Los Gigantes: ¡56 años de tortuosa espera!

Édgar Rentería, el niño de oro de Colombia.

Ganaron la Serie Mundial con cuatro victorias en cinco desafíos, frente a los Rancheros de Texas. El colombiano Édgar Rentería, el Jugador Más Valioso de la Cita de Otoño, despertó y de qué manera, en la gran final de las Grandes Ligas.

Fue en 1954, cuatro años antes de mudarse la franquicia, cuando los Gigantes ganaron por última vez la Serie Mundial de Béisbol de las Grandes Ligas. Eso significa, nada más y nada menos, que tuvieron 56 años de tortuosa espera para alzarse nuevamente con el trofeo del mejor en las mayores.

Por aquellos años, participaban 16 equipos. Ahora hay 30 novenas en la  competencia del Béisbol  Organizado. Por esa época, jugaban en el Polo Grounds de Nueva York, ahora juegan en el AT &T de la Bahía de San Francisco. Durante ese prolongado ayuno, inmortales como Willie Mays, Juan Marichal, Orlando ‘’Peruchín’’ Cepeda, Willie McCovey, Felipe Rojas Alou, para apenas citar a unos pocos sobresalientes peloteros de la novena, nunca pudieron alcanzar la gloria de conquistar la Serie Mundial.

Pero en este 2010, un puñado de peloteros combinados muy bien entre novatos y veteranos, una dirección técnica acertada y que además todo le salió bien, una entrega total de todos y cada uno de sus integrantes, a pesar de que cuatro o cinco estrellas naturales de la novena no respondieron a la hora de la verdad, una rotación abridora que hizo estragos frente a sus rivales y un cuerpo de relevistas de primerísima categoría, se catapultaron de manera impresionante, frente a unos Rancheros de Texas, la mejor novena a la ofensiva que tuvo la Liga Americana este año, para dominarlos, maniatarlos y derrotarlos en apenas cinco desafíos, al ganar cuatro compromisos, dos en su casa de San Francisco y dos más, en el propio patio de los monarcas del nuevo circuito, y apenas perder uno en la compilación de juegos ganados y perdidos.

Ron Washington

Todos los pronósticos señalaban a los Rancheros inmensos favoritos para imponerse en el Clásico de Otoño, por las características del club, en el sentido de que si le fabricaban una carrera, ellos se las ingeniaban para hacer dos; cuando el rival despachaba par de incogibles, ellos contabilizaban cuatro. Es decir, nunca daban su brazo a torcer, incluyendo sus formidables presentaciones frente a los Rayas de Tampa, a quienes superaron en la serie divisional, y ante los Yanquis de Nueva York, de quienes se deshicieron en la disputa del título de la Liga Americana. Empero, ante los Gigantes, los muchachos de Ron Washington se quedaron cortos, fueron sorprendidos por la clase de serpentineros de los rivales de turno, y cuando se dieron cuenta, ya estaban por debajo en sus aspiraciones de ganar por primera vez la Serie Mundial, cita a la cual llegaron después de algo más de cinco décadas de esperar esa bella oportunidad.

Manejo impecable

Bruce Bochy, un veterano en la dirigencia de novenas en el Béisbol Organizado, que ya había estado en la Serie Mundial con los Padres de San Diego, conservó su patrón de juego, con un manejo impecable, decidiendo sobre la crisis de su propia nómina cuando hubo que hacerlo, y llevar a la banca con criterio eminentemente técnico y deportivo, a peloteros que, sobre el diamante, no le estaban respondiendo a las circunstancias y en sus condiciones habituales como jugadores.

