle, y en su ficha quede inscrita una anotación de mala conducta. Otro de lo; computadores analizó su hoja de vida, y se encendió la alarma roja cuando la pantalla verificó que se trataba de un desertor. Las entradas se cerraron, pero el el soldado sólo había necesitado una salida, así que retornó a las callejas de Solodios y a la persistencia de la lluvia.
Abel quiso lanzarlo del rincón del corredor donde había colocado unas ramas de pino para abrigarse, 3 Peregrino le rogó que le permitiera conservar ese sitie al menos hasta que consiguiera otro. Mientras llamaba al sueño y oía los truenos y los cañonazos evocó h mala alimentación de las trincheras, y sintió en la; tripas un mordisco terrible. Muchas veces le había robado la ración a los que ya no la necesitaban. Porque lo que abundaba en el frente eran cadáveres. Recordé a las mujerzuelas que iban detrás de la tropa solucionando sus necesidades sexuales: recogían la¡ raciones de los muertos o remataban a los heridos pan robárselas, y así establecieron un comercio subrepticio de enlatados y conservas.
A los tres días pensó que era preferible qu< Haroldo lo encontrara, pero él ya había olvidado e encargo. Asesinar a un hombre era algo tan nimio que ni siquiera creaba recuerdos.
Pidió ver al Director y le dijo: —O me da un trabajo o me pega un tiro. —Una bala
—Le contestó— vale más que m hombre.

Se quedó mirando cómo los obreros sacaban panes duros de grasientos envoltorios. Cuando terminó la hora del almuerzo empezó a husmear entre los papeles y calmó el hambre. Por la noche otra vez comenzó a ladrarle. Golpeó a la puerta de la habitación donde dormían Abel y otras personas, pero no le abrieron. Nadie despertaba sin la ayuda de la sirena, que los conducía a la fábrica a las seis de la mañana y los devolvía al ocio a las ocho de la noche. Comió tallos de maíz, pero la lluvia los había podrido y le supieron a pantano.
Insistió ante Abel y éste lo miró como si fuera uno de los seres mutantes de occidente, de los que huían hasta las ratas.
El Director lo encontró en una zona neutral de la fábrica.

—No puedo engancharlo —le dijo—. Pasamos por un período de sobreproducción de armas, y si no estalla otra guerra no sé a quién se las vamos a vender.
—Pensé que todo el mundo estaba en guerra -dijo Peregrino.

—Eso es verdad —contestó el Director—. Así que nos tocará comenzar la guerra de las galaxias.
—¿ Y por qué no fabrican cosas para la paz? -quiso saber el desertor.

-Porque la paz no existe. Y al no existir no necesita nada.

Pensó pedir limosna, y recordó que desde el comienzo de la guerra nadie daba nada. Fue hasta su casa desafiando la lluvia que intempestivamente había arreciado. Golpeó, y no le abrieron. En un momento tuvo la impresión de que alguien lo espiaba, corriendo un milímetro la sombra espesa de la persiana; pero no lo habría podido jurar.
Llegó a la plaza de Solodios: la fuente donde había jugado cuando niño era un revoltijo de barro, cemento y piedras. Las casas parecían abandonadas; los alerto estaban rotos. Se colocó en el centro de la plaza, abría los brazos, giró lentamente: las cuatro esquinas sólo repetían el mismo paisaje donde la única presencia en la desolación. ¡Soy Peregrino Cadena!, gritó, y n siquiera se presentó el eco. La voz se le murió como si no hubiera abierto la boca, como si hubiese gritado hacia adentro. Pero en su alma tampoco la escuchó Tal vez porque la lluvia era como el paso de millones de soldados por un camino lleno de fango y miedo.
Golpeó en dos, tres, cinco casas. Sólo le abrieron en una, pero no le dieron ni un mendrugo. El rostro que se asomó por un pequeño espacio de la puerta en áspero y oscuro: años antes eso había sido una mujer —No hay nada —dijo—. No hay pan, ni trabajo ni abrigo. Sólo hay guerra, y usted debería estar en ella
Regresó a la fábrica.

—Puedo hacer cualquier cosa —dijo. Y e Director, cuya paciencia se agotaba, le preguntó:

—¿Podría matar a un hombre? —Peregrino vacile había huido para no matar a nadie, pero el hambre había establecido en él su dictadura. —Sí, —dijo— lo mataré. —Entonces —cortó el Director— vaya al frente
Y Peregrino se marchó hacia el barracón porque ya la noche estaba desparramándose di nuevo, asordinando el ruido de los disparos emparamando la llovizna.
Antes de ubicarse en su rincón, sobre las ramas de pino que esparcían en ese mundo en ruinas el olor nostálgico de la paz, hizo un cántaro con las manos unidas, recogió la lluvia y bebió hasta que las náuseas lo acometieron de nuevo.
El agua sabía a la podredumbre permanente del pantano. Las nubes estaban podridas desde hacía años. La pestilencia de la tierra había acabado por contagiar al cielo.
Mordió una de las ramas. Luego otra. En media hora se comió un gajo, y se quedó dormido. Soñó que el Director lo recibía pagándole un salario proporcionado a su esfuerzo. Ya se acabó la guerra, le decía. Las trincheras están llenas de un abono de sangre, y en ese barro ocre florecerán las plantas del futuro. No serán azucenas o violetas, sino manos como garfios y ojos como acusaciones. Cuando despertó de la pesadilla estaba cubierto por un vómito verde como la esperanza.

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