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El primer mandato para que los ricos estén tranquilos – como se lo merecen - es vivir de la manera más sencilla que les sea posible.
Las clases privilegiadas deben entenderlo así, sin olvidar igualmente sus responsabilidades y evitar que la abundancia, riqueza y opulencia los lleven a entender que sus privilegios y poderes son los mismos y a duras penas pueden alcanzar por necesidad y no pocas veces por hambre, sin
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alcanzar sus objetivos, debido a la indiferencia de la sociedad en la que vivimos.
La pobreza no es una bendición; es probablemente una maldición o –para decirlo más suavemente – una gran aflicción. Que tiende a chocar o aplastar los delicados elementos del carácter y de la cultura, como la del hambre en un intento de ahogarnos del todo.
El pobre se enfurece ante la escasez del pan y de la mantequilla mientras que el rico ni se da cuenta ni disfruta los manjares que tiene a su disposición.
Es necesario que todos debemos tener derecho a un estándar de vida decente en lugar de que haya sectores que carecen de empleo o trabajo o si lo encuentran deben hacerlo durante diez o más horas sin poder contar con espacio para el descanso, la recreación y la oportunidad de mejorar sus posibilidades mediante el estudio y el mejoramiento de sus condiciones de salud.
Los favorecidos por la riqueza, muchas veces ven frustradas sus vidas porque se sienten infelices al no poder disfrutar de los lujos y extravagancias que ofrece la riqueza. Y los pobres envidian esa vida que creen que es felicidad de otros. ¡Cuánto dinero gastan los ricos y sus esposas en la fatua exhibición de diamantes, collares y lujos inútiles para lucirlos en los palcos de los grandes teatros o en las reuniones más sencillas a objeto de deslumbrar a los pobres!
La verdadera felicidad está en el trabajo que busca la igualdad posible entre unos y otros, la comprensión y la mutua ayuda de ricos y pobres para elevar el nivel de vida de todos y de esta manera encontrar el mejor entendimiento.
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