Jessica Tijeras

La peluquera de los presos más temidos de la cárcel Modelo habla sin pelos en la lengua. No es Rosario Tijeras, pero es la única mujer que capaz de llevar a cabo la peluda misión de cortarle el cabello de hombres rudos y peligrosos, que ella suele apaciguar con su sonrisa… y sus senos de silicona.

Por Germán Hernández

En el patio 3 de la cárcel Modelo, en Bogotá, los presos se apiñan contra los barrotes y escupen chiflidos de euforia a la hora de saludar, desenfrenados, esas curvas insinuantes que aparecen sobre el pasillo de la cautividad. Pertenecen a una mujer maciza y vigorosa, que mueve el esqueleto como si en lugar de soportar un andamiaje encarnado sólo llevara rimmel y maquillaje.

Ella se detiene, abrumada por los soeces piropos carcelarios, y con una dignidad anarquista levanta un brazo y les devuelve una caricia ronca:

−Hola bebés –les dice–, ¿quiénes son los hombres más bellos del pabellón del norte?
Desde hace más de 15 años, Henry Romero ha aprendido a transformar la voz para librarse de las trancas del destino, y los presos que lo conocen retornan el saludo con la denominación que identifica su espíritu verdadero:

– ¡Llegó Jessica, la Ardienteee!!! –gritan−… ¡Hola Jessicaaa!

us oídos parecen haberse acostumbrado a ese fogoso señalamiento femenino. “Es que los hombres son terribles”, explica ella, con una sugestiva mueca de orgullo que por un instante logra apartar de su memoria no sólo un incierto pasado sino también su cruel porvenir. Henry Romero está condenado por el delito de homicidio en primer grado, que él jura fue cometido en el nombre del amor. “Estoy pagando una condena de 26 años –confiesa−, por algo que no cometí. Pero es que, por estar enamorada de una persona, negué la verdad”.

Lo dice con la misma convicción con la que, meses después de la condena, solicitó a las directivas de la prisión la clemencia de poder amortizar su deuda en una literal jaula de las locas. Desde hace mucho tiempo ella había decidido transformarse en un atractivo travesti, y el hecho de haber sido enviada a la cárcel Modelo no dejó de agobiarla. “Llegué muy asustada –recuerda−, pero gracias a Dios, con mi valentía y forma de ser, logré darme a querer de la gente y a que me aceptaran en el establecimiento”.

Un implante tras las rejas

Han pasado ya más de diez años de aquel beneplácito colectivo, que recibió además con una ñapa laboral. Fue nombrada peluquera oficial del patio, cargo que le permite tener, al alcance de sus tijeras, las cabezas más peligrosas del penal. Su celda es el centro de todo su poder capilar: “Aquí convivo con 2 ó 3 personas, y acá tengo mis cosas de peluquería y mi máquina para mis labores como estilista”, señala.

Pero, en su misión de corte y embellecimiento, ella suele utilizar otro tipo de armas más seductoras que un simple secador de pelo. La principal, lamentablemente, no venían con ella de fábrica. “Son mis senos –ríe−: me siento muy orgullosa de tener esta calidad de senos”.

Ella los mira con una tristeza repentina y frunce la boca, con una amargura maternal. “Como puede ver, yo me hice un implante de silicona hace 13 años, pero cada día se va deteriorando”.

Menos mal que, de repente, un rayo de libertad vuelve a iluminar su rostro. Hoy participará en una operación penitenciaria en donde ella es la reina de los cerrojos. Llega a la Unidad de Salud Mental de la prisión. “Voy a desempeñar una brigada de peluquería”, afirma.

Y bajo sus manos enormes se encomiendan los más temibles y delincuentes, que abandonan la unidad mansos, apaciguados, como un Sansón recién trasquilado. “Por su carisma, por su manera de ser, Jessica hace que los internos le tengan confianza, que realmente se sientan bien cuando ella los atiende”, asegura el psicólogo Óscar Leyton, coordinador de la Unidad de Salud Mental y líder de esta peliaguda operación.

La tragedia en medias veladas

“Mi llegada les transmite como una emoción –explica ella por su parte, cepillo en mano–. Debe ser por estar al lado de Jessica, que es tan famosa”. Ella bromea con el nombre hurtado a su actriz favorita, Jessica Lange, pero en su interior aún reposan las huellas de una época de lágrimas y terror de su infancia. Ultrajado por un familiar a los 7 años, comprendió a los 14 que estaba atrapado en un cuerpo que no le correspondía. Y una noche, su papá lo sorprendió en el cuarto en el preciso instante en que le lloraba su amor a la fotografía de su amado: un compañero de su propio padre, que era operario en una fábrica de aceites.

Esa noche fue su primer contacto con la tragedia y acaso su primera relación con elementos corto punzantes. En plena cena se clavó un tenedor en la muñeca para poder suicidarse enfrente de su familia.

Pero aquel diabólico tridente no cumplió su cometido y no sólo dejó cicatrices en el alma sino un montón de manchas de sangre en el mantel. Expulsado de la casa, se fue a vivir en la calle, en el áspero y cruel mundo de los transformistas, y en donde la probabilidad de acabar mal es casi tan alta como la tristeza que suele enmascararse en el alma de estos desheredados de la Tierra.

Allí se presentó el altercado mortal que acabó con la muerte de una compañera de acera, ocasionada por líos de platas y celos laborales. “Yo sólo vi la puñalada”, dice, pero haber sido el único testigo lo incriminó sin remedio. Fue condenado a 26 años y, en la sentencia, el juez le prohibió usar peluca, temeroso sin duda de que el reo la utilizara no tanto para tomarle el pelo a la justicia, como para volarse disfrazado de la prisión.

Peluqueando capos

Los primeros días en la cárcel fueron un suplicio sexual. Obligado a vestirse en hombre en medio de los pillos más sombríos, recorrió varias penitenciarias generando entre los carceleros la metódica duda de dónde debían encerrarlo… o encerrarla. Estuvo en La Picota, en Acacías y en Cómbita, en donde no deseaban admitir a ninguna mujer de cabellos largos e ideas cortas: la raparon con una cuchilla número uno y la embutieron en un uniforme caqui de dril desteñido.

No aguantó más y se rasgó las vestiduras en aras del libre albedrío: con los pantalones rotos se hizo una falda y con los jirones de la camisa una pañoleta. Eso al parecer les cayó en gracia a los más temidos convictos, que terminaron por aceptarla al demostrar ser una camarada sin pelos en la lengua.

Por sus manos de estilistas pasaron cabezas como la de Gilberto Rodríguez Orejuela, el ajedrecista, quien seguramente debió comentarle los entresijos de las jugadas más arriesgadas del ajedrez de su vida. También el hombre Marlboro se sometió a sus tijeras, a lo mejor exhalando bocanadas de historias vividas en el mundo de la ilegalidad, y que hoy forman parte del inventario que cualquier peluquero respeta para  salvaguardar el secreto de la confesión.

Jéssica no sólo tiene la virtud de despertar confianza, sino la solidaridad y la comprensión. Las propias autoridades del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario, Inpec, que a los 47 días decidieron trasladar al recluso Henry Romero a la cárcel La Modelo, en Bogotá. Allí le permiten hoy desempeñarse como la peluquera oficial del presidio, labor que ella cumplirá hasta que pueda salir libre.

Y ya le falta poco. Su buen comportamiento ha servido no sólo para reducir la condena, sino para alejarse de la tentación del delito fácil y la fascinación del bajo mundo. Espera rehacer su vida pues, al fin y al cabo, se salvó por un pelo.

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