Dañino oso internacional

Enero 22, 202

Una auténtica vergüenza internacional es la que nos están haciendo pasar a los colombianos la ministra de Minas, Irene Vélez, y el presidente de la República, Gustavo Petro. No de otra manera puede calificarse que los dos, en Davos, se atrevieran a ratificar que Colombia no firmará nuevos contratos para buscar petróleo y gas, decisión que le hace daño al país y que, de mantenerse, le destruye su economía.

Tan absurdos, y tan tercos, son los decires de Petro y Vélez, que el ministro José Antonio Ocampo guardó silencio, como también los demás ministros y los dirigentes nacionales del petrismo. Incapaces de corregirlos, tampoco los respaldan. Porque si no le temes a nada, témele al ridículo.

Gustavo Petro – Irene Vélez. (Imagen: El Espectador-VBM).

Es tan absurda la idea, tan errada y perniciosa, que Colombia es el único país petrolero del mundo –¡el único del mundo!– que tiene tomada esa decisión. En América, por ejemplo, no la han tomado ni la tomarán Brasil, México, Venezuela, Argentina –los cuatro con gobiernos alternativos– ni Estados Unidos. Porque saben que sería un error garrafal y que quedarían como locatos. ¿Se acuerdan de que Lulla, hace unos meses, cuando Petro le propuso que impulsaran juntos el disparate, lo despachó con cajas destempladas?

Es el colmo que Petro se atreva a decir que reemplazará los hidrocarburos por más turistas extranjeros. Porque es imposible aumentarlos hasta que sus gastos igualen los ingresos en dólares por petróleo. Y porque constituye otro engaño igualar la plata que les entra a unos particulares con la que le llega al Estado a través de Ecopetrol. ¿Y por qué hay que acabar con el petróleo para atraer turistas? Claro que luego de que Petro, en las presidenciales de hace cuatro años, prometiera reemplazar el petróleo exportando aguacates, nada debe sorprendernos.

¿Qué tiene de negativo para Colombia, de otro lado, si unos empresarios privados buscan hidrocarburos, sea que los encuentren o no y que puedan o no extraerlos y venderlos? Nada. Pero los colombianos sí obtendríamos ganancias importantes en empleos, exportaciones, regalías e impuestos si el negocio les funciona. Tienen que ser demasiado cerriles y desinteresados con la suerte del país para negarse a aceptar algo tan elemental. ¿O temen darles la cara a sus electores y decirles que se equivocaron con esta promesa electoral?

Es cinismo, además, que Petro se presente como el gran adalid mundial del ambientalismo cuando con este daño a los colombianos en absolutamente nada mejora el problema del cambio climático global. Porque si Colombia deja de producir petróleo y gas, tendrá que importarlos para su consumo y seguirá generando el mismo escasísimo CO2 que hoy produce por quema de combustibles fósiles, que equivale a solo el 0,2 por ciento del total del mundo. Y porque si deja de exportar, otros países lo reemplazarán y el CO2 emitido en su consumo será el mismo, así como su impacto ambiental.

Es imposible que Petro no entienda verdades tan elementales. Pero tampoco las controvierte con datos y cifras porque no los tiene y porque los mesías saben que es más fácil engatusar a quienes los siguen por fe si no corren el riesgo de entrar en detalles. Y así ocurre con otro disparate “ambientalista” suyo que también mencionó en Davos, el de una línea de electricidad de 25 mil kilómetros y con energías solar y eólica, de Alaska a la Tierra del Fuego, que nos hace recordar a Goyeneche.

Y no hay que hacerse ilusiones. Porque conductas como estas, que generan repudio y desconfianza entre quienes no se dejan engañar, siempre les hacen daño a los países.

Gustavo Petro y Álvaro Uribe

Enero 14, 2023

No hay duda de que la matonería petrista actúa en las redes ciñéndose a lo dicho por sus jefes en la campaña presidencial: “Tenemos que defendernos y atacar. Eso significa que seguro la línea ética se va a correr un poco” (Sebastián Guanumen, estratega de Petro y hoy cónsul en Chile). Correr “la línea ética” es aumentar trampas, engaños y mentiras.

No extraña entonces que me acusen de “uribista” porque critico a Gustavo Petro, calificativo que traducen como propio de la peor persona y que contiene el amenazante mensaje de que me “quemarán” si no me inclino ante su mesías.

Gustavo Petro-Álvaro Uribe. (Imagen: archivo internacional-VBM).

