La ternura: una expresión del Amor que hay que rescatar

Por:  Emma Arcila E.

La ternura, más que una compañera, es una de las grandes carencias que tenemos los seres humanos. No sólo porque la violencia, la agresividad y otros especímenes de la misma familia nos rondan de día y de noche, en la casa o en la calle, desde el televisor o en los periódicos, sino porque no sabemos expresarla. No nos enseñaron a despertarla.

Y no lo hicieron porque tampoco nuestros mayores tuvieron  de quién ni cómo  aprenderla.  Pero como nunca es tarde… y “nada está perdido si tenemos por fin el valor de admitir que todo está perdido”, según Cortázar, de lo que se trata ahora es de rescatar  y revivir esa forma de comunicación  del ser humano, tan olvidada,  pero tan necesaria para sentirnos vivos.

 

 

La ternura no tiene cortapisas

La ternura es la capacidad  que tiene el ser humano  de expresar afecto a los seres que lo rodean.  Es esa calidad especial del amor despojada del fin sexual. La ternura, entonces,  es esa forma de expresar el Amor (así, con mayúsculas) que se siente  hacia los hijos, los padres, la novia, los amigos, los animales, las muñecas, los árboles…Pero es esa una expresión que compromete a una actitud  que se da espontáneamente, sin prejuicios, sin cortapisas, sin pensar  en si se da o no.

Porque la ternura no se rige por normas, preconceptos o morales. Los niños son el prototipo de la ternura, y nunca un niño piensa antes de abrazar tiernamente las piernas de una amiga  de mamá, hasta que llega mamá a decirle: “No molestes a la señora”.

Pero es desde mucho antes  que hemos empezado a dejar  de ser tiernos. Aunque no lo parezca, la ternura se ha perdido desde la relación padres-hijo. “Tan se ha perdido que los siquiatras vivimos de eso, de la carencia de ternura  en un ser, a nivel de sus primeros años de vida”, explica el siquiatra Ignacio Vergara.

En esa relación, los padres empiezan a utilizar  el amor para moralizar  a sus hijos, para adaptarlos a la sociedad.  El amor se negocia. “Si tú me quieres, estudia seriamente” o “si tú quieres que yo te quiera, no salgas a la calle, no ensucies el vestido, no digas palabra feas…”

Entonces, en la medida en que el amor  y la ternura como una expresión de ese amor,  se empieza a condicionar, es decir,  a utilizar como un arma de poder, se prostituye, pierde su valor.  Y en esa medida, el niño aprende a obrar  de la misma manera para conseguir las cosas. Da un beso para que lo quieran y no lo castiguen, dará un regalo para conseguir unas caricias.

De ahí que el verdadero valor de la ternura  lo hemos aprendido distorsionado. Por eso,  muchas expresiones que creemos ternura son apenas gestos vacíos, meros ritos, actos que se ejecutan sin ningún espíritu. Y resulta tan sin sentido un abrazo dado sin querer, como otro que no se da cuando se quiere dar.

Lo que ha ocurrido con la ternura es que nos la han prohibido, nos la han constreñido. “No llores, que los hombres no lloran”. Infalible receta que produce “machos” incapaces de ser tiernos. Porque muchas veces las lágrimas son una forma de ternura.

Los más tiernos… los amigos

Se nos ha enseñado que la ternura es signo de debilidad o de sensiblería. Simplemente, porque los sinónimos de ternura son dulzura, cariño, sensibilidad, espontaneidad. Y eso siempre se asocia con niños, mujeres, homosexuales, en fin,  con personas débiles. Por eso mismo, está más que prohibida para los hombres que para las mujeres.  Además, los hombres han sido educados aprobando lecciones, y no llorar es una de ellas.

Pero a todos, hombres y mujeres, se nos ha prohibido la ternura  y por eso, cuando queremos expresar un sentimiento similar, sin sentido,  nuestro propio cuerpo nos delata.

