“Solamente la vida”- Dimensión de la noche

Entre las altas ramas azules de los guaduales, las cigarras afilan el cuchillo uniforme de su can­to. Se oye, traído por el cálido viento de la noche tropical, el rumor claro del río, que se pierde luego, apagándose suavemente en un murmullo de oración. Hay en el ambiente un perfume de miel y de azahar: es que la brisa agita los brazos abiertos de los limoneros, regando por el suelo las corolas; y también que en alas de esa misma brisa, viene de más allá del cañamelar el vaho caliente de las pailas en donde hierve el dulce jugo de la caña.

A veces llega de muy lejos un canto melancó­lico, que rasga la paz bíblica del campo anoche­cido. Acompañando a la voz vibran las notas de la guitarra o del tiple, inseparables compañeros del labrador. Un perro ladra, allá donde se ve la luz de una cabaña. Luego sus aullidos se tornan casi humanos, como si profirieran una queja en un idioma indescifrable. Y el silencio cae de nuevo. Porque la música de las cigarras y el rumor del viento al cortarse en las hojas altas de los plata nos, son sonidos que, en vez de ahuyentarlo, lo acentúan, lo hacen más perceptible, lo materia­lizan. Ese silencio de los agros ubérrimos en ges­tación perpetua, en donde el árbol que muere da la semilla para cien árboles futuros.

El camino parece pintado con tiza blanca en la oscuridad. Corre un trecho al lado de un arroyuelo y rodea más allá unas matas de ceibo, flore­cidas de rojo como si llevaran sobre los gajos un manto crepuscular, Y la senda sigue, como una cicatriz blanca en la penumbra. Sigue hacia los hogares en donde los hombres descansan del du­ro batallar del día contra la naturaleza fuerte y vi­gorosa del trópico; hacia la ciudad, hacia el atrio cíe la iglesia donde el domingo se exhiben los fru­tos dulces que hacen la delicia de los chiquillos; sigue el camino partiendo en dos la sombra, ha­cia puntos indeterminados y desconocidos, Por­que un camino es como el horizonte, como un al­ma insondada entre la que quisiéramos sumergir los ojos de nuestra imaginación para descubrir ignorados panoramas, Sigue el camino blanco, de tiza, en la pizarra negra de la noche.

Por el sendero marchan dos sombras, más os­curas que las proyectadas por los árboles. Una pequeña, otra grande. Van unidas, y la leve lum­bre cíe las estrellas apenas alcanza a proyectar­las, vacilantes, sobre las piedras cenicientas de la angosta vereda, que se interna por entre un doble palio de naranjales, amarillos los unos, francos, los otros: aquellos frutecidos y estos lle­nos desflores que prometen una abundante cose­cha próxima,

—Papacito,   ¿ya vamos a llegar a la   casa? —pregunta la sombra pequeña.

—Allí adelante queda, mijito.

Y de nuevo la seda del silencio los envuelve, los domina. No observan el paisaje, porque sus ojos están habituados a verlo con indiferencia todos los días, desde hace varios años. Sin embargo, el campo es grandioso y enternecedor. Hay en él. la fuerza de la sombra, esa fuerza que infunde re­verencia y terror, Y hay la debilidad del azahar caído, de la cigarra que acalla su canto, fatigada, del rumor oratorio del viento entre las pequeñas hojas de las guaduas. Hay la solemnidad del in­finito constelado de estrellas, y la humildad de la espuma que desbarata el río contra las piedras.

—Papacito, ¿sumercé no vuelve a peliar con don Francisco?

—No, mijito.

——¿Por qué peliaron?

—Porque   él   quiere  robarme  un  pedacito  de tierra, mijo. Sumercé todavía no puede entender estas cosas, —Yo 110 quiero que pelien más.

Las palabras del niño penetran en el espíritu del padre y lo llevan de rastra hacia los recuer­dos. No quiere pensar en la pendencia sostenida en el pueblo, E’í motivo del disgusto no tuvo ma­yor importancia: Francisco había corrido los pa­los cíe su cerca un metro más allá dentro de ‘la propiedad de su vecino. El hombre reclamó, pero sus palabras se encontraron con la, cerrada ame­naza del otro, de aquel paisano suyo, hasta que se liaron a puños y vino la policía a separarlos y a caucionarlos. Sin embargo, él pudo ver en los ojos de Francisco la persistente amenaza. Y ahora que el niño ha evocado ese recuerdo, siente mie­do hacia lo que lo acecha tras de la sombra, y apresura el paso.

