La última guerra I

El hombre deserta de la vida cuando muere, y deserta de la muerte cunado nace.
Pero como soló se nace para morir, la deserción es imposible.

A medida que avanzaba hacia el norte, Peregrino Cadena oía más débil el ruido de los disparos. Pensó que ya no necesitaría las armas, y tiró la pistola y la metralleta detrás de unos matorrales podridos por la persistencia de la lluvia. Recordó las trincheras siempre llenas de agua, y se alegró de haber desertado. Además, nadie sabía quién iba ganando la guerra: posiblemente todos estaban perdiéndola.
Cuando entre la neblina y la llovizna divisó las primeras casas de Sólidos, se detuvo. Las calles se veían llenas de barro: hacía meses que no dejaba de llover. Llegó junto a su casa, y la violencia de su corazón lo obligó a tomar un respiro. Abrió la puerta y atravesó el corredor penumbroso hacia el cuadro húmedo del patio.
Adriana, su esposa, le pegaba los botones a una camisa. Cuando lo vio se limpió los ojos violentamente, como si estuviera en presencia de un aparecido. Luego se paró poco a poco. Peregrino tenía una sonrisa desparramada por toda la cara. —He vuelto —dijo.
Con su voz, Luna luz y Lucas salieron al corredor. Lo miraron. El desertor se preguntó si tendría algo extraño en el rostro, algo que lo hiciera irreconocible. El estallido de la alegría en las facciones de sus seres queridos, no se produjo. Su mujer lo observaba casi con asco, y sus hijos parecían fastidiados. He vuelto, repitió, y se le ensanchó el alma, porque pensó que al regresar recuperaba no sólo su familia sino su tierra, y que con esas dos pertenencias podría también retomar su derecho a un mundo donde la paz fuera posible.
—¿No me dicen nada? —insistió. Adriana le habló como si escupiera la palabra:

—¡Cobarde!
—¿Cobarde yo? —preguntó Peregrino. Pero ya nadie lo miraba, no estaban poniéndole atención, así que siguió diciendo cosas para él solo— ¿Cobarde por no seguir ahogándome en esas zanjas putrefactas donde la única semilla son los asesinados? ¿Por no querer continuar una guerra que empezó en otra parte del mundo, y que poco a poco nos fue envolviendo a todos?
—Ahora no podremos cobrar la pensión dijo Lunaluz. Se refería a una especie de cuota de consolación que el gobierno pagaba a las familias que tenían uno o más hombres en el frente.
—No podré volver a la escuela —murmuró Lucas – porque los compañeros se burlarán del hijo de un desertor.
-Tengo arrendado el cuarto donde usted dormía

—Comentó Adriana— porque de alguna forma debo redondear el presupuesto de la casa—. Y después volvió a su trabajo de pegar sus botones; Lunaluz se metió a su alcoba y Lucas salió a la calle.
Peregrino se sintió solo. Ni siquiera encontró un banco para sentarse.