La acusación de “uribista” la hacen sin dar una sola prueba de cercanía mía con Álvaro Uribe –porque no existe– y contra alguien que nunca ha tenido una conversación privada con Uribe, que fue el senador que más debates de control político le hizo en sus dos gobiernos y que lo ha controvertido en numerosos artículos y en varios libros porque tenemos desacuerdos profundos.

Pero además de mentir sobre coincidencias mías con Uribe, llama la atención que su engaño incluya el truco de otorgarle al expresidente una conducta de oposición a Petro que no está ejerciendo. Porque entre Petro y Uribe ya hubo dos reuniones de las que no se sabe con detalle pero que generaron consecuencias, y no de desacuerdos, propiamente, pues José Félix Lafaurie, en representación del Centro Democrático, tendrá voz cantante en el proceso de paz con el ELN y en las multimillonarias compras de tierras rurales del gobierno.

También es sabido que los congresistas del Centro Democrático estuvieron en la componenda que en persona dirigió Petro para repartirse la Contraloría entre ellos y los partidos petristas.

De otra parte, con el siguiente trino, Uribe respaldó a Petro en el escándalo del ICBF: “No critico que la Primera Dama haya postulado a la nueva directora de Bienestar Familiar, quien en sus respuestas a los medios ha mostrado su transparencia. Hay que dar tiempo a su gestión”. Con lenguaje incomprensible, para que no se notara el apoyo, Uribe también respaldó que Petro siguiera con los aviones carísimos e innecesarios de Duque: “La discusión sobre la compra de los aviones enseña que los partidos tienen que ser cuidadosos tanto en la oposición como en el gobierno. Al final vale la credibilidad no el aplauso”. Sobre la base militar en Gorgona, Uribe no ha dicho nada, no sea que se sepa que aquí también está de acuerdo con Petro, silencio que Uribe, por la misma razón, le aplica a que Colombia ande de correveidile de la OTAN.

Las coincidencias entre Petro y Uribe vienen de atrás. En 2008 los uribistas y Petro eligieron de Procurador a Alejandro Ordóñez. Petro votó con el Polo en el Senado contra el TLC con Estados Unidos, pero en 2007 viajó a Whashington, donde hizo acuerdos para respaldarlo –y al Plan Colombia, además– y a su regreso nos exigió cambiar la posición, votación que perdió. En el gobierno de Duque, Uribe y Petro aprobaron en el senado el ingreso de Colombia a la OCDE y también en ese gobierno, en el debate contra las tropas gringas en el país, en junio de 2020, el ministro de Defensa de Duque, Carlos Holmes Trujillo, felicitó a Petro por su respaldo al TIAR, tratado militar norteamericano para el control del continente.

En conclusión, las bodegas petristas mienten al decir que critico a Petro porque soy “uribista”, como mintieron Petro, Roy y compañía –siguiendo la ética Guanumen– cuando en la campaña electoral afirmaron que no estaban construyendo el Pacto de la Picota.

¡Paz en Ucrania ya!

Enero 7, 2023

En el partido Dignidad expedimos una declaración rechazando la invasión de Rusia a Ucrania. Porque por razones de principios somos partidarios del respeto a la soberanía nacional de los países y de la solución pacífica de los conflictos entre ellos. Puedo decir además que tengo profundos desacuerdos con Vladimir Putin y con Joe Biden, los máximos dirigentes de las partes en conflicto, entre los que hay que incluir a los jefes de los gobiernos europeos miembros de la OTAN.

(Imagen: archivo internacional-VBM).

Luego de ya casi un año de guerra, los daños y desgracias para los ucranianos son incalculables y en aumento, grandes son las pérdidas de los rusos y muchos los sufrimientos de los habitantes del resto de Europa y del mundo, dado que los impactos económicos de esta confrontación presionan la inflación global, el alza en las tasas internacionales de interés, las quiebras, el desempleo y la pobreza y la posibilidad de que el mundo entero caiga en una recesión. Luego estamos ante una guerra que nos está causando graves daños a casi todos los habitantes de la tierra, empujándola además hacia más situaciones muy dañinas e impredecibles.

Por esta sola razón, entonces, ¡Paz en Ucrania ya! debe ser la consigna que nos una a todos los seres humanos, no obstante la muchas diferencias que nos separan sobre numerosos asuntos, incluida la interpretación que cada uno pueda tener sobre las causas de esta guerra. Acuerdo de paz que debe incluir, en primer término, la opinión de Rusia y Ucrania, pero también de Estados Unidos y de los países de la OTAN, que, como decisivos actores del conflicto que son, deben contribuir a superarlo.