Lo hizo con Aaron Rowand, con Pablo Sandoval, con Barry Zito, y con el propio Pat Burrell, y cuando Édgar Rentería estuvo lesionado, le dio el tiempo suficiente para recuperarse, para llegar a tono a la alineación regular, sin acosarlo, sin desesperarlo, dándole el voto de confianza que todo deportista necesita cuando sus condiciones físicas así lo exigen. Trajo a Buster Posey a la receptoría titular cuando se fue Bengie Molina; pudo interpretar la llegada de Cody Ross como parte fundamental para el engranaje de su maquinaria; encontró en Aubrey Huff la respuesta ofensiva en los momentos necesarios y Travis Ishikawa entendió, con suficientes razones, porque lo alternaba en la alineación, sin que dejara de animarlo en los momentos más complicados del equipo, cuando desesperadamente veían que se alejaban del primer lugar en la división oeste de la Liga Nacional, y de que los Bravos de Atlanta, con sensacionales actuaciones, se estaban adueñando del ‘’comodín’’ del circuito, lo que les obligaba a ganar o ganar la competencia frente a los Padres de San Diego, algo que, sobre la agonía, lo consiguió de manera espectacular.

Bruce Bochy.

La sapiencia con que manejó a su grupo de lanzadores abridores, Tim Lincecum, Matt Caín, Jonathan Sánchez y Madison Bumgarner, le permitió sortear todos los escollos no sólo frente a los Rancheros, sino ante los Bravos y, posteriormente, contra los Filis de Filadelfia, el equipo favorito inmenso para ganar el título por tercera ocasión consecutiva en la Liga Nacional.

Y como si fuese poco, estuvo indiscutiblemente bien organizado para utilizar a los relevistas, encabezados por su estelar cerrador derecho Brian Wilson, siguiendo un patrón de juego de hacer los movimientos en el momento indicado, y llevando a la loma de los sustos a Sergio Romo, Jeremy Affeldt, Santiago Casillas, Javier López, Ramón Ramírez, Guillermo Mota, cuando las circunstancias lo exigían, y paremos de contar.

Bochy y su grupo de asesores, con el instructor de lanzadores Dave Righetti, el de bateo Hensley Meulens, el estratega de primera base Robert Kelly y en el tercera, Tim Flannery; su asistente de banca, Ron Wotus y su asistente del banco de lanzadores, Mark Gardner, moldearon de tal manera su plantilla de jugadores, que siempre encontraron el espacio y la situación propicia para utilizarlos en busca de la victoria, sin que jamás se observara que perdieran el norte, inclusive cuando Jonathan Sánchez no estuvo en su mejor momento en aquel tercer partido en Texas, cuando finalmente perdieron su único compromiso de la Serie Mundial, más por desconcentración de su lanzador que por otra cosa.

Washington se equivocó

Sus razones técnicas y tácticas tuvo Ron Washington para no haberle concedido la base por bolas a Édgar Rentería en el séptimo episodio, cuando dos corredores estaban en circulación y la primera almohadilla estaba desocupada, con dos outs colgados en la pizarra, en el quinto partido de la Serie Mundial. Quizás imperdonablemente se le olvidó que Aaron Rowand, quien le seguía en el turno al bate al formidable jugador colombiano, venía de estar en la banca por varios juegos consecutivos, por su baja producción ofensiva, y que adicionalmente, con las almohadillas congestionadas era más fácil fabricar ese último out en cualquier base.

Édgar Rentería.

O cuando decidió no utilizar en el segundo juego de la contienda a Neftalí Feliz, su cerrador estelar derecho y novato, con marca de 40 salvados en el 2010, en aquél fatídico séptimo acto, cuando apenas perdía por tres carreras por cero y en la pizarra se contabilizaban dos outs colgados, viniendo la debacle, al esperar que sus relevistas entregaran cuatro bases por bolas, para que los Gigantes compilaran un racimo de 7 carreras.

O cuando decidió colocar detrás del plato como receptor a Matt Treanor, sentando al veterano Bengie Molina, en ese segundo choque del desastre del séptimo episodio, como ya antes le había ocurrido con los Yanquis en una situación similar, perdiendo ambos compromisos por sus erróneas decisiones estratégicas de conducir a la novena.