-Tengo sed —dijo, pero no lo oyeron. —Estoy cansado— insistió, pero Adriana ocupaba el único asiento disponible. —Hacer la guerra es terrible— musitó, yapara sí mismo. Se sentó en el suelo y reclino la espalda contra la pared. Estaba nuevamente en si casa de Solodios, pero era como estar en otra parte. ( en ninguna parte.
Iba adormilándose cuando lo despertó un truene Desde la explosión nuclear con que empezó la guerra unos años antes, el clima era impredecible. La lluvia se había adueñado de todo, aumentando los pantanos que marcaban la zona norte de Solodios. Pensó e Pálmasela. En los tiempos de la paz él mismo vigilaba las siembras y las cosechas. Ahora las tierras estaban abandonadas. Las mujeres carecían de fuerza par trabajarlas, y a los hombres sólo les quedaba tiempo para la guerra.
-Tengo hambre —dijo, dirigiéndose a Adriana Pero ella continuó ignorándolo. Se paró, se encaminó al cuarto donde antes de que se lo llevaran al frente d batalla estaba ubicada su alcoba, la cama doble, la mesitas de noche, la lámpara.
—Lo tengo arrendado —insistió Adriana con un voz metálica. Y añadió: —Yo duermo con Lunaluz— Y terminó: —Aquí no hay campo para usted.
Solodios era como un pueblo abandonado deshabitado a las dos de la tarde. Las casas tenían le aleros desportillados, así que daba lo mismo caminí por la mitad de la calle, bajo la lluvia. Fue hacia el norte donde antes de los pantanos quedaban los barracón^ de los obreros. Pensaba encontrar a Abel Cancino, s amigo de años, su compañero de la escuela. Tal vez podría conseguirle un oficio en la fábrica de arma Las otras fábricas habían sido cerradas por orden de gobierno. La gente no necesitaba muebles los automóviles, pero el país precisaba reponer co frecuencia su armamento, que se oxidaba por el invierno, oque capturaba el enemigo, o que se perdía bajo toneladas de cadáveres. Abel, pensó Peregrino, podría orientarlo en el trabajo, y sobre todo darle una voz de aliento, ofrecerle su mano, hacer que se sintiera menos solo.
Lo encontró en uno de los pocos edificios que continuaba sosteniéndose en medio del estrago. Las calles ya presagiaban los pantanos que abrían sus enormes fauces más adelante. Al sur estaba el frente de batalla, al oriente Pálmasela, al occidente la ruina de un mundo por donde ya había pasado la guerra; allí vivían seres famélicos, extraños, víctimas de unas aceleradas mutaciones propiciadas por el espanto nuclear que habían dejado suelto hacía unos años. Solodios aún sobrevivía en la mitad del caos.
Abel ya no era el mismo.

—No hay sitio en los barracones —le dijo. En lo que antes era una pieza para una sola persona ahora vivimos diez. Y no hay cupo en la fábrica, y menos aún para los desertores. Nosotros peleamos desde aquí; ustedes, los soldados, deben pelear en las trincheras.
Lo vio alejarse y perderse en la boca leprosa del barracón. Había arreciado la lluvia, y los truenos se confundían con los cañonazos que seguían llegando desde el sur. En el límite de Solodios, casi mareado por el nauseabundo olor de los
pantanos, Peregrino Cadena estaba solo.

Enrique, médico, es una de las miles de víctimas de ese periodo oscuro de Argentina, el de la dictadura, una de las más feroces y sanguinarias de la historia de América. Una etapa en que las personas desaparecían porque la fuerza pública se las llevaba, las masacraba, las arrojaba al mar desde un avión, las torturaba las incineraba; un periodo en que muchas madres perdieron a sus hijos paridos en los calabozos del régimen, cuyos verdugos los vendían a buenos precios; en que los disparos por la espalda, la traición, el espionaje, la maledicencia, el crimen, andaban sueltos por las calles como les daba la gana. Unos años sombríos y aterradores, en que se revivieron las prácticas de Hitler y de sus secuaces.

De ese infierno de torturas, de muerte fríamente planeada, de desapariciones sin retorno, de sombra y de pánico, vuelve Enrique. Y poco a poco se va metiendo de nuevo en la vida que le escamotearon por muchos años. Y encuentra la ayuda de amigos,-y sobre todo, se encuentra a sí mismo, aunque ya casi es otro. Y recupera su derecho a existir, a soñar, hasta a creer en el amor.
Cecilia, Bruno, Rosen, Marina, Federico, Caterina, son todos personajes difíciles de olvidar. Sobre todo Marina, que conoce el pasado, y el presente, y como si fuera poco, el futuro.

Y ellos constituyen ese mundo extraño de un país en vías de resurrección, donde todavía quedan sobrevivientes que atizaron los hornos en la barbarie del Holocausto, y víctimas que los buscan, y esos nazis de la Segunda Guerra están emparentados, al menos en sus crímenes y sus desbarajustes mentales, con los que atizaron el fuego de la dictadura.

Y se buscan, y se mueren, y se matan, y siguen, porque la vida anda a paso largo y no se queda a esperar a nadie.

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