Pero hay otra razón más y más poderosa aún para ¡paz en Ucrania ya!, que no se menciona o se menciona en voz baja, y que es en últimas la que motiva este artículo. Esta guerra tiene todas las posibilidades de degenerar en un enfrentamiento con armas nucleares, capaces de causar daños de proporciones inimaginables en Ucrania, Rusia, Estados Unidos y Europa, si es que además ese tipo de armas –de las que existen más diez mil– no terminan utilizándose contra otros países.

No creo que haya nadie en este planeta, salvo que sea un absoluto irresponsable, que se atreva a descartar que esta guerra pueda estallar y alcanzar proporciones apocalípticas, dadas las tensiones de la guerra actual, lo destructivo de una conflagración con armas nucleares y la amplitud de los daños económicos, sociales y políticos en todo el mundo.

En el acuerdo de paz que se pacte, complejo de acordar sin duda, no pueden faltar las garantías entre todas las partes en contienda de que ninguna de ellas quedará en condiciones de inferioridad para poder ser atacada con armas nucleares por otra, riesgo que se sabe está en el origen de esta conflagración.

Debe conocerse que si Estados Unidos y la Unión Soviética, en 1962, no terminaron en una guerra nuclear fue porque las dos partes aceptaron retirar las armas nucleares con las que mutuamente se amenazaban en condiciones inaceptables para cada una de ellas. Sobre esta historia debe leerse al exTeniente Coronel Julio Londoño Paredes, quien fuera ministro de Relaciones Exteriores de Colombia.

Desde entonces pareció quedar aprendido que una potencia nuclear no permite ser puesta en situación de indefensión por otra u otras ante un ataque nuclear sin antes apelar a la totalidad de sus recursos de guerra, que es al final el fondo de este conflicto.

Unámonos entonces en la exigencia a Rusia, Ucrania, Estados Unidos y la OTAN para que hagan realidad la ¡paz en Ucrania ya!

Aviones y engaños

Diciembre 23, 2022

Tan equivocada como malbaratar entre 16 y 25 billones de pesos en aviones de guerra internacional que Colombia no necesita, es la voltereta de Gustavo Petro, quien pasó de oponerse a esa compra a respaldarla, resguardado por los engaños con los que intenta justificarla.

Porque hace año y medio, en plena campaña electoral, Petro y los petristas, con razón, coincidieron con quienes nos opusimos a que Duque comprara esos aviones, en los que se despilfarraría parte de la reforma tributaria de Carrasquilla, aeronaves que además no le servían para nada a Colombia, según enseñan los Kfir, útiles solo para adornar los desfiles del 20 de julio. Y se opusieron también los actuales congresistas del Pacto Histórico, entre los que solo uno ha rechazado la voltereta de su jefe.

El Gustavo Petro faltón no puede explicar por qué lo que era malo con Duque se volvió bueno con él, a pesar de que nada principal ha cambiado, dado que este negocio rechimbo no debe hacerse ni por razones económicas y sociales ni por razones de utilidad militar.

Porque Colombia está en una crisis económica profunda, sobreendeudada, desempleada y empobrecida y no puede darse el lujo de despilfarrar una suma tan alta, verdades que no cambian porque Petro intente engañar con falacias como la de que los aeroplanos se pagarán a crédito y que “no se gastará un solo peso de la reforma tributaria ni de la inversión social en aviones de combate”.

(Imagen: archivo particular-VBM).

Pues se sabe –y él lo sabe– que todo gasto público, en lo que sea, sale del presupuesto nacional y se financia con los impuestos que pagamos los colombianos por las reformas tributarias que nos gravan, incluida la que Petro acaba de imponer. Y porque todo gasto militar obliga a recortar el gasto social por la simple razón de que en este país la plata no sobra y lo que se gaste en unas cosas obliga a recortar en otras. Además, los créditos al Estado hay que pagarlos, y con los intereses que se pacten, lo que también obliga a recortar el gasto público en otras necesidades, incluidas las sociales. Que Petro no nos trate como a idiotas, porque los colombianos no somos idiotas.

