"Tacto es la habilidad de tratar que el otro vea la luz, sin hacerle sentir el rayo"
Henry Kissinger


 

Guacas y guacamayas.

 

Soledad sola (VIII)

Lo que les relató don Camilo, más que una historia parecía un cuento. Lo escucharon todos, hasta Timoteo, que había dejado un reemplazo en las labores de la siega. Los chicos, asustados, creyeron notar la presencia de Chintos en una de las ventanas; pero no y habrían podido jurarlo.

Y lo que dijo don Camilo fue, más o menos: Cuando Martín cumplió cincuenta y seis años, los parientes supieron que ya no se casaría nunca. Y como tenía sobrinos, lo llamaron cariñosamente "el tío", y así se quedó por un buen tiempo. Vivía en Las Guacas, que entonces no estaba tan en ruinas como ahora, o en Las Veraneras; o pasaba semanas en Santo Domingo del Viento, jugando al billar, que era su entretención favorita. Cuidaba el ganado, lo vacunaba cuando venían las epidemias, y se turnaba con Timoteo en el ordeño de las vacas, en la preparación de los quesos y en los diferentes quehaceres de las fincas. La gente lo apreciaba, y cuando iba por los caminos, salían para invitarlo a un refresco, a un aguardiente, a un sorbo de guarapo o a un plato de mazamorra chiquita. El nunca rehusó nada. Decía que dar -cuando se da de buena gana- es como entregar un poco de uno mismo; y que no se podía rechazar a nadie. Martín fue volviéndose un filósofo al lado de la naturaleza y de la vida, en las vecindades del aguacero y de los atardeceres. Martín, solía decir la gente, piensa como si fuera el paisaje: acepta lo que le den, aun las basuras, y no le niega el sol a nadie.

Y una mañana, cuando había amarrado el caballo junto al portón del billar, para su bien o para su mal se encontró con Arcángela Soñado. Era hija de Agustín Soñado, un gallero de los pueblos cordillera­nos, bebedor y enamoradizo; y de Diva Milagros Mantilla, una señora diminuta como un dije, y tan valiosa como ellos. Arcángela iba por los veinte años, era hermosa como una tentación y limpia como una patena. Y sin que nadie supiera por qué - de las cosas del amor se escribe mucho pero nadie sabe nada - Martín y Arcángela se enamoraron.

Del tío se burlaron muchos. Le dijeron que no tendría una esposa sino una nieta. De Arcángela se burlaron todavía más. Le comentaban que no tendría un marido sino un reuma. Los dos solamente le hicieron caso a su amor. Y se casaron.

La boda fue callada porque la felicidad no es alharaquienta, según dijo Jesusita cuando, en la cocina de Las Veraneras, preparó un almuerzo para pocas personas: Don Camilo, su mujer, los nuevos esposos y los padres de Arcángela. Martín se veía radiante, y ella también. No se soltaban de la mano, se miraban sin cansancio, se hablaban en susurros y se contestaban a besos. Un matrimonio loco, decían. Una pareja bastante coja, murmuraban. Un viejo y una niña, musitaban. Pero ellos oían sus corazones que andaban al compás, que tocaban idéntica melodía, que entonaban el mismo canto.

Martín cambió su vida solitaria y se dedicó a cuidar Las Veraneras. Y sembró naranjos, injertó moras con nísperos, cultivó flores traídas de otros climas. Arcán­gela lo acompañaba con su sonrisa que era como una madrugada permanente. Nunca lo dejó solo. Lo amaba, eso se veía desde lejos. Se amaban. Eso era tan hermoso, que la muerte metió baza. Y al cumplir tres años de casados, Arcángela se fue de la tierra y volvió al cielo.

No se supo de qué murió. Unos diagnosticaron, después de muerta, un cáncer en el seno derecho. Otros, un ataque cardiaco, ya que alegaban que el corazón de la muchacha no había podido soportar tanta felicidad. Pero, a las diez y últimas, no hubo un dictamen concluyente. Murió, sencillamente. Como se apaga una vela cuando la cera se termina; como cae una ciruela del gajo cuando está más colmada de dulzura; como se desprende una mariposa del aire en el momento de iniciar su vuelo. Arcángela Soñado se fue, y todavía su recuerdo sigue sobrevolando Las Veraneras en el canto de los jilgueros, en el arrullo sostenido de las torcazas, en el olor de las mazorcas cuando se asan al fuego, en el sabor del bienmesabe, en la soterrada pasión de las serenatas.

Entonces, la vida le cayó encima a Martín como cuando cortan un árbol. Y no pudo sacudirse la tris­teza. Lo consolaron, lo invitaron a muchos sitios, le enviaron libros de todas las materias, le contaron historias, le inventaron canciones. El había caído en un pozo de soledad; y no pudo, o no quiso, salir de ahí.

