Larkin alcanzó un nicho que le pertenece

El nuevo miembro del Salón de la Fama del Béisbol de las Grandes Ligas, tiene todos los ingredientes a su favor.

Cada vez que se pronuncia la Asociación de Periodistas del Béisbol de los Estados Unidos, con la elección de un jugador para el Salón de la Fama, salta la liebre, pidiendo explicaciones, señalando puntos de controversia, y lo que es peor, intentando desconocer los méritos que el nuevo exaltado tiene para ocupar un nicho en Cooperstown.

Larkin

En esta ocasión, con motivo de la votación a favor de Barry Larkin, el otrora astro del campo corto de los Rojos de Cincinnati, esos mismos detractores salen a discutir la decisión, cuando tenemos la seguridad de que pocos se han detenido a escrutar, con buenos ojos y sin sentimientos regionalistas, lo que representó para los Rojos y para el propio béisbol, la carrera del nuevo integrante de la casa entre los más grandes de toda la historia del Béisbol Organizado.

Nadie puede negar, y nosotros sí que menos, que es probable y posible que en alguna ocasión anterior se haya pecado por exceso que no por defecto, en cuanto a la selección del nuevo miembro de Cooperstown, pero en esta oportunidad consideramos, sin temor a equivocarnos, que están sintiendo más el peso nacionalista por uno u otro aspirante que no ha sido elegido, que por las calidad de Larkin, para ocupar la curul en el sitio escogido para los inmortales de este deporte.

Para citar apenas dos formatos pocos juiciosos en el meollo de la controversia, sacan a relucir la ausencia del zurdo mexicano Fernando Valenzuela, valioso de verdad para los Dodgers de Los Ángeles a su paso por la Gran Carpa; y del paracortos venezolano, Dave Concepción, por cierto también, uno de los afamados de los Rojos por allá en la década de los 70, cuya semblanza deportiva no le han permitido acumular los votos necesarios para hacerse ciudadano de Cooperstown. A lo mejor, con el paso de los años, el Comité de Veteranos los tendrá en cuenta y para satisfacción de sus seguidores y de los aficionados de donde son oriundos, eventualmente, los elegirán para el Salón de la Fama.

Pero eso será, como ya anotamos, con el paso de los almanaques. Mientras tanto, aceptemos que las estadísticas deportivas de Valenzuela y de Concepción, no evidenciaron para ninguno de los dos, que tienen los méritos suficientes para la exaltación al grupo de los inolvidables. Y punto. Lo malo de todo esto, es intentar menospreciar lo que han hecho los otros, queriendo que apenas se tenga en cuenta lo que ellos quieren que se reconozca de los suyos, y se duelen de lo que otros conquistan.

Sobre Larkin

Su estampa como pelotero dentro del terreno de juego, siempre fue la de un jugador con la clase necesaria para disfrutar del juego, algo que hizo hasta rabiar, llenándose de sanos sentimientos para con sus compañeros de novena, con los cuales siempre mantuvo una excelente camaradería, ejemplo de juego y capacidad técnica en su desempeño.

Ganador de un anillo de Serie Mundial con los Rojos, cuando su club conquistó la corona de 1990; de nueve bates de plata, como el mejor a la ofensiva en su posición en la misma cantidad de temporadas; de tres guantes de oro, como el mejor torpedero de la Liga Nacional en esas campañas; una docena de veces convocado para el Juego de las Estrellas por la Liga Nacional, y, finalmente, Jugador Más Valioso del Viejo Circuito en 1995, dejan saber a las claras lo que hizo Barry Larkin para el béisbol.

Y analizando sus numeritos, compilados entre 1986 y 2004, cuando se retiró oficialmente de la actividad, Larkin muestra una tarjeta que muchos otros paracortos quisieran tener, como rúbrica a su trabajo desde todos los diamantes en donde actuó.

Bateó 2.340 inatrapables, incluyendo 441 dobletes, 76 triples y 198 cuadrangulares, para quedar con un promedio ofensivo de por vida de 295, cuando se fue revaluando la vieja y desgastada teoría de que los torpederos eran contratados simplemente para defender con su manilla y se despreciaban sus actuaciones a la ofensiva.

Larkin también cuenta con buenos guarismos en otros departamentos de la ofensiva, al indicarse que impulsó 960 carreras y anotó otras 1.329 para su equipo; estafó 379 bases y caminó hacia la primera almohadilla en 939 ocasiones recibiendo bases por bolas, 66 de las cuales fueron de manera intencional, y compiló 817 ponches en su larga carrera de 7.937 turnos al bate, en 2.180 partidos en donde participó en las Grandes Ligas, moviéndose como una gacela a pesar de su más de 1.80 metros de estatura y de sus casi 190 libras de peso en promedio, que tuvo durante casi toda su brillante carrera.

Sus numeritos relevan a cualquiera de una defensa oficiosa del por qué se le tuvo en cuenta para ingresar al Salón de la Fama, que por cierto, a nosotros nos parece, simple y sencillamente, que fue acertada la decisión.

Y miremos de paso su actuación general a la defensiva. En esa larga trayectoria, apenas cometió 235 errores, luego de participar en 1.091 jugadas de doble-out, fabricar 3.145 outs, y efectuar 5.860 asistencias, para un gran total de 9.240 lances, y contabilizar un promedio de por vida con el uso de la manilla de 975 puntos. No cabe duda alguna, fue bueno entre los buenos.

Contra otros valiosos

Más  bien valdría la pena preguntarse ahora, que ya concluyó el escrutinio de la elección, en donde Larkin resultó elegido, del por qué no resultaron favorecidos por los votos hombres de la talla de Jack Morris y de Lee Smith, ambos en calidad de lanzadores, el primero como abridor y el segundo como relevista; del otrora toletero de los Astros de Houston, Jeff Bagwell, cuya presencia en la lista de la era de los esteroides lo deja con un pié por fuera de las posibilidades de contar con el respaldo de los cronistas; de Tim Raines, un valioso e indiscutido valor de la pelota organizada; y de dos luminarias como Bernie Williams, el guardabosques central de una era victoriosa de los Yanquis de Nueva York, y de Édgar Martínez, un recio hombre a la ofensiva de los Marineros, ambos, con raíces latinoamericanas por donde se les mire.

Jack Morris y de Lee Smith

Así las cosas, que un cuerpo colegiado como es la Asociación de Periodistas del Béisbol de los Estados Unidos pueda equivocarse, eso no le cabe duda alguna a nadie, pues se trata de un grupo de seres humanos, que pueden fácilmente caer en el error. Pero en el caso de Larkin, nos tememos que eso no ocurrió, y tal como queda explicado, su paso por la Gran Carpa le rinde tributo al béisbol de calidad, con todas las de la ley.

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Antonio Andraus