Los colombianos tienen razón, los ecuatorianos también
la tienen, en torno a las fumigaciones con glifosato que adelantan
en la frontera entre las dos naciones, nuestras fuerzas militares,
para erradicar los cultivos ilícitos.
Colombia debe cumplirle a los Estados Unidos destruyendo los
cultivos de coca y amapola en el Sur del País, por lo
menos a ello se comprometió. Hay que repetirlo: erradicar
manualmente es prácticamente imposible, porque los terrenos
están minados. Las Farc lo han hecho para impedir que
sean destruidos.
De otro lado, Ecuador está en su derecho, de impedir que
los efectos nocivos del glifosato, llegue a su territorio, a
sus habitantes, a su biodiversidad y sus aguas.
El acuerdo al que llegaron Uribe y Correa, el presidente electo
de Ecuador, es apenas un paso lento en este calvario que se le
viene encima a nuestro gobierno, porque el hecho de tener una
comisión encima observando todos nuestros movimientos,
viola nuestra soberanía y nuestra maltrecha independencia.
El frágil acuerdo, no cayó bien, ni en Colombia,
ni en Ecuador, a pesar de que como siempre sucede, a nosotros
nos hicieron tragar entero y trataron de hacernos aparecer como
los triunfadores en un conflicto que apenas está en las
primarias.
El asunto hay que negociarlo, para que no haya vencedores ni
vencidos. Se requiere llegar a un convenio que determine una
zona en la cual se puedan adelantar esas fumigaciones, sin perjuicio
para los ecuatorianos y ojala sin daños para lo nuestro.
Porque para nadie es un secreto que ese fungicida, como la generalidad
de ellos, ocasionan trastornos en la salud de humanos y animales
y de paso destruye los cultivos lícitos.
La anunciada comisión binacional, debería conformarla
Colombia, para evitar los males mayores que nos traen las aspersiones.
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