Veinte años de Caracol y Rcn tv: Entre el pasado y netflix

Por Édgard Hozzman

Logo_NetflixPara algunos, lo mejor de estos 20 años de los canales de televisión Caracol y RCN han sido “Betty, la Fea” y para otros, “Sin tetas no hay paraíso”. Hay unos más que sostienen que han sido “El gol Caracol” y para unos más, “Hasta que la plata nos separe”.

Lo cierto es que el 10 de julio de 1997 este medio sufrió un cambio a la privatización y llegó también a la oferta de los grandes vendedores de televisión por cable.

Aunque se continuaron transmitiendo programas estelares como “Sábados Felices” y “Bichos” –con el eterno Chavo del Ocho—y se repitieron una y otra vez Rambo, Rocky, Duro de Matar y unas 40 películas más, se recuerda una época dorada de la actuación con novelas como “Pasión de Gavilanes”, “Yo soy Betty, la fea”, “Mesa para tres”, “El auténtico Real Leal”, “La saga”, “La venganza”, “Luna la heredera”, “Pecados capitales”, “Hasta que la plata nos separe”, “Pedro, el escamoso” y “Como Pedro por su casa”, programas que fueron bien recibidos en Venezuela, México, Estados Unidos, Puerto Rico y en decenas de países más.

La globalización les llegó a los canales colombianos y en muchas partes se preguntaba por un buen número de actores criollos. Vinieron entonces las transmisiones de Pablo Escobar, El Cartel I, El Cartel II, El Capo I, El Capo II, El señor de los cielos y otro poco de crudas historias donde la bala, la droga, las traiciones, los muertos, la sangre pululaban por doquier.

Se enriquecieron los canales. Se desbordaron en ventas porque canales internacionales querían ver cómo se mataban a los colombianos mientras en Nueva York consumían cocaína como locos y pedían más vicio.

A pesar de las críticas de millones de colombianos, los productores de los canales persistían en emitir más seriados donde los capos de la droga fueran los “héroes”.

Ahí comenzó el declive.

Para recuperarse un poco, importaron cuanto reality se ofrecía en la producción internacional.  Trataron de dividir al país: que los cachacos contra los costeños, que los vallunos contra los paisas en peleas donde se daban palo, aguantaban hambre, se escuchaban rencillas y se planteaban traiciones y bajos valores.

La gente se siguió cansando.

Los noticieros de televisión optaron por lo fácil. Primero, tomar partido. Segundo, olvidarse de la imparcialidad y la objetividad. Tercero: poner una cámara en el Congreso, en una calle o en parque, para hacer informes de 5 minutos y rellenar las dos horas de transmisión. Incluso, buscaron que fueran los televidentes los que hicieran los informes, burlándose de los comunicadores, con el título de “El periodista soy yo”.

Violaciones, niños castigados, amarillismo por doquier ingresaron a los canales y al medio día, era mejor cambiar de canal si se quería almorzar con tranquilidad y no tener siestas con malos ejemplos para la sociedad.

¿Programas de cultura?, ¿Investigación? –si acaso unos sobre lo mismo de los noticieros los fines de semana–, ¿Musicales? –solo los de los realitys–, ¿novelas? –las que ofrecen las programadoras de Corea y Turquía—y continuar con Sábados Felices y ahora despiden a quien les hiciera un programa desde las 8 de la mañana hasta las doce del día: Jota Mario Valencia.

Las programadoras ajustan sus cinturones. Los despidos son diarios. Las reuniones de producción se basan en la reducción de costos.

El gran fantasma para la televisión nacional ha llegado: Neflix. Con millones de dólares para invertir, sin importar si son series sobre el narcotráfico o sobre la terrible vida de Luis Miguel. Sintonía por doquier. Pero muestra algo novedoso, un excelente manejo de redes sociales, no está sujeto a horarios, más económico que el cable, se puede ver hasta por celular y con alta definición.

Se piensa que la televisión colombiana tendrá el mismo sufrimiento de la radio AM y de lo que sufren los espacios juveniles: mucha repetición y las mismas historias todos los días.

El panorama para la televisión nacional no es halagüeño. Se ha hablado, además, de la posibilidad de devolver las licencias, muy onerosas, por cierto, de parte de los canales privados.

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