"Ser hombre es entender el trabajo no como una necesidad sino como un privilegio".
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TV, ¿servicio o negocio?

Lincoln Palomeque y Manuela González
El dilema de la televisión comercial es cómo compaginar el negocio, que es su motor, con el servicio, que es su función legal y su responsabilidad. En el ejercicio de ese equilibrio está el secreto de la buena televisión. La disyuntiva mal resuelta entre negocio y servicio se traduce por lo general en maltrato al televidente.

Lo real y cotidiano es que el servicio sea el punto débil por donde se revienta la cuerda y que las decisiones en la industria de la televisión se tomen, ante todo, para satisfacer presiones del negocio.

Esa colisión de intereses, en la que por lo general prima el interés particular, justifica la intervención del Estado para regular ciertas prácticas de la industria, en defensa del televidente. Está probado que el mercado, como rector de los medios, degrada los contenidos y el servicio.

Y vamos al punto que más enerva a la audiencia, y con toda razón: el cambio de horario o la cancelación intempestiva de programas con continuidad. Pasó con El Clon, con El Zorro, Montecristo, Novia para Dos, Los Protegidos, Valentino el Argentino, etc.

No es una buena práctica que los canales desplieguen toda la seducción del marketing para enganchar al público en una historia que al poco tiempo dejan de transmitir, o la pasan a horarios en los que ese televidente no la puede seguir viendo.

En tiempos en que el servicio era importante, los canales estaban obligados a editar en no menos de 20 capítulos la historia central de una telenovela que se proponían sacar del aire. Y los cambios de horario debían tener equivalencia con el espacio inicial de un programa.

Pero la televisión comercial privada ya resolvió esa dualidad y el beneficiario final fue el negocio.





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