Como no recibía consejos ni consuelos, lo dejaron abandonado. Es una forma dura, pero hermosa, de respetar la pena de los otros. Se quedó solo en Las Veraneras desde enero a diciembre.

Ya no bajó a las calles de Santo Domingo del Viento, ni empujó con el taco las bolas sobre la mesa del billar. Por muchos meses creyeron que había muerto. Y al no verlo más, se hicieron a la idea de que Arcángela había venido una tarde por él, para con­tinuar en el cielo un amor que le quedó muy grande a este mundo.
Martín cultivó su soledad, la impuso, la vivió, la defendió a capa y espada. Y esa soledad se lo fue ganando, se lo comió, como la carcoma devora una tabla recia hasta convertirla en aserrín. Martín se hundió en sí mismo, en los insondables sótanos de su melancolía. Y fue como si no existiera. Jamás hubo una soledad tan sola como la suya.

-Ahora -dijo don Camilo, y oyó al tiempo media docena de suspiros- no sabemos en dónde está Martín. Pero pienso que él trata de que alguien le rompa la soledad, y busca desesperadamente una compañía. Quizás por eso se robó el plato que Jesusita compró en Ráquira; tal vez por la misma razón se llevó la gargantilla de Teresa y la metió dentro de una de las viejas paredes del Botiquín.

Y eso fue todo. Los chicos quedaron sueltos, pero no quisieron moverse. Vieron que los mayores se marchaban de la sala, y notaron que en la ventana desaparecía el resplandor de colores que había indi­cado la presencia de Chiritos.

-Es una historia muy triste -dijo Pipo.

-Yo la creo muy hermosa -anotó Mayi-. Eso sí es amor. Amor de novela, de película, de los que nunca se darán en la tele donde ahora cada cual anda con su cada cuala. El amor del tío Martín y de Arcángela Soñado, es como para hacer llorar a una estatua.

Lucas, que al ver a Jesusita y a Timoteo besándose había creído que eso era el amor, pensaba que el de su tío por la pálida muchacha de veinte años sí merecía ese nombre. Un amor más grande que la vida y la muerte juntas. Un amor capaz de llenar de imágenes y de presencias la soledad.

-¿Podemos sacar alguna conclusión de todo esto? -preguntó.

-Yo no quiero sacarlas -dijo Mayi.

-Pues yo sí -terció Pipo-. El tío Martín se metió a vivir en Las Guacas; y de repente se cansó de estar solo. Entonces se inventó lo de los tesoros para que alguien, los vecinos, el gringo del jeep brincador, nosotros, fuéramos a visitarlo.
-¿Creen que él es el fantasma? -preguntó Lucas.

-Usa zapatos de amarrar, cruza la pierna -dijo Mayi-. Esas cosas no las hace un fantasma. Además, ¿cómo es que anda tapándose con un mantel?

-¿Y si vamos a buscarlo? -propuso Pipo-. ¿No se acuerdan del molino que nos hizo? Entonces no esta­ba tan loco.

-Ahora no está loco -dijo Mayi, ofendida-. Está solo.

Así que decidieron bajar hasta Las Guacas. Tristón salió de debajo del sofá. Los miró, de uno en uno, con gesto de duda. Luego meneó la cola, lo que en su caso no quería decir nada. Por fin acabó moviendo las orejas, y supieron que estaba contento; pero no entendieron por qué.
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La tarde iba como por las cuatro y media. Las guacamayas gritaban, volaban de un lado a otro, daban aletazos azules al paisaje, le ponían el pecho rojo a los resplandores de occidente, anticipaban el crepúsculo y el sol de los venados encaramado en las colinas. Los cerezos estaban madurando su cosecha, y en unos cuantos días podrían llenar canastas y sombreros con las frutas azucaradas.
Chiritos hizo un vuelo ascendente, partiendo de la chimenea. Se impulsó en su escoba, como un sacacorchos, y se hundió en una distancia tan grande que la perdieron de vista. Poco después cayó sobre el campo y los árboles y los caminos una tenue llovizna, dulce y tibia, y supieron que desde su espacio en el mundo que existía más allá del mundo, ella estaba llorando. Sólo que sus lágrimas no tenían sal sino azúcar, y por eso los tres y Tristón se las bebieron y sintieron como si ella los invadiera, en la misma forma respetuosa y distante en que un canto llena todo el silencio.
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Pero no vieron al fantasma. Recorrieron los corredores y notaron más pronunciada la ruina, la desolación, el abandono. En la cocina la ceniza estaba hela­da, y las piedras del fogón ya ni siquiera tenían la huella del hollín. El cuarto de Chiritos estaba vacío. En el rincón sólo había unos juncos rotos, y unos pe­riódicos en los que la última noticia era la guerra que había brotado de un distