Carta al Almirante Colón.

La respuesta del genovés.

 

Por: Oscar Dominguez G

Apreciado Don Cristóbal:

Reciba un cordial saludo con 505  años de retroactividad. Que usted y los suyos (me refiero a la gente de las carabelas) se encuentren bien de salud, muy  a la diestra de Dios Padre, a cuyo lado estarán sin haber tenido que pagar el largo peaje del purgatorio. Entiendo que el purgatorio son los demás, en su caso los marineros que casi lo sirven a usted en paella a los tiburones de la Mar Océana en protesta porque nada que aparecían las tales Indias 70 días después de haber zarpado dePalos de Moguer.

Perdone que no le hubiera agradecido antes el detalle de fina coquetería genovesa de  descubrirnos. Ignoro qué estaríamos haciendo a estas alturas, tan lejos de usted y tan cerca del USA presidente Bush quien después de sacar los perros a hacer pipí en los Jardines de la Casa Blanca suele cometer algún despropósito. (Remember Irak).

Supongo que ya le contaron que usted, don Cristóbal,  tacó burro y no descubrió las Indias. Pero le fue mejor porque descubrió unas indias espléndidas que desde entonces llevaban encima el teléfono estético 90-60-90 sin el  2 adelante.

La vida no fue del todo fácil para usted: sólo pudo dar la noticia de su hazaña a su regreso a Europa, seis meses después, en abril de 1493. Y la dio mal porque, como decía, creyó que había llegado a las Indias.

Nadie sabe para quién trabaja: se necesitaron diez años, según el fallecido maestro Germán Arciniegas, para que el florentino Américo Vespucio «desfaciera» el entuerto geográfico y aclarara que usted había descubierto un nuevo mundo. Menos mal todo quedó en casa italiana.

Me va decir lagarto (en la acepción de lambón que no admite la Academia), pero le confieso que sufrí cual nazareno cuando me enteré de que los chapetones de a bordo le habían armado despelote en alta mar. No hay derecho que intentaran pagarle con un duchazo de agua salada, a quien  le   había mejorado el currículo sacándolos de las cárceles.

Imagino la alegría  que le dio cuando Rodrigo de Triana, horqueteado en el mástil de La Pinta gritó: «!Tierra!». Me han dicho que agregó enseguida «joder» pero los historiadores remilgados no se ocupan de expresiones como éstas que son la historia detrás de la historia. Si detrás de todo hombre hay una gran mujer (la reina Isabel en su caso), detrás de todo gran suceso hay algún madrazo.

No le quito más tiempo a su eternidad, od

Respuesta del Almirante.

Hola, indio:

Ni sueñe que me voy a detener a responder cada una de sus carajadas. Pero sí le digo que al paso que vamos creo que yo  ni siquiera existí. No nací en mi adorada Génova según el hollywoodesco informe que produjo en su momento un canal serio comoDiscovery. Eso sí que me dejó bien Colón.

Están buscando con lupa mi ADN, algo que en mi tiempo no existía. Por la parabólica celestial vi un  mundo de gente, incluidos algunos «científicos», hurgando entre un resto de huesos que deben ser los de algún enemigo mío. Se han tenido que contentar con el supuesto ADN de mi hijo y biógrafo, el mismo que me levantó más de un falso testimonio. Mi hijo sólo me veía virtudes. Si yo mismo no sé quien era, menos lo iba a saber  mi hijo. Que siga el misterio.

Le doy un dato: si no hubiera sido por uno de los confesores de Isabel, el prior Juan Pérez, no habría podido llegar hasta ella. No es por armar un chisme más, pero imaginen los pecadillos que le conocía su confesor que Isabel dijo sí sin pensarlo dos veces. Empeñó hasta la cédula… real. Claro que como no leí la letra menuda de las capitulaciones, finalmente, I sabel me barajó el 10 por ciento de lo que produjera la empresa. Siempre lean la letra menuda, es la conclusión que leo en el libro Las 48 leyes del poder, de Robert Greene, cuando habla de mí.

Greene  tiene razón  y le sobra: mi éxito, diría con el gringo,  radicó en saberme vender, en hablar claro y confiado en lo que proponía, en cobrar duro por mi trabajo, en tratar a los reyes como si fueran iguales, así hubiera vendido deliciosos quesos en mi niñez, otra de las «acusaciones» que se me hacen. Como si fuera pecado ser pobre.

Que era de humilde cuna, que no, que era de rancio colchón, es otro de los puntos«fuertes» del documental de marras. Me perdonan, pero  no le voy a dedicar un segundo de mi eternidad a esa especie.

Miren más bien los resultados. El mundo estaba a medio hacer. Con mi descubrimiento juntamos las dos manzanas, como diría el maestro Germán Arciniegas, a quien veo de pronto por aquí. No ha habido química entre los dos. Me ve y cambia de nube.

Algo sobre Triana: el hombre  gritó tan duro lo de «!Tierra»¡ que hasta los pájaros de a bordo (Colones con plumas)  se asustaron. Muchos tuvieron que ir luego donde el otólogo de la tribu. Por cierto, los pájaros que fueron mi mano izquierda en la empresa del descubrimiento, no han recibido homenaje alguno de agradecimiento ni en las erratas de la historia. Sin pájaros no habría habido descubrimiento, así de simple.

Aprovecho para hacerle un homenaje tardío al viento que también me dio una mano hasta rara. Si no fuera por los confesores de la reina y por  el viento, amén de los pájaros, los americanos todavía estarían de taparrabos. 

En uno de los mejores libros que se han escrito sobre mí, «Colón», del sueco Björn Landström – que encuentran  entre  el 1.200.000 ejemplares de la Luis Ángel Arango– se dice que sólo este pecho genovés «comprendió que los vientos del nordeste debían soplar hasta las Indias, y que los del oeste debían soplar de las Indias a Portugal…». Y más adelante, con algo de ironía, agrega Björn: «Pero nadie, excepto Colón, halló ese viento, porque Dios lo quiso así. Porque Colón fue el hombre elegido».

De nuevo tiene razón el paisano de los vikingos, quienes nos enseñaron el camino de las Indias. Tan elegido fui que me abro del parche y regreso a la diestra de Dios Padre.

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