Orlando Cabrera, ¡se divertía con el juego!

Orlando Cabrera

Su padre así lo pensó y así nos lo expresó en varias oportunidades, cuando hablábamos del talento y la capacidad de juego de ambos. Jólber padre siempre nos confesó que ‘’mi hijo mayor tiene más condiciones para llegar a las Grandes Ligas, que el menor, Orlando. Pero en el camino se pueden  arreglar las cargas…’’, algo que ciertamente ocurrió.

Jólber efectivamente llegó a la Gran Carpa, pero no tuvo la fortuna de su hermano menor, Orlando: nunca se pudo adueñar de una posición para exhibir sus cualidades y talento en el Béisbol Organizado, algo que, a contrario sensu, demostró éste desde la primera vez que pisó los diamantes de las mayores, que llegaba para quedarse… y lo hizo, durante 15 temporadas consecutivas.

Con menores condiciones físico-atléticas que su hermano mayor, por su contextura, Orlando superó en clase, enjundia, entusiasmo y capacidad de juego, a su hermano mayor, y ahora, tras 15 años de continua competencia en la pelota organizada, le ha dicho adiós al béisbol en su parte activa, que no en sus querencias y recuerdos, porque como él mismo lo ha reiterado en más de una oportunidad, ‘’el béisbol es un virus que llevo en mi sangre y que nada ni nadie me lo podrá expulsar de mis genes’’.

Durante ese prolongado trayecto de béisbol en las mayores, Orlando lució los uniformes de los Expos de Montreal, los Medias Rojas de Boston; los Angelinos de California; los Medias Blancas de Chicago, los Atléticos de Oakland, los Mellizos de Minnesota, los Rojos de Cincinnati, los Indios de Cleveland y los Gigantes de San Francisco.

Clase y diversión

Es que Orlando, quien se forjó jugando en el popular barrio Los Caracoles de Cartagena, su tierra más próxima a su nacimiento, tiene una clase que muchos tienen que envidiarle, algo que no es comparable con su temperamento, que en el fondo, poco lo ayuda.

Y tenía una característica especial que muchos desconocían: cuando salía al terreno de juego, se divertía desempeñándose en su posición, haciéndole la vida imposible a los lanzadores, a la ofensiva, y jugándosela, a la defensiva, cada vez que era necesario, para sacar adelante a su novena, como ocurrió cuando lució el uniforme de los Medias Rojas de Boston, a la cual llegó para reforzar en la segunda mitad de aquella inolvidable temporada del 2004, procedente de los Expos de Montreal, con cuya divisa había debutado en la Gran Carpa, aquél 3 de septiembre de 1997, ‘’prueba de fuego’’ que superó con creces.

Y como si fuese poco, nadie se explicaba el por qué Orlando, cada vez que llega a una novena, ese equipo, como por arte de magia, entraba por lo menos a disputar la final de su circuito, como ocurrió otras tantas veces en las mayores, con los Angelinos de California, los Medias Blancas de Chicago, los Mellizos de Minnesota y los Rojos de Cincinnati, desde luego, empezando por los Medias Rojas, con cuya novena consiguió un anillo de Serie Mundial, tras una sensacional actuación en los últimos 57 partidos en donde intervino en la temporada regular.

Inolvidable Serie Mundial

Con Boston, en esa final de campaña, en calidad de refuerzo para ocupar el campo corto de manera titular, en los 57 desafíos en donde intervino, tuvo guarismos formidables, sobre todo, porque sus batazos fueron más que oportunos en ese trayecto, para la clasificación de los Medias Rojas, algo que en su debida oportunidad ensalzó su timonel general, Terry Francona, cuyo padre, Tito, por cierto, jugó en el béisbol invernal de Colombia en la década de los 50, cuando aquella era inolvidable de una pelota rentada que hacía vibrar a toda la Costa Atlántica.

