La pobreza y el crimen, hermanas gemelas, rondan por todo el territorio nacional, frente a la indiferencia y la irresponsabilidad de quienes dicen gobernarlo. Se habla y se escribe sobre la reforma de la sociedad; se proyectan cruzadas en torno a las necesidades elementales de los colombianos pero todo sigue igual. Mejor dicho está peor.
Los reformadores, prohibicionistas, autores de leyes y decretos, abundan en temas de moralidad, ética, conducta y mil cosas más que duermen en archivos y que nunca cumplen su misión.
Las leyes hierven y por lo mismo nos hacen creer que son saludables. Hay que tener mucha fe para creerlo. Ahora mismo se denuncian a gritos, con lágrimas de viudas, las basuras que tiran por todas partes los hospitales, las clínicas y los laboratorios. A la pobreza y al crimen se suman estos funestos desperdicios que atentan contra la salud y que, paradójicamente, los producen y los lanzan a las tierras del cielo abierto, los mismos que pregonan la protección de la salud.
Bogotá, especialmente en los barrios populares, se encuentra invadida de roedores, mejor y más claramente, de ratas que expanden las infecciones, las enfermedades y los malestares físicos y mentales de la población. Recuerdo que, cuando estudiaba en Filadelfia hace ya largos años atrás, se hizo una campaña bajo el título de “The Rat day” (el día de la rata).
Disciplinadamente, a la misma hora y en las cuevas donde se escondían esos repugnantes bichos y sabandijas, los ciudadanos pusieron en los sitios estratégicos, recomendados por las autoridades de la salud, los venenos correspondientes. De esa manera se logró un saneamiento simultáneo y total de la ciudad. La ley, muy bien acompañada de la voluntad de los habitantes, salió airosa en aquella inolvidable campaña.
En Colombia, se hace al revés. Fulano pone el veneno un día; zutano otro día y mengano una semana después. Total: tiempo y dinero perdidos. No hay dirección de campaña alguna que pueda defender a la sociedad.
Tiene razón el editorial de “El Tiempo” cuando dice que “el descuido en el país con los desechos hospitalarios es alarmante y debe llevar remedios –y sanciones- urgentes”. (*) No cabe la menor duda de que la sociedad colombiana carece de educación; habría que crear un carácter cívico para establecer un nuevo enfoque de este y muchos otros problemas similares que permitan mejorar la calidad de vida. Los pueblos, aldeas y aun ciudades que carecen de agua potable, entre otras cosas, son demasiado numerosos.
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