Durante el trámite de su reforma tributaria, además, Petro le ocultó al país que parte del aumento de los impuestos –incluidos los que golpean a los pobres y a la clase media– iría a comprar los aviones que no pudo comprar Duque, pues es obvio que él tenía que saber lo que haría como Presidente, así no lo hubiera escrito en su programa de gobierno, otra forma de engañar.

Cada vez se entiende mejor que no hay razones militares que justifiquen comprar ese tipo de aviones, diseñados para guerras internacionales y con armas poderosas de gran impacto, cuando Colombia carece de amenazas como esas. Ya le oímos decir al exministro de defensa Gabriel Silva que esos son instrumentos de guerra que el país no necesita. Y un especialista norteamericano en asuntos militares le explicó a la W Radio que era un “despropósito” y “una estupidez” combatir las avionetas del narcotráfico con aeronaves y armas tan poderosas, cuando ello debía hacerse con radares y helicópteros artillados a costos bastante inferiores, especialista que además refutó la falacia de Petro de que esa compra incluye transferencia de tecnología a Colombia.

Destructiva demagogia ambientalista

Noviembre 12, 2022

Es probable que los representantes de los países en la cumbre mundial del clima en Egipto –COP27– no tomaran nota de la gran incoherencia con la que Gustavo Petro se refirió al tema. Porque no les propuso a los demás productores de petróleo que ellos también renunciaran a firmar nuevos contratos para buscarlo, como arbitrariamente lo decidió él en Colombia. Y no lo propuso para no quedar en ridículo, porque cuando Lula le dijo a Petro que no le haría daño a la economía petrolera de Brasil acompañándolo en ese desatino, le dejó claro lo que pensaban él y los demás jefes de Estado.

En el decálogo que armó a punta de frases altisonantes que no aclaran nada ni son útiles, Petro metió en el mismo saco a los cinco países más la Unión Europea que generan el 80 por ciento de la combustión de combustibles fósiles del mundo y a los que, como Colombia, aportan menos del 0,2 por ciento o todavía menos, es decir, a los causantes del problema y a sus víctimas.

Y también calló que entre los principales culpables del calentamiento global están las potencias económicas que mantienen al resto del mundo en el subdesarrollo, las mismas que no están cumpliendo con los compromisos de reducir sus emisiones de CO2 ni de respaldar en serio a los demás países para que puedan hacerlo.

Presidente Gustavo Petro. (Imagen: archivo particular-VBM).

Sobre la deforestación de la Amazonia –que por supuesto hay que enfrentar con todo rigor–, Petro no se atrevió a ufanarse de la falsa solución que está imponiendo en Colombia. Porque ni siquiera puede demostrar que la causa principal de la deforestación de todo el país y del Amazonas son los cultivos de coca, aunque sí provoque las mayores emisiones de carbono y sea el principal problema ambiental de Colombia. Y no se atrevió a informar en la cumbre del clima que para ello va a usar helicópteros de guerra norteamericanos, desproporción contra las soberanías nacionales que tampoco osó proponerles a los gobiernos de los demás países de la cuenca del Amazonas.

Si no fuera tan pernicioso para Colombia tan notable desenfoque, no valdría la pena ni comentarlo. Porque a pesar de que Petro lleva años engatusando electores con la demagogia de su infantilismo ambientalista, nunca ha hecho una explicación amplia de sus ideas. Cuando mucho, echa ocurrencias que ni intenta sustentar como ciertas, como la de ahora y la de la campaña presidencial de 2018, cuando prometió reemplazar las exportaciones de petróleo por las de aguacates, absurdo que esta vez ni se atrevió a mencionar y que sustituyó por otro: el de aumentar en cantidades imposibles los turistas extranjeros.

Para confirmar la importancia irremplazable de los hidrocarburos y de Ecopetrol en la economía nacional –éxito que este gobierno tiene la obligación de no sabotear y sí preservar y desarrollar–, sirve saber que sus utilidades entre enero y septiembre fueron de 27 billones de pesos, de lejos, las mayores entre las empresas de Colombia.

Ojalá el ministro de Hacienda no vaya a caer en el inconcebible error de regalarles a Petro y a su ministra de Minas cualquier dosis de alcahuetería sobre este tema, porque él conoce muy bien cuan irresponsable es su error y el inmenso daño que le están causando a Colombia, verdades que no deben taparse manipulando cifras.

Salvemos a Gorgona

(Imagen: archivo particular-VBM).