Pero bueno, eso hace parte del juego del béisbol, y hoy, los Gigantes de San Francisco están henchidos de gloria, por la victoria en la Serie Mundial, ganando el primer compromiso 11 carreras por 7; el segundo blanqueando a los Rancheros con Matt Caín en la loma, 9 carreras por cero; perdiendo el tercero 4 carreras por 2; triunfando en el cuarto por tablero de 4 carreras por 0 y ganando el quinto y último, al sumar cuatro victorias, por pizarra de 3 carreras por 1.

El Más Valioso

El colombiano Édgar Rentería se suma ahora a inmortales del béisbol de las Grandes Ligas, al aparecer como productor de las rayitas triunfadores en dos Series Mundiales, al lado de los sempiternos Lou Gehrig, Joe DiMaggio y Yogi Berra, todos de los famosos Yanquis de Nueva York.

Pero en el caso del ‘Niño de Oro’ de Colombia, porque ya no solo lo es de Barranquilla, su nombre emerge con dos equipos diferentes, con los Marlins de la Florida y con los Gigantes de San Francisco, sin olvidar que sumó una tercera participación en el Clásico de Otoño, al vestir el uniforme de los Cardenales de San Luis en el 2004, cuando su novena perdió frente a los Medias Rojas de Boston.

En esta Serie Mundial del 2010, se empinó en los más alto del pedestal como pelotero, al despachar el cuadrangular de la séptima entrada frente a una oferta del extraordinario Cliff Lee, el zurdo de altos quilates, a quien despedazó con el tercer lanzamiento que le hizo, luego de dos bolas malas, para desaparecer la esférica por la zona del bosque central, y producir las tres carreras que finalmente le dieron el triunfo a los Gigantes de San Francisco frente a los Rancheros de Texas, en el quinto juego en casa de los campeones de la Liga Americana.

“Jugó como hace diez años. Todos lo admiramos y se mostró como un verdadero líder’’, expresó Bruce Bochy, su capataz general, agregando que “somos afortunados al contar con él en nuestra nómina’’; al tiempo que el instructor de bateo de la novena, Hensley Muelens, sostuvo que “aún lesionado, Édgar nos decía que nos ayudaría a ganar el título de la Serie Mundial, dejándonos conocer cuán grande tiene su corazón cuando de defender el uniforme se trata’’.

Al concluir el quinto Juego de la Serie Mundial, el colombiano compiló una formidable actuación con 7 imparables en 17 turnos oficiales, para 412 puntos de promedio ofensivo; con 6 carreras anotadas y 6 impulsadas, con dos cuadrangulares decisivos, lo que le valió ser seleccionado como el Jugador Más Valioso del Clásico de Otoño del 2010, despertando, y de qué manera, en los momentos en que más lo necesitaba su equipo.

Su actuación en la gran final es más valiosa si se tiene en cuenta durante el calendario regular apenas pudo intervenir en 72 partidos, debido a las múltiples lesiones que afrontó durante la temporada, y que inicialmente, había perdido el puesto de titular como paracortos como consecuencia lógica de su inesperada desaparición de la alineación regular. Pero cuando volvió al terreno de juego, su corazón y su talento, más grandes que su propia estatura física, volvieron a brillar con la calidad y los deseos de superación de siempre.

Cuando recibió el trofeo del Jugador Más Valioso de la Serie Mundial, Édgar Rentería dejó escapar algunas lágrimas, en medio de la emoción y la alegría de obtener tan codiciado galardón, el sexto que alcanza un pelotero latinoamericano en esta clase contiendas de la Grandes Ligas, y el primero para un colombiano, el más grande de todos los tiempos en la Gran Carpa, hecho que fue reconocido hasta por el propio dueño del equipo, William Neukom, quien le susurró al oído momentos después de recibirlo, que ‘’ese cuadrangular que conectaste se une a la lista de tantos otros éxitos que has tenido en tu carrera’’.

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Antonio Andraus