No puede pensar con claridad. ¿Por qué Fran­cisco ha de robarle lo suyo? ¿Por qué no se con­tenta con plantar tabaco y caña dentro de los lí­mites de su finca, sino que ha de estar metiéndo­se con los demás, causando molestias en el vecin­dario? A Francisco no lo quieren. Le tienen mie­do. Dicen que estuvo de comandante de una gue­rrilla que causó muchos males en el norte del de­partamento, y luego abandonó las armas y se dedicó a desafiar a los labriegos pacíficos que, asus­tados por su horrible fama, no se atreven a le­vantar los ojos en su presencia. ¿Será cierto que fue un bandolero? Sí, piensa el hombre que ca­mina de la mano del hijo hacia su hogar, Fue un asesino que luchó para atemorizar a los campe­sinos, para alejarlos de sus cabanas y apoderarse de sus bienes. Por eso ahora tiene dinero. Las autoridades lo han venido vigilando, pero no han podido comprobarle un cargo concreto. Al menos, eso fue lo que le dijo el alcalde esa tarde. Y es que, evidentemente, Francisco tiene una astucia diabólica. Sabe ocultarse de la justicia, y así esta queda desorientada y no encuentra pruebas sufi­cientes en su contra.

La atención del hombre se vuelve hacía el ca­mino. Hay que cruzar un puente angosto, forma­do por un palo que los vecinos tendieron sobre la quebrada, que corre por allí revuelta y espumosa. Le da la mano al niño y lo ayuda a pasar hasta el otro lado. El pasa también. La luna se asoma un momento, y vuelve a ocultarse tras de una nu­be lejana. Los sapos croan entre los helechos. Las cigarras aún continúan afilando su canto monó­tono.

De pronto, de un ángulo del bosquecillo parte un disparo. Un relámpago cíe pólvora aclara momentáneamente la noche. El ruido se pierde en ecos contra los montes lejanos. Un cuerpo cae so­bre la cenicienta claridad del camino. Se oyen.lue los cascos de un caballo contra las piedras. El emboscado se aleja.

El hombre ha caído al suelo, dando un pequeño salto en el aire. El niño se inclina sobre él, atemorizado, con los ojos muy abiertos por la an­gustia y por el dolor,

—¡ Papacito, papacito!

Pero no le responde. Brilla nuevamente la luna y entonces el niño ve que el rostro del padre está desfigurado. Tiene una herida sobre la mejilla derecha, y por el orificio mana abundante sangre que le moja el cuello blanco de la camisa. La san­gre aterroriza al niño y empieza a llorar. Pero no grita. Tiene miedo de que vengan por él y lo maten. Llora en silencio, y el llanto es así doble­mente amargo. Toma la mano del padre, esos cin­co dedos buenos para el trabajo- honrado, para empuñar la azada; esos dedos que lo acariciaron, que mecieron su cuna hecha de guaduas, cuando más pequeño; esos dedos abiertos francamente para la amistad y para el cariño, ahora como otros tantos tallos de junco blanco que lentamente se van helando porque la sangre no circula en las venas, se vuelve sólida, corno una masa negra de diminutos cuerpos detenidos.

El cadáver se destaca nítidamente sobre el ca­mino, como un manchón de tinta en un encaje. El niño llora nuevamente. Llora porque comprende que a su padre le han causado un mal gra-n.de; Ho­ra de angustia y de miedo al sentirse solo, abso­lutamente solo en medio de la noche poblada de rumores fantásticos. Y nadie viene en su auxilio. Los últimos ecos del disparo se han muerto a los pies de los cerros.

Todavía es bello el paisaje. Pero ya trágica­mente bello. El mismo canto de ‘las cigarras pa­rece una oración fúnebre por el hombre. El río es un rumor de rezo que adormece lentamente al ni­ño, cansado de llorar sobre el cuerpo caído. La sangre derramada se va tornando oscura y se confunde pronto con la sombra. El niño alza la cabeza y llama. Grita. Nadie viene. El niño está solo en medio cíe la noche. Y la noche lo rodea co­mo un abrazo trémulo de compasión y de ternura.

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