Noviembre 19, 2022

En Colombia está a punto de ocurrir algo que nos avergonzará ante el mundo civilizado porque jamás podría suceder en un país que funcione con un mínimo de respeto por las áreas naturales protegidas.

Me refiero a que la Armada ya inició la construcción –inconstitucional, por supuesto– de una base militar en el Parque Nacional Natural Isla Gorgona, no obstante ser único en Colombia y el mundo. Porque la isla combina una incomparable riqueza de fauna y flora terrestre con una riquísima vida marina, fenómeno apenas explicable porque como prisión que fue sufrió daños ambientales, pero, a su vez, se protegió durante 23 años.

Y porque, desaparecido el campo de concentración que en verdad hubo allí, lleva 38 años como un parque natural público, controlado por el ministerio de Ambiente, en el que, hasta hace muy poco, no hubo ninguna actividad incompatible con cuidarlo con todo rigor científico. Por lo excepcional de esta historia, Gorgona también es única en la tierra.

Pero estamos a días de iniciarse en Gorgona la construcción de un enorme muelle y una amplia base militar que destruirá la característica primordial de la isla y su relación con su mar, única en todo el Pacífico colombiano. Y que la pondrá bajo el control de la Armada y el ministerio de Defensa, que no tienen como misión legal el cuidado ambiental, como sí la tiene el ministerio de Ambiente.

¿Cómo explicar que este crimen como de película de terror se esté ejecutando en Colombia, no obstante el rechazo de la comunidad académica, entre ellas, el Consejo Nacional Científico asesor del parque natural Gorgona (Ver enlace) y la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales?

Fácil. Porque la base de la Armada Nacional, con sus tropas, su muelle y sus barcos, más lo que se les ocurra montar, son para protegerle un radar a las fuerzas armadas de Estados Unidos, país que financia este golpe al patrimonio natural y medioambiental de Colombia y nuestra soberanía nacional.

Con razón, el reconocido científico colombiano Ernesto Guhl se preguntó si la base de la Armada –sin radar gringo, por supuesto– no habría podido instalarse en otro de los 1.300 kilómetros de la costa colombiana sobre el Pacífico.

Tan vivimos un atentado contra Colombia que la licencia ambiental avergüenza a la ANLA –que se supone protege el ambiente nacional–, porque es obvio que debió negarla. Pero no solo la otorgó, sino que además la tramitó en apenas 29 días y la aprobó el 31 de diciembre de 2015, fechas muy apropiadas para los torcidos en este país. Tan actuaron de mala fe que la comunidad científica apenas se enteró de este despropósito un año después y que desde 2020 el ministerio de Ambiente no nombra director en Gorgona, con lo que los militares de la Armada hoy mandan en el parque y mandarán después si montan la base y el radar.

Lo positivo es que este atentado puede evitarse con facilidad. Porque las obras están empezando y no fueron decididas por el actual gobierno sino por los dos anteriores, que aquí sí actuaron como hermanitos. Luego Gustavo Petro, con el debido aplauso de Susana Muhamad, su ministra de Ambiente, y como jefe supremo de las fuerzas armadas de la República de Colombia, lo único que tiene que hacer es dar la orden de parar la construcción de la base militar, el muelle y el radar y de devolverle Gorgona al ministerio de Ambiente.

Los colombianos debemos llamarlo a tomar estas decisiones.

¿Paz total?

(Imagen: archivo particular-VBM).

Noviembre 26, 2022

La “paz total” suena bien. Porque cuánto diéramos los colombianos por no haber padecido tantas violencias políticas, empezando por las de los liberales y los conservadores en los siglos XIX y XX. Y que desde los años sesenta del Siglo XX suframos por las violencias “de izquierda” que en Colombia y en otros países, en un error garrafal, intentaron copiar el alzamiento armado de Fidel Castro en Cuba. Pero en aras de la verdad también debe decirse que otros sectores “de izquierda” nunca han usado la violencia para promover sus puntos de vista.

Tan estériles han sido los errores cometidos con estas violencias –antes y después de la Constitución de 1991–, que suelo repetir la conclusión del padre Francisco de Roux como la mejor conclusión de este dolorosísimo drama que aún no termina: una violencia que “no mejoró nada y lo empeoró todo”. Y que el Estado –dicen los hechos–, nunca pudo terminar.

Bienvenido entonces el acuerdo que terminó con la violencia liberal-conservadora. Y los pactos con el M-19, con otros sectores y con las Farc, porque sus renuncias a la lucha armada redujeron la violencia y condenaron como equivocada la táctica de la combinación de todas las formas de lucha política –legales e ilegales–, como manera darles solución a las lamentables condiciones de vida del pueblo colombiano.