Nada más diciente que un abrazo dado sin emoción  o una sonrisa falsa. Y hasta el bebé percibe  la falsedad de las caricias  de su mamá cuando ella practica  los ritos de ternura.

Además, la ternura está prohibida por los prejuicios, tanto que los tenemos arraigados desde niños como los dictados por las normas sociales vigentes.

Y es precisamente por esa misma prohibición que tenemos de ser tiernos, que proliferan las mascotas.  Que muchas veces lo que evidencian  es la miseria de amor  de sus amos. Porque sus dueños las utilizan  pare replegar  la ternura que no son capaces de manifestarle a otros seres humanos u otros seres humanos que los rodean  no les llenan sus necesidades de ternura. En todo caso,  los perros y otros de su congéneres tienen la maravillosa cualidad de ser incondicionales  con sus amos. Y en esa misma medida suscitan la ternura.

Porque la ternura como el amor es incondicional, comprensiva, servicial,  no lleva cuentas… “Nadie ama más que aquel que da la vida por sus amigos”. Y en esa medida la incondicionalidad  del amor  entre amigos se parece más al verdadero amor, que el amor entre padres e hijos o el de la pareja (amor romántico).

Como el de padres e hijos, el amor romántico pone condiciones, se negocia. Queremos al otro siempre y cuando nos dé lo que esperamos; lo consideramos nuestra propiedad; le exigimos que sea como nosotros queremos;  y si el otro no da nuestra medida, no nos sirve.  Incluido el plano sexual.

Al contrario, si tú amas realmente a tu amigo y ese amigo tiene problemas, darás todo por ayudarle, gustoso de dar,  sin esperar nada a cambio.

Para que viva

Y como “obras son amores y no buenas razones”, la ternura no se dice, la ternura se expresa. Y se expresa con el cuerpo, con un gesto corporal.  Cuando una mamá alimenta a su hijo, en un brazo,  un apretón de manos, un sollozo o un llanto,  un beso, una caricia, una llamada,  “sólo para decirte que te quiero”  (sin necesidad de gastar el resto de la conversación  telefónica  justificando esa expresión de ternura). También puede haber ternura en un gamín o un indigente que comparte las sobras  con su perrito.

Expresiones estas que no son las más frecuentes, en un mundo donde reina la violencia, la soledad, la falta de espacio y tiempo para las relaciones  interpersonales. Sin embargo, todavía estamos a tiempo de recuperar la ternura. Por fortuna, aún quedan seres tiernos en este mundo.  Seguramente tenemos uno a nuestro lado. “Muchos están buscando la ternura y están dispuestos a hacer cambios  radicales  en sus vidas para encontrarla  y eso indica el renacer  de una energía diferente”, expresa nuestro siquiatra.

Y si otros son capaces de expresar su ternura, yo también puedo. Y más cuando lo ansiamos, lo necesitamos, lo pedimos a gritos (aunque ahogados), así nos digamos que no, para parecer fuertes.

Poco a poco podemos vencer  los miedos que no nos dejan expresar la ternura.  Una madre puede aprender a ser tierna  con su hijo gozando  de él en el momento de alimentarlo, sintiendo su piel,  disfrutando al acariciarlo, compartiendo con él  la hora del baño.

Un padre puede hacer el esfuerzo para borrarse de la cabeza  y la piel esa prohibición  de abrazar a su hijo o a su hija, más allá de su sexto cumpleaños.

El éxito de un amigo puede celebrarse con ese abrazo que tenemos contenido, más que con un regalo que ha perdido su sentido en esta sociedad de consumo.

Si usted y yo logramos ser tiernos con quienes nos rodean, venciendo la tacañería, la represión o la inhibición, ya va adelantada una enorme labor. Con el efecto repetidor, a la vuelta de tres meses o cuatro siglos, la ternura habrá invadido un núcleo mucho más grande de gente que estará trabajando en el reino  del Amor. Para sentirnos vivos.

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Un comentario

  1. hermoso escrito y muy cierto, pero todavía existimos personas que disfrutamos de la ternura de los niños