Artículos de Rodolfo Rodríguez

Muerte de Cano

Guillermo Cano Isaza

Por Rodolfo Rodriguez Calderón

Virginia Beach, VA, Estados Unidos

Guillermo Cano (1)

La reconstrucción del crimen después de la “Gran Marcha del Silencio”. El periodista que murió por la verdad y la unidad del país.

Cuantas veces Colombia ha marchado por la paz, pero igualmente, a los pocos días vuelve a la guerra y con los mismos problemas, olvidándose de la verdad y de la unidad.

Hemos visto tantas veces como regresan a la lucha fratricida de colores políticos, de racismo, de clasismo, de enfrentamiento social y de regionalismo. Los golpes no les han enseñado a dar macha atrás al enojo, al revanchismo y al odio.

Pensando en el doloroso crimen del siempre recordado Guillermo Cano Isaza, quien dio su vida por la verdad y la unidad nacional hace más de 33 años, vemos con tristeza que Colombia olvidó el sacrificio de Guillermo Cano y ha vuelto a incurrir en los mismos errores. El país está enojado, dominado por el espíritu de venganza, sus políticos que no piensan en sus departamentos sino en sus aspiraciones personales, muchos de ellos dominados por la inmoralidad y la corrupción de sus actos y la lucha entre políticos de otros movimientos; allí centran su trabajo.

La verdad y la unidad, por la que don Guillermo Cano dio su vida se olvidó; sus editoriales y notas de la “Libreta de Apuntes” ya no suenan en el corazón del pueblo como exhortaciones para vivir en un país mejor.

La marcha del silencio  

 “La marcha del silencio” que se gestó después del asesinato del ilustre periodista Guillermo Cano, se recuerda con esporádicas notas que vemos en la televisión o la radio pero cuando apagan la televisión o la radio se olvida totalmente, ni comentarios se hacen al respecto.

Entre el 18 y 19 de diciembre de 1986 hubo 24 horas de silencio absoluto, algo nunca visto en el país. En aquel momento todos pensamos que Colombia se iba a levantar contra el narcotráfico, la impunidad y la corrupción.

En aquel día reinó el silencio en Colombia; no circulo ningún medio de prensa, ni radio, ni televisión, ni los teatros abrieron sus puertas para proyectar sus películas; no hubo noticias, ni música, ni imágenes, ni páginas con olor a tinta; el país enmudeció, quedó sin palabras. Era la primera vez que ocurría en la historia de Colombia. Más de 400 emisoras del momento apagaron sus transmisores. El silencio fue total. La radiodifusora nacional, que por ley no puede suspender la programación y dos estaciones de Manizales que en ese momento activaban la alarma del volcán del Ruiz, emitieron solamente música fúnebre.

Al despertar de la conciencia de los periodistas colombianos con la “Marcha del Silencio”, se sumaron todos los políticos que en ese momento olvidaron sus personalismos y rencillas con otros legisladores, no hubo colores políticos, tampoco intereses económicos y mucho menos diferencias entre las casas periodísticas.

El 19 de diciembre de 1986 Colombia gritó herida por no haber actuado a tiempo. La marcha se convirtió en un bloque unido contra la corrupción y el narcotráfico. Era muy hermoso ver la caravana de vehículos y personas, que a lado y lado de las calles principales y de la autopista del Norte, por donde llevaron el féretro, sacaban pañuelos blancos sin pronunciar ni una palabra.

Ese acto fue una lección para Colombia con la cual aprendió que la criminalidad se combate desde la unión de pueblo y que con esa marcha se reafirmaba que la dignidad no se vende; así mismo entendió que el miedo no es excusa para dejar que los problemas nos sobrepasen.

“Fake News”

Mirando la última edición del programa “Expediente Final” de Caracol presentado por la “única Diva de la televisión” vimos un excelente programa dedicado a recordar el sacrificio de Guillermo Cano aquel 17 de diciembre de 1986, a las siete de la noche. Todo iba muy bien hasta que escuché que decían que don Guillermo había muerto en la clínica de la Policía.

En este mismo medio digital “Verbien Magazín”, para el 20 aniversario del asesinato de Guillermo Cano, por petición de Gilberto Castillo, decidí romper mi silencio y acepté escribir sobre mi dolorosa experiencia por el asesinato de don Guillermo Cano, cuando salía de El Espectador, donde trabajé por muchos años. Nunca antes había hablado sobre esta terrible y dolorosa experiencia que me marcó para toda la vida.