Y bienvenida la “paz total”, proceso más complejo que los anteriores por aquello de lo “total”, que implica acabar con tres violencias: la del ELN, la de los exmilitantes de las Farc que siguen en el monte porque no aceptaron los acuerdos o los incumplieron y la de los delincuentes comunes, exclusiva o principalmente narcotraficantes.

Con mirada optimista, aunque creo que no será fácil, veo factible un acuerdo de paz con el ELN, semejante al de las Farc. Aunque tiene mayores complejidades –por algunos ya señaladas–, también pueden salirse de la violencia los ex Farc que aun empuñan las armas. Pues, aunque suene a simple, esas paces son irreversibles si el Estado y cada grupo ilegal se deciden, pactan y cumplen los acuerdos.

La paz que veo imposible es la del narcotráfico. Pero no porque no pueda llegarse a acuerdos con quienes controlan ese negocio, así sean más complejos. Sino porque, aunque todos ellos se acuerden con el gobierno –posibilidad que insisto en observar viable–, no hay manera de impedir que otros narcotraficantes reemplacen a los actuales, empujados por un negocio descomunal, del orden de diez mil millones de dólares al año en Colombia, capaz de corromperlo casi todo, en negocios privados, la política y el Estado.

Este lío nos lleva entonces a debatir sobre cómo acabar con el súpernegocio del narcotráfico, solución que exige alguna forma de legalización del consumo, el comercio y la producción, verdad que nadie puede entender mejor que Estados Unidos. Porque, en 1920, ese país prohibió la fabricación, transporte y venta de las bebidas alcohólicas, medida absurda que disparó el contrabando de los licores, la corrupción y la violencia –con las inmensas ganancias propias del delito–, horrores que inmortalizaron los Al Capone de las películas y que terminaron en 1933, una vez los gobernantes, retornando a la sensatez, derogaron la prohibición.

La gran traba reside en que la única solución posible no le interesa al gobierno de Estados Unidos, país que gana de varias maneras con lo que ocurre: el negocio es inmenso porque es ilegal y allá se queda lo principal de las ganancias, sus políticos engatusan electores con el eterno debate del sí y el no y la prohibición y el crimen le justifican intervenir en otros países.

Más irresponsabilidad en petróleo y gas

Irene Vélez. ministra de Minas y Energía. (Imagen: archivo particular-VBM).

Diciembre 3, 2022

Como senador me tocaron incontables debates de control político y padecer errores, falacias y vivezas. Pero, en su debate de moción de censura, la ministra de Minas batió todas las marcas.

Porque fue capaz de hablar 60 largos minutos, proyectar 18 cuadros y publicar un boletín de prensa de 11 páginas y no explicó por qué “no habrá nuevos contratos para buscar hidrocarburos”. Disparate que tampoco ha sustentado Petro, aunque como candidato lo planteó desde agosto de 2021.

Copiando a su jefe, la ministra tampoco mencionó que Colombia no es causante del calentamiento global sino víctima, dado su pequeñísimo aporte a los gases de efecto invernadero a escala global –0,6 por ciento–, y con menos del 0,2 por quema de carbón y derivados del petróleo. Y ocultó que poquísimos países causan el 80 por ciento del problema y no cumplen con sus promesas de reducir sus emisiones.

Irene Vélez echó el cuento de que entre 6 y 8 años nadie va a necesitar petróleo y gas en el mundo y que será eléctrico todo el parque automotor, falacias que no dijo de dónde sacó y que en Colombia contradicen conocedores como José Clopatofky. ¿Reemplazar tan rápido, por vehículos mucho más caros y sin contar las motos, 1.440 millones, incluidos los 6,7 millones de aquí? No le temen al ridículo.

Pero lo peor de todo fue que la ministra no explicó –como tampoco lo ha hecho Petro– por qué consideran dañino buscar y producir más hidrocarburos en Colombia, cuando se sabe que el CO2 que generan esas operaciones es despreciable por lo pequeño y que su consumo no desaparecerá, sea que se dé en Colombia o en otros países y con gas y petróleo producidos en una u otra parte. Y no lo explican porque saben que no tienen cómo hacerlo y Petro se ha arrogado el derecho de no demostrar lo que propone. ¡En su soberbia, aunque nos haga daño, a los colombianos nos tiene que bastar con su palabra!

