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Adrian Gilbert, del que no se tienen mayores datos biográficos, sólo que ha publicado algunos libros de lo que llamaríamos “especulación científica”, como “Las profecías mayas”, acaba de publicar otro libro de la misma orientación con el título de “ARMAGEGÓN 20l2, Las profecías mayas del fin del mundo”. El libro ha tenido un enorme éxito de ventas, y por eso creemos que vale la pena analizarlo.
Todo lo que sean profecías, ha tendido demanda en el gran mercado del mundo. Nostradamus, y decenas como él, siguen “de moda”, pronosticando desastres. Los oráculos eran muy famosos en la antigüedad; los reyes, emperadores, sultanes y demás, tenían sus adivinos y profetas de cabecera. |
En la actualidad, el noventa y ocho por ciento de los gobernantes del mundo tienen sus arúspices o adivinos y consejeros.
Los mayas, como pueblo, constituyen uno de los mayores enigmas de la humanidad. ¿Cómo construyeron en América ciudades monumentales como Teotihuacan, cuando París, por ejemplo, era poco más que una aldea? ¿De dónde llegaron, cómo aprendieron todo lo que sabían de arquitectura y astronomía, cómo y por qué desaparecieron? Son los mismos misterios de Egipto, de Nazca, de Stonehenge. Y de muchos lugares, que guardan un silencio de siglos, y a los que nadie ha logrado sacarles un asomo de respuesta.
El libro d Gilbert hace un recuento de todo lo que no se sabe de los mayas, y de lo muy poco que se cree saber acerca de ellos. Y concluye, tal como lo han hecho otros astrónomos, astrólogos, arqueólogos y en general gente de ciencia, que el mundo, tal como lo conocemos, se acabará el 2l de diciembre del año 2.0l2.
Para escribir su otra, visitó varias veces las ciudades perdidas en las selvas de Centroamérica, se sumó a los que creen haber descifrado los jeroglíficos, inspeccionó los templos, reconstruyó las poquísimas leyendas que se salvaron de las hogueras prendidas por la brutalidad y la ignorancia de los conquistadores.
Y logra interesarnos en ese mundo oculto, indescifrable. Pero el libro se va en especulaciones. No hay hechos demostrados, no hay cosas ciertas e incontrovertibles. Todo son suposiciones, ideas, opiniones recogidas de segunda o tercera mano, tendenciosas reconstrucciones históricas. El lector corriente, espera algo más, siquiera el comienzo de una afirmación. Pero no la encuentra. Se resume, se intuye, se busca, se suman los interrogantes, se acepta que no hay contestación adecuada para tantas preguntas. Así que el libro, y no sólo éste, sino casi todos los de tendencia parecida, son para el lector un engaño, disfrazado de ciencia. Esta obra de Gilbert no se escapa a la tendenciosa especulación, que al final de cuentas, no lleva a ningún sitio, ni permita afianzar ninguna idea.

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