EN LA MITAD DEL AÑO, CUANDO comienza a acabarse 2009, abundan las estadísticas comparativas con años anteriores, lo cual sirve de grito de advertencia para enmendar errores o malos pasos.
En primer lugar está el crecimiento de muertes trágicas ante el fracaso de los intentos por acabar con la guerra fratricida que ha diezmado a la juventud. Tan preocupante es el alto nivel de muertos o lisiados por las minas quiebrapatas, como los suicidios de soldados y policías, las emboscadas, los secuestros o la legión de menores obligados a disparar y a morir en los actos de subversión y terrorismo.
El segundo gran campo de muertes trágicas está en los accidentes de tránsito y en la violencia familiar o de pandillas urbanas. En graves accidentes de los últimos días la causa ha sido el exceso de velocidad y la famosa combinación de alcohol y gasolina. Por más millones que se inviertan en nuevas carreteras, puentes o pasos peatonales, seguirán aumentando los muertos por no haber aprendido a respetar o hacer respetar los semáforos o las cebras para cruzar las calles peligrosas.
Hay falta de educación primaria para no exponer la vida inútilmente. Adultos y niños, impacientes por llegar pronto a su destino, desafían los peligros en todas las calles. De poco ha servido apelar a payasos o malabaristas para tratar de enseñar al público a evitar esos peligros. Lo mismo pasa en las congestionadas estaciones de Transmilenio, favoritas para los robos por raponeros que pocas veces son descubiertos o castigados.
Los cambios de vida familiar y las fallas de la justicia han llevado a confiar en la impunidad y preferir los castigos por la propia mano. El peor fenómeno reciente en las ciudades colombianas es el alto número de pandilleros y sicarios menores de edad. Al descuido de las familias se agrega la disminución de la enseñanza ética, la tolerancia y la solución por las buenas y no por las malas de los problemas en toda la vida en comunidad.
Habrá que esperar mejores días para que prosperen los proyectos de paz y tolerancia, de arte o de civismo, que ocasionalmente se proponen y que se ahogan ante tantas urgencias.
Coletilla. Un proyecto de ley que prohíba y castigue la impaciencia ante el peligro.