Tampoco explican por qué no permitirles a las petroleras privadas correr con el riesgo de buscar y producir más hidrocarburos, riesgo que en nada perjudica a Colombia y que sí le puede proporcionar nuevos y grandes ingresos. Y le digo con consideración a la ministra: no repita usted que este gobierno los reemplazará en el corto plazo con otros productos, porque queda muy mal.

La ministra usó retórica poco creíble para ofrecer que sin nuevos contratos aumentará la producción nacional de gas, pero en un gráfico que se le coló en su presentación y al cual no se refirió, aparece que pronto todo el consumo nacional terminará importándose por Buenaventura y Cartagena (1).

Este horror lo sella un contrato entre Ecopetrol y una trasnacional española, del 4 de noviembre pasado, para promover la venta de “oil & gas” venezolanos a Colombia (ver enlace), gas que nos costaría a 26 dólares el MBTU, cuando producido aquí nos cuesta 4,8.

Debe saberse además que si la producción nacional de hidrocarburos se hunde, ello ocurrirá cuando Petro ya haya salido del cargo, con lo que las desgracias económicas y sociales que vendrán las asumirán sus sucesores. Es tanta la irresponsabilidad, que Colombia es el único país productor de hidrocarburos –¡el único!– en el que el Presidente, abusando de su poder, actúa así. Cuánto valoro mi voto en blanco.

Muy mal quedaron los petristas que en la Cámara defendieron este sartal de incoherencias, en vez de hacerle caso al senador del petrismo que dice que “sin exploración no hay paraíso”.

En defensa de la carrera Séptima y de Bogotá

Claudia López, Alcaldesa de Bogotá. (Imagen: archivo particular-VBM).

Diciembre 10, 2022

A continuación, con ligeros cambios, la carta que con el concejal Manuel Sarmiento le enviamos a Claudia López, alcaldesa de Bogotá, invitándola a modificar de fondo la propuesta para el Transmilenio por la Carrera Séptima y a suspender la licitación de las obras, que debe abrirse en los próximos días.

Es muy equivocado que las zonas peatonales complementarias del Transmilenio por la Carrera Séptima le impidan el flujo directo e ininterrumpido por esa vía al 86 por ciento de los automotores de la ciudad –en el sentido norte-sur y entre las calles 94 y 32–, es decir, a taxis, carros particulares, ambulancias, camiones de carga ligera, buses de colegios y motos (el llamado tránsito mixto).

Porque les hacen un gran mal a quienes usan la Séptima y a los que se mueven por otras vías de la ciudad –Circunvalar y carreras 11 y 13–, por donde tendrían que transitar los vehículos expulsados de ese corredor vial. Y muy dañino sería también para San Diego y el Centro de Bogotá, al empeorarles su comunicación con el Norte.

Estas son las obras que antes que valorizar los predios y los sectores, los desvalorizan, en razón de que les hacen todavía más difícil llegar y salir de ellos.

Eliminar este importantísimo flujo vehicular –con su altísimo costo también en tiempos perdidos e incomodidades– no puede justificarse con que habrá más áreas libres. Porque está bien mejorar la movilidad peatonal, pero si no se destruye el mejor sistema de tránsito vehicular posible en el sector.

El problema de fondo, señora alcaldesa, es que en el área relativamente escasa de la Carrera Séptima quieren imponer el Transmilenio y un espacio peatonal exagerado, proyectos que solo caben si se sacrifica el adecuado flujo vehicular de la zona y la ciudad. Es prueba reina de lo equivocado de la propuesta el hecho de que reducirá en un gran porcentaje el número de pasajeros que hoy se transportan por esa vía.

Lo anterior, además, cuando los bogotanos consideran que, después del desempleo, la pobreza, el hambre y la corrupción, el problema que más los molesta es transportarse de un sitio a otro de Bogotá.

Ante estos hechos –y la molestia que crece entre la ciudanía–, amablemente, le solicitamos aplazar la apertura de la licitación de este proyecto –convocada para los próximos días–, de forma que, cualquiera que sea la decisión que al final tome, tenga el respaldo de un análisis democrático que asegure el acierto técnico de unas decisiones que además nos costarán a los bogotanos la enorme suma de 2,5 billones de pesos y más.

Sería una catástrofe que, luego de inauguradas las obras, toda Bogotá se pusiera de acuerdo en que fue un error garrafal –que habría que echar atrás– destruir la Carrera Séptima como el irremplazable flujo vehicular que hoy es.

