"El fútbol es un deporte que juegan 11 contra 11 y siempre ganan los alemanes"
Gary Lineker, futbolista inglés.


 

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La ausencia del duque del cine

 

Por RODOLFO RODRIGUEZ CALDERON, corresponsal en los Estados Unidos.


Alberto Duque

Alberto Duque siempre buscó dos cosas con desesperación: a su madre, que perdió cuando tenía 4 años de edad, y la ternura, esa que buscaba en las tinieblas de su soledad. La soledad era una señora fría que lo acosaba pese a la mujer que amó y a los hijos por quienes daba la vida.

La búsqueda de la ternura la puso por encima de todas las cosas. Cuando escribía, colocaba con delicadeza en cada una de las cuartillas margaritas, palomas y algo de poesía.

Era el hijo único de sus padres y fue criado por su madrasta que lo amó y lo mimó hasta que dejó la casa de su papá para formar su hogar con Alix y tuvieron al primer hijo: Alberto Miguel, ese niño que le dio un vuelco a su vida. Ya en ese momento había dejado el pelo largo y suelto, los pantalones de colores claros y anchos, porque ya no era más del grupo nadaísta de Gonzalo Arango.

Soy el padrino de su hijo y fuimos compadres hasta la muerte. Lo conocí en el Diario del Caribe de Barranquilla, cuando el industrial Julio Mario Santo Domingo adquirió ese periódico y Álvaro Cepeda Samudio, quien era el presidente de Colinsa, grupo económico de Santo Domingo, fungía como director. El subdirector era Julio Roca Baena. Alberto ya era cronista y disfrutaba de sus éxitos. A los pocos años se fue al El Heraldo, ya que además tenía el puesto de Jefe de información de la Agencia de Prensa Americana en Barranquilla.

COMPAÑEROS DE PERIODICO

Ya en El Heraldo y con su hijo pequeño que llevaba a todas partes –‘Totofen’ como lo llamaba yo–, dejó el nadaísmo y comenzó a escribir sus libros. Juan B. Fernandez Renowisky había conseguido que la Librería Nacional cediera sus libros para la promoción de los mismos. Era un momento en que la lectura era algo muy importante para la gente en Barranquilla y en el país.

Aunque siguió con la amistad de Álvaro Cepeda, no lo frecuentaba mucho ya que ‘el Gordo’ –como lo llamaban Alix y sus hijos– no bebía ni fumaba y sus diversiones eran leer, ver cine y mantenerse junto a su esposa e hijos.

Vinieron otros amigos comunes de Álvaro Cepeda (El cabellón): Gabriel García Márquez, Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor, quienes nos enriquecieron con su sabiduría. Nos hablaban del ‘sabio catalán’ Ramón Vinyes y de sus enseñanzas, mientras tomábamos ron blanco con limón y jugábamos domino. Alberto sólo oía y meditaba, algunas veces tomaba nota.

Pero un día ‘el tigre’ –nombre puesto por Alfonso Fuenmayor a Alberto Duque– nos habló del libro que había presentado al premio de novela Esso 1968. Varios meses después despertamos con la noticia de que había ganado el Premio Nacional Esso de Novela con Mateo el Flautista.

ENCUENTRO CON PASSOLINI

Estando aun en la oficina de Prensa Americana en el Centro Colombo-Americano, le regalaron un libro sobre Pier Paolo Passolini y su vida no fue la misma cuando terminó esa lectura. ‘Totofen’, ‘el Tigre’ o ‘el Gordo’ había encontrado un nuevo amor: el cine. Desde ese día tuvo una búsqueda absoluta de todo lo que tenía que ver con el cine. Se compró una enciclopedia de Cine de cinco tomos que le dieron con un 50 por ciento de descuento en la Librería Nacional de la carrera 20 de Julio con la calle San Juan, en Barranquilla. Allí comenzó Duque la pasión más grande de su vida: el cine, lo que alternaba con la lectura y la crítica literaria. Alberto escribió tantos artículos sobre crítica de cine y literatura que se podrían escribir varios libros sobre estos temas.

Passolini fue tan importante en Duque, que lo hizo poner en segundo lugar la literatura. La pasión del cine la llevó al periodismo convirtiéndose en “productor”y director; organizaba eventos a los políticos, a las empresas como la Cámara de Comercio de Barranquilla y a comerciantes e industriales amigos suyos.

Había un contraste entre la ternura que albergaba en las críticas de libros y de cine y la dureza y el enojo que identificaban sus novelas, ensayos y cuentos. Por ejemplo, el lenguaje soez en Mateo El Flautista y la violencia de Mi revólver es más largo que el tuyo, escrito sobre un famoso crímen que conmociono a Barranquilla, no era un lenguaje que usaba en público ni con los amigos. Había en ese joven autor todas las huellas de la llamada ‘Nueva ola’ del cine francés, y de la ‘Nueva novela’, también una escuela francesa. Se detectaban influencias de Robbe - Grillet, de Godard, de Cahiers de Cinema y de un Julio Cortázar que para esos años era un autor que descubríamos con furor.

Con Muriel, mi amor (1995), donde el protagonista es un detective gordo de buen corazón y con una situación amorosa muy complicada, Duque nos regaló una obra hermosa, sabrosa de leer y ojalá que pudieramos leerla sentado en la playa de Puerto Colombia, donde se inicia la trama. No es una novela policíaca, pues rebasa el género. Con esta novela se ganó un premio.

Volvimos a vernos en Bogotá en El Espectador, donde formamos parte de un grupo de cronistas consentidos de don Guillermo Cano Isaza. Duque escribiendo en el Magazin Dominical y haciendo críticas de cine, y yo dirigiendo la edición de la Costa, en donde me dedique a la crónica de la música autóctona, especialmente el folclor vallenato.

Cuando iba con Alberto Duque al Festival de Cine, pasábamos cinco o más horas seguidas viendo cine y nunca nos cansábamos. Él comentaba poco: lo dejaba todo para sus críticas de cine y solo oía mis comentarios de neófito.

Creo que puedo contarme entre los buenos amigos del inolvidable ‘Totofen’, ‘el Tigre’ o ‘el Gordo’, como quiera usted llamarlo, tenga la seguridad que si hubiera sido usted su amigo lo habría saludado con un gran estrechón de mano y con su explosiva y estridente carcajada. Trabajé con él en el Diario del Caribe (el de Álvaro Cepeda), en El Heraldo, como corresponsal de El Espectador en Barranquilla y en la sala de redacción de El Espectador en Bogotá. No puedo decir que tengo autoridad para hablar de Alberto sino mucho dolor al recordarlo sabiéndolo en una dimensión distinta y lejana.

Alberto Duque López, ¡presente!


 

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