¿Se hizo el «jogo bonito»?

¿qué se hizo la magia, el encanto, del fútbol de los pentacampeones mundiales?…

 

Por:  Rufino Acosta

 

brasilDe seguro que en Brasil hoy flota la pregunta que al mismo tiempo recorre el ambiente del fútbol mundial:¿qué se hizo la magia, el encanto, del fútbol de los pentacampeones mundiales? De un momento a otro desapareció el llamado juego bonito, el que embrujó a la afición desde los tiempos de Pelé y tal vez mucho antes. De las maniobras electrizantes, producto del talento, se pasó al tropel y el desorden, con jugadores que corren, luchan y sudan pero no tienen carisma, no le agradan a la tribuna ni se acercan al arco rival.

Brasil es el único país del universo que ha estado en todos los mundiales, desde 1930. Encabeza la lista de los ganadores de títulos y desde luego tiene el mayor acumulado de partidos. Las cuentas oficiales indican que, al cabo de 20 citas ecuménicas del fútbol, suma 104 encuentros que incluyen 70 victorias, 17 empates y 17 derrotas, 221 goles a favor y solo 102 en contra, para 227 de 312 puntos alcanzables, cifra que equivale a un promedio de 72.76 %. Nada mal para tanta exposición.

Los grandes recuerdos

De las cinco coronas, creo que las de máxima recordación son tres. Y no quiere decir ello que las otras dos carezcan de validez, ni más faltaba. Creo que el valor agregado lo pone la calidad del ritmo expuesto en aquellas citas épicas que se han hecho inolvidables para distintas generaciones.

Hasta México 1970, lo de Suecia 1958 ocupaba los primeros planos. La fulgurante irrupción de Pelé, cuando apenas bordeaba los 17 años, sus fintas, dominio del balón y dinámicos movimientos, hacían del fútbol una poesía. Era el “niño” que invadía las canchas y empezaba una carrera que haría leyenda en los anales del fútbol.

Pero no era únicamente Pelé. Ese Brasil que, que bajo la dirección técnica del bonachón Vicente Feola, estuvo en las canchas suecas, puso en boga el 4-4-2 y calentó a los fríos nórdicos con la belleza de su juego, tenía otros genios como Didí, Bellini, Garrincha, Zagalo, Vavá, Dida, Nilton Santos, Djalma Santos, Gilmar y algunos más con menos renombre pero no por ello menor calidad.

Entonces, tras el Maracanazo de 1950 y el paso sin gloria por las canchas suizas en 1954, llegó la generación que empezaría a poner en boga el clásico “jogo bonito”, una marca registrada para el estilo brasileño.

La gloria de México 70

Selección Brasil 1970

Selección Brasil 1970

La epopeya de 1970 en México, con el mismo Pelé, ya en la madurez y camino al retiro, Rivelino, Gerson, Carlos Alberto, Tostao, Jairzinho y Clodoaldo, entre los más relumbrantes, le entregó a Brasil en propiedad la vieja Copa Jules Rimet por haber llegado a su tercera conquista, requisito que se había impuesto para quedarse con ella. Así nació la nueva Copa Mundo que se disputa hasta hoy. Mario Lobo Zagallo, uno de los astros de 1958, había tomado la batuta después de la destitución del desaparecido Joao Saldanha, un periodista metido a técnico que se atrevió a poner en duda las habilidades de Pelé dizque por ya estaba ciego.

¿Por qué se evocan con más énfasis las hazañas de Brasil en esas épocas, si también fue campeón en Estados Unidos 1994 y Japón y Corea 2002? En estos no faltaron las figuras, y ahí está la prueba de Ronaldo Nazario, el gran cañonero. La diferencia se localiza en la magia del fútbol practicado. Por eso la famosa canarinha ganaba espacio y afición en todos los continentes.

El campeón sin corona

Algo similar en materia de memoria ocurre con el mundial de 1982 en España. Brasil no fue campeón aunque los aficionados e historiadores del fútbol todavía hablan de aquel equipo que dirigía Telé Santana y fue considerado una especie de campeón sin corona. Se quedó en el camino ante la máquina italiana que después se impondría sobre el imperio alemán, sobre el sustento de una defensiva indomable y la capacidad depredadora de Paolo Rossi.

Dificil no evocar los nombres de Zico, Oscar, Sócrates, Eder, Dirceu, Junior y Falcao, estelares de aquella pléyade de artistas que cautivaron a los españoles y al mundo pero se quedaron sin nada.

Telé Santana defendía a ultranza la belleza del arte brasileño, la fuerza de la ofensiva, y por no dar su brazo a torcer con un cambio de táctica (hoy se llamaría cerrar el partido tras el empate a 2), facilitó el ascenso italiano. Aquel día, cinco de julio en el ya demolido estadio de Sarriá (Barcelona), los líricos colgaron la guitarra.

¿Qué ha sucedido entonces con Brasil, en medio de una rica tradición, de tanto abolengo en el manejo del balón? ¿Se acabaron las grandes figuras y apenas les queda Neymar? ¿Nadie les para bolas a las canteras? ¿Les cambiaron el ADN? ¿A dónde mandaron la estética?

¿Qué hacer?

Mundial 2014

Mundial 2014

Se ensayan diversas respuestas para dilucidar las causas del declive. Algunos expertos sostienen que la “europeización” tiene mucho que ver. En ellos cuento al profesor antioqueño Juan José Peláez, ahora comentarista de Planeta Fútbol. Los jugadores brasileños emigran jóvenes hacia el viejo continente donde la disciplina es distinta, los modelos cambian y se le da prioridad a la táctica y a la sincronización casi mecánica. Acaso les quitan algo de la chispa innata que llevan. Esa podría ser una causa. Otra se orienta a creer que, por mirar hacia Europa, a los técnicos se les olvida lo obvio y no buscan en casa, dentro de un extenso y generoso territorio futbolístico, lo que tal vez todavía no se ha perdido del todo. Se dejan deslumbrar por lo que ocurre afuera.

Los golpes del pasado mundial, en su propia cancha, y la Copa América en Chile, tendrían que provocar un remezón inevitable entre los brasileños, con estruendo suficiente para llevarlos a la búsqueda de sus raíces y al reencuentro con el estilo que los hizo famosos y vencedores. Lo del momento es una caricatura de torpeza y desgreño. Como para imponer el borrón y cuenta nueva. Dunga, al parecer, no es el hombre de las paletas.

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Acerca Rufino Acosta

Rufino Acosta
Periodista y abogado. Se inició en el programa Deporte al Día, de La Voz de Santa Marta, en 1960. Trabajó con El Informador de la capital del Magdalena entre 1961 y 1964. Fue corresponsal de El Espectador en 1964 y desde 1965 hizo parte de la redacción deportiva en Bogotá, hasta su retiro en 1998. Estudió Derecho en el Externado de Colombia (1965-1969). Afiliado al CPB y Acord Bogotá.