Hasta aquí la carta a la alcaldesa.

Las anteriores opiniones se apoyan en general en las de los arquitectos urbanistas de alto nivel Mario Noriega y Jaime Ortiz, quienes además opinan con actitud de servidores públicos y con más detalles demuestran el gran daño a la movilidad vehicular de la zona y la ciudad y el enorme desenfoque conceptual que está en la base de este proyecto.

Como ellos, también actúo genuinamente preocupado por la suerte de la ciudad y de los bogotanos, convicción reforzada porque soy un arquitecto que durante 26 años fue profesor de diseño en la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales.

25 billones de razones contra un despilfarro

Fuerza Aérea Colombiana. (Imagen: archivo particular-VBM).

Aunque en Colombia no fue noticia, el portal Infodefensa, especializado en asuntos militares, informó: “Biden le recuerda a Petro la oferta de cazas F-16 para la Fuerza Aérea Colombiana. Durante la llamada telefónica que mantuvieron ambos mandatarios –el 21 de junio pasado–, Biden insistió en que la propuesta estadounidense sigue sobre la mesa” (Ver enlace).

El Biden vendedor de aviones de guerra no debe sorprender. En un libro de su autoría, el conocido banquero estadounidense George Soros contó que entre las principales labores de los presidentes de las potencias estaba ayudarles en sus exportaciones a las transnacionales de sus países.

En su reciente visita a Whashington, el ministro de Defensa de Colombia, Iván Velásquez, reconoció que conversaron sobre esos aviones, pésimo negocio que también intentó Iván Duque –y en plena reforma tributaria de Carrasquilla–, pero que tuvo que engavetar ante el airado reclamo ciudadano, una vez se supo que iba comprar veinticuatro F-16, aviones que a precios de hoy cuestan 5.352 millones de dólares, es decir, 25,5 billones de pesos, más que un año de los nuevos impuestos que promovió Petro.

Esto ocurre a pesar de que el candidato presidencial Gustavo Petro, en trino del 29 de marzo de 2021, así rechazó que Iván Duque comprara esos aviones: “Una Colombia que se gasta 14 billones de pesos en aviones de combate y otra Colombia que decide no hacerlo e invertir ese dinero en sedes universitarias y colegios. ¿Cuál cree que sería la mejor Colombia? Nosotros invertiremos esos recursos en la educación de la gente”, reclamo que le generó el entusiasta respaldo de 3.172 retweets y 11.100 likes, promesa que con cinismo hoy está incumpliendo.

Al ser difícil comprender el tamaño de la montaña de plata que busca malbaratar, sirve comparar la cifra: con ella se pagarían los 13,8 billones de pesos de deudas de las EPS a los hospitales públicos y las clínicas privadas a favor de la salud de los colombianos. O los 20 billones de la deuda histórica del Estado con las universidades públicas. O se multiplicarían por 80 los 320 mil millones anuales del programa de nutrición del ICBF.

Y no hay que comerse el cuento de que esos aviones los necesita Colombia para su seguridad nacional. Porque los poderosísimos F-16 no sirven para perseguir narcotraficantes ni para actuar en conflictos armados internos, pues son armas para guerras internacionales, entre países, riesgo del que por fortuna carecemos. ¿O el presidente Petro informará de qué país proviene la amenaza que justificaría gastarse esta suma enorme, que tanta falta les hace a los millones de colombianos empobrecidos y al aparato productivo nacional?

Para lo que sí podrían servir los F-16 de Colombia –verdad que no puede demostrarse porque ese tipo de acuerdos son secretos– sería para ponerlos bajo las órdenes de la OTAN o del Comando Sur de los Estados Unidos, poderes a los que fue tan sumiso Iván Duque y se esfuerza por serlo Gustavo Petro, ahora tan dedicado a incumplir las promesas de “cambio” con las que engañó para ganar en junio.

¿Habría ganado la Presidencia si sus electores hubieran sabido que, además de botar tanta plata en los carísimos e innecesarios F-16, tendría tantos arrumacos con los que mandan en Whashington, mantendría a Colombia atada a la OTAN, “salvaría” a la Amazonia con helicópteros de guerra entregados por el Comando Sur, dañaría a Gorgona con una base militar para proteger un radar estadounidense y ratificaría los TLC?

Acerca Jorge Enrique Robledo