En 228 turnos al bate, despachó 67 incogibles, incluyendo 19 dobletes, 2 triples y 4 cuadrangulares, para promedio ofensivo de 294 puntos; sumando, además, 31 carreras impulsadas, 33 anotadas, 11 bases por bolas negociadas y 23 ponches recibidos, con 4 robos de bases en cinco intentos; mientras que a la defensiva, en la misma cantidad de encuentros, compiló una participación de 233 lances, con 78 outs fabricados, 147 asistencias y apenas 8 errores, para promedio de 966, además de haber actuado combinadamente en 23 jugadas de ‘’doble-matanza’’.

Pero en la Serie Mundial del 2004, contra los Cardenales de San Luis, novena en la que jugaba precisamente el otro formidable colombiano, Édgar Rentería, en los cuatro encuentros en donde actuó en el Clásico de Otoño, Orlando registró 17 turnos al bate, conectando 4 indiscutibles, incluyendo un doblete, para ofensiva de 235 puntos, con 3 carreras impulsadas y otras 3 anotadas; caminó gratuitamente en 3 oportunidades a la primera base y no se ponchó en ninguna ocasión; al tiempo que dejó en los libros de anotaciones a la defensiva, en su única participación del Clásico de Octubre, 4 outs fabricados, 9 asistencias efectuadas, sin cometer errores, para 1.000 puntos en dichas estadísticas, además de intervenir en una jugada de doble out.

Registros para recordar

Este humilde muchacho cartagenero que engrandeció al béisbol colombiano en las Grandes Ligas, deja una impronta con muchos pergaminos, ofreciendo registros para recordar de por vida. Quizás superable, pero seguramente no será de la noche a la mañana.

Además del anillo del Clásico de Otoño, Orlando conquistó dos guantes de oro como torpedero en el Béisbol Organizado. El primero, con los Expos de Montreal, en la Liga Nacional, en el 2001; y el segundo, con los Angelinos de California, en la Liga Americana, en el 2007. Difícil igualar ese registro, por lo menos en las próximas dos décadas para un jugador colombiano.

Declarado el Mejor Pelotero a la Defensiva de su novena, los Medias Blancas de Chicago, en el 2008, lo elevan a una categoría especial en lo que se refiere a su actuación defensiva.

Y estos numeritos son para el recuerdo, en cuanto a peloteros colombianos se refiere, superado hasta el momento solamente por Édgar Rentería, el ‘’Niño de Oro’’ de Barranquilla, cuyas actuaciones en la Gran Carpa, darán mucho de qué hablar, durante muchísimos años.

De por vida, Orlando Cabrera deja una tarjeta con 1.985 partidos jugados, con 7.562 turnos al bate, despachando 2.055 imparables, para promedio ofensivo de 272 puntos, incluyendo 459 dobletes, 32 triples y 123 estacazos de cuatro esquinas: con 854 carreras fletadas hasta el plato y 985 rayitas anotadas; 514 bases por bolas recibidas, incluyendo 26 de manera intencional; 745 ponches le anotaron, 216 bases estafadas y en 57 ocasiones fue capturado antes de llegar a la siguiente almohadilla.

A la defensiva, en esos tres lustros de béisbol en las Grandes Ligas, fabricó 2.823 outs, hizo 5.096 asistencias, en un gran total de 8.107 lances, cometiendo 188 errores con su guante puesto, para promedio de 977; sumándosele los 118 desafíos en donde defendió el segundo cojín, en cuyas presentaciones cometió 10 errores; y 5 más, defendiendo la antesala, en donde jugó sin cometer pifia alguna.

Los que saben de béisbol, tienen por qué saber que lo de Orlando Cabrera deja una estela de grandeza para colocarse entre los mejores latinoamericanos que han jugado en la Gran Carpa en las dos últimas décadas. Que no le quepa la menor duda a nadie. Como que tampoco piensen en que con esos guarismos se puede pensar en un nicho en el Salón de la Fama. Y en esto, sinceramente, quisiéramos estar equivocados…

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Antonio Andraus