Vi con sorpresa, en el programa “Expediente Final” de Caracol a Danilo Pizarro, jefe de archivo de El Espectador, afirmando que el había visto estrellarse el vehículo de don Guillermo luego de escuchar los disparos, además, afirma que fue él quien llevó a Don Guillermo Cano a la Clínica de la Policía y que vio los sicarios con las metralletas; declaró que transportó a don Guillermo en el auto de Alfonso Convers, “jefe de publicidad de El Tiempo”, según lo que dijo. Me preguntaba antes de cuestionarlo: ¿por qué no corrió a socorrer inmediatamente a don Guillermo? ¿Por qué no llamó a todos los de El Espectador para llevarlo a una clínica u hospital? Y ¿qué hacia el jefe de publicidad del tiempo a esa  hora en las instalaciones de El Espectador?

Primero que todo, el estacionamiento del frente del periódico no estaba abierto de noche, si no estaba el vehículo del director (Guillermo Cano) o de Luis Gabriel (gerente). Una vez ellos salían el vigilante cerraba la puerta principal y la del estacionamiento. Esa noche estaban solamente los vehículos de don Guillermo, de Alfonso Convers, jefe de circulación de El Espectador y no jefe de publicidad de El Tiempo, como dijo el mencionado Pizarro, y también mi automóvil.

Cuando salía don Guillermo debíamos salir rápidamente los demás o nuestros carros se quedaban “secuestrados” hasta el día siguiente. La noche estaba nublada y solitaria; solo había una señora en el paradero de bus donde había un poste contra el cual se posó suavemente el Subaru, después que le dispararon a don Guillermo Cano. No fue asesinado por ráfagas de metralleta sino con pistolas de 9 milímetros, clarificamos.

Es cierto que lo llevamos a la clínica de la Policía pero no estaba funcionando, tuvimos que irnos para Cajanal donde murió cinco minutos después.

Como es posible que los antecedentes de la muerte de don Guillermo Cano se hayan olvidado; no solo nos referimos al país por el cual dio su vida para defender la verdad y la unidad del pueblo, sino a las personas que trabajaban en el Espectador y que han inventado que socorrieron a don Guillermo, cuando en el periódico no se supo de la muerte de su director sino hasta que yo llamé desde la emergencia de la clínica.

Cuando llevé a don Guillermo fue efectivamente en la parte trasera del Renault 4 de Alfonso Convers, quien salía después de mi y solo él y yo teníamos control de toda la información del estado de salud de don Guillermo Cano.

Por seguridad no hubo en Cajanal ningún familiar y cuando se le iba a trasladar a la oficina de Medicina Legal, Ana María Busquets de Cano pidió que le hicieran la necropsia en Cajanal, que no lo movieran de ese centro asistencial; entonces se llamó al Ministro de la Defensa Rafael Samudio Molina, quien autorizó el proceso. Allí llegó el médico Juan Mendoza Vega a quien acompañé durante la necropsia, ya que ningún familiar pudo estar presente.

Nunca hablé con nadie de este hecho, solo a un noticiero de televisión una semana después. Al cabo de un mes fui citado por una jueza que llevaba la investigación y relaté exactamente lo que vi, nunca hablé de los sicarios que tiempo después fueron detenidos. No vi sus rostros, solo las armas. Un día cualquiera recibí amenazas pero no sabía por qué ya que nunca vi a los autores del crimen. En 1991 me asilé en Estados Unidos y me encontré en Washington con la jueza del caso quien había salido del país y era en ese momento la cónsul de Colombia en la capital del Estados Unidos.

Cómo podemos alcanzar la paz si no aprendemos de nuestros errores del pasado; si distorsionamos la verdad y la acomodamos a nuestros intereses. Cómo podemos alcanzar la paz si no nos arrepentimos de las atrocidades que hemos cometido, si no pedimos perdón ni somos perdonados, si no prometemos no volver a hacer las mismas cosas que le han hecho daño a nuestros semejantes. Para hacer borrón y cuenta nueva tenemos que arrepentirnos, pedir perdón y prometer no volver atrás. Solo así conseguiremos la paz y la unidad en Colombia.

La paz no se consigue llevando una imagen de una paloma blanca en la solapa de nuestro saco; la paz es desarmar los espíritus que nos impiden dejar el revanchismo, el enojo, la venganza, el dolor, para poder mirar a nuestros semejantes con alegría, con sinceridad y con ganas de trabajar juntos para hacer grande a Colombia.

Todavía hay tiempo para recoger la bandera que dejó Guillermo Cano Isaza, para rescatar la unidad del pueblo y defender la verdad. Colombia tiene que examinar las experiencias vividas para luchar por un desarrollo armónico y equilibrado de todas las instituciones que están heridas de muerte.

 

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