Diva Digital

Mónica Fonseca es la pionera de los programas de tecnología en canales privados de la televisión. Y su espacio ‘Mundo Digital’, el primero en ocuparse de este tema en un noticiero en Colombia, cumple en este mes de febrero un año al aire.

Por Germán Hernández.

Mónica Fonseca parece sobrevivir entre la reverberación tecnológica del siglo XXI y la candidez artesanal del XIX

Mónica Fonseca parece sobrevivir entre la reverberación tecnológica del siglo XXI y la candidez artesanal del XIX

Desde el año pasado, la imagen de Mónica Fonseca –con sus hermosas piernas de 106 centímetros de largo– ya no viaja por el tradicional ancho de banda de 6 Mhz en el espectro electromagnético, sino que lo hace cuidadosamente comprimida en HDTV, con una definición de 1920×1080 pixeles. Su cuerpo todavía mide 87-68-93 centímetros de clásica sensualidad pero, ahora que transita en la era digital, hace parecer a su dueña como una nueva diosa de la tecnología que manifiesta sus poderes sobrenaturales –e inalámbricos- a través de un Black Berry forrado en goma anaranjada.

Sin embargo, cada vez que termina su programa de televisión ‘Mundo Digital’ –lo mismo que las emisiones diarias de ‘Ciencia, Salud y Tecnología’–, en el canal RCN Internacional, ella cierra su Macintosh PowerBook 3400, se fuga a su casa en una Jeep Compass roja de 16 válvulas y sistemas de calibración de los árboles de levas variable, sintoniza el I Pod nano de 16 gigas con parlantes Boss y enciende, en el lluvioso atardecer bogotano, el más útil de los inventos del siglo XVIII: unas velas de cera.

“Ellas también son tecnología ­–advierte–: nos devuelven a la raíz”. Y cuando el espíritu de esta Géminis indomable regresa a los orígenes a través de la llama, su cuerpo retorna casi a una infancia adorable. Acaricia con un amor maternal a su gata –de raza persa y llamada Paris Patricia Hilton Tacher Fonseca– y a su perro Baileys José –unsetter irlandés que en realidad es de su nuevo esposo, el actor Mark Tacher– y pide a domicilio un puñado de pasteles de gloria con bocadillo. Mónica Fonseca parece sobrevivir entre la reverberación tecnológica del siglo XXI y la candidez artesanal del XIX.

Su vida es una balanza equilibrada que la ha llevado sin embargo a extremos distantes entre sí. Pues aunque estudió Ciencias Políticas en el Montgomery College, hoy se distingue por ser una de las directoras de televisión más informadas –y más atractivas– acerca de los artilugios cibernéticos del nuevo milenio. Y mientras es reconocida como una de las modelos y presentadoras más versátiles del medio televisivo, todavía es recordada como una de las estudiantes más juiciosas de la escuela de teatro de Maryland.

Su trabajo también es un vaivén que se mueve entre los inventos de la tecnología y la batalla por la ecología: la diva cibernética también dirige la fundación Fair Waste.

Su trabajo también es un vaivén que se mueve entre los inventos de la tecnología y la batalla por la ecología: la diva cibernética también dirige la fundación Fair Waste.

Nació un 10 de junio en Coconut Grove, en Miami, Estados Unidos, y aunque tiene una silueta que podría paralizar el tráfico de Flagler Street, ella prefiere quedarse en casa congelando a Oscar Wilde. Leer, uno de los antiguos vicios del siglo pasado, es todavía para ella un placer del futuro. “Apenas leo unos seis libros al año –confiesa–, pero los maestros son infaltables”.

Pero a esta heroína tecno también le gusta un verbo del tercer milenio como es el de trabajar, así sea en la guerra por el rating. “Uno es un soldado mediático”, dice, como si no quisiera admitir que ya llegó al generalato de la televisión: dirige y presenta su propio programa. Y eso que empezó en el año 2002, por accidente, cuando una productora la empujó a un casting en el canal CityTV, en donde nació como presentadora de cara bonita.

Luego, en el 2005, condujo el programa ‘Radiocity’ (Citytv), después presentó ‘También caerás’ (Caracol) y ‘Hola, Escola’ (Canal Uno). Estuvo también en la radio (‘La ventana’, de Caracol), de donde regresó a la televisión para presentar la sección de entretenimiento de Caracol Noticias. Ha posado desnuda para la revista Soho, y fue llamada por la casa Benetton para ser la imagen de sus condones de colores. Le dijo a la revista Jet Set que aquellas fueron experiencias liberadoras, aunque su padre tuvo que acudir a terapias psicológicas para evitar un colapso cardiaco.

Hoy, sin embargo, es su corazón el que está al borde de un ataque de amor. Acaba de casarse después de un año largo de noviazgo con el actor mexicano Mark Tacher, quien además de contraer matrimonio quiere llevarla a conocer dioses acaso más poderosos que Bill Gates. “Me convertí al judaísmo –revela– y un rabino nos ayudó en el dispendioso proceso. Por lo pronto, he empezado a conocer y practicar algunos ritos de esa religión y hasta dejé de comer cerdo”. Pero como en la guerra y el amor todo se vale, a veces, cuando la pareja sale a almorzar en el norte de la ciudad, ninguno de ellos puede evitar probar un platillo que parece un verdadero maná caído del cielo: el chicharrón de Andrés Carne de Res.

Mónica foseca y su esposo Mark Tacher

Mónica foseca y su esposo Mark Tacher

Aunque ella no sabe aún cómo será ese otro chicharrón que es un matrimonio para toda la vida, su trabajo también es un vaivén que se mueve entre los inventos de la tecnología y la batalla por la ecología: la diva cibernética también dirige la fundación Fair Waste, que creó con su padre, y en donde puede aplicar sus ocultos pero no olvidados conocimientos de ciencias políticas en busca de un planeta amigable.

Y aunque ya vive con el hombre de su vida, ella permanece conectada vía celular con él. Ambos se llaman y se envían mensajes de texto, acaso como tributo al duende tecnológico que los unió. “Nos conocimos gracias a un teléfono móvil. Nuestro Cupido se apellida Berry”, dice. Pero ella sigue siendo una heroína que todavía se interna en la Era Digital protegida con las armas del romanticismo: con un solo dedo aprieta el teclado de su Black Berry naranja para enviarle a su marido, en un SMS (Short Message Service), un obsequio que hoy está en vías de extinción: un poema de amor.

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