La política del ‘malo conocido’

El proceso electoral en curso deja ver las taras políticas de los colombianos y qué tan arraigadas están.

Aunque a decir verdad se observa cierta disposición al cambio, aún son muchos los millones de colombianos que siguen creyendo esa vieja idea de que “es mejor malo conocido que bueno por conocer”.

La política del “malo conocido” tiende a perpetuar los males que aquejan al país y ha estancado a la sociedad colombiana en términos de democracia y de equidad social y oportunidades.

De hecho, según el coeficiente Gini, que mide la distribución de la riqueza, Colombia es el segundo país más inequitativo del continente americano después de Haití. O sea, el país donde es mayor la concentración de la riqueza y la socialización de la pobreza. Donde, igualmente, el índice de desempleo y la informalidad laboral supera a casi todo el continente.

Esa Colombia que es controlada por los de siempre a punta de meter miedo con enemigos reales o ficticios. Donde la mayor competitividad de las empresas se logra con cargo a las condiciones laborales de los trabajadores. Donde se exonera de impuestos a los grandes capitales y se le trasladan a los pobres.

Quienes han manejado el país por siglos son dueños del aparato productivo, de la banca, los medios de comunicación y el poder político, y esto les garantiza su permanencia, a perpetuidad, en la dirección del Estado.

Son también los dueños de las maquinarias políticas, esos funestos andamiajes de intereses, dinero, triquiñuelas y estrategias para hacerse al voto de los que no tienen voz ni voluntad, ni les importa mucho el futuro del país.

Colombia es un país donde los clubes y asociaciones de empresarios no tienen contraparte y regulan a su antojo el mercado laboral. Su contraparte natural, que son los sindicatos de trabajadores, están desprestigiados, estigmatizados y en vía de extinción.

Muchos colombianos siguen pensando que es un salto al vacío elegir en las altas dignidades del Estado y darle grandes responsabilidades a gente con representaciones nuevas y más incluyentes, por preparadas que estén. Se han comido el cuento de que hay un grupo de ungidos, y que sólo ellos son capaces de manejar el país a pesar de que han demostrado hasta la saciedad su incapacidad administrativa, ética y moral.

Esos grandes poderes han demostrado estar dispuestos a todo para mantener para sí y los suyos el control del Estado y los negocios del Estado.

Desde su lógica, Gaitán, Galán, Pizarro, Jaramillo y otros líderes “tenían” que morir, porque se volvieron peligrosos, porque representaban un país distinto, porque no pidieron permiso para soñar con una Colombia mejor y se atrevieron a conquistaron el corazón de los electores.

Luego de todas estas consideraciones, al votar el 30 de mayo por quién reemplazará al presidente Álvaro Uribe, es un deber de buenos ciudadanos usar bien el voto para elegir un presidente que no provenga de las entrañas de quienes han fracasado en la dirección del país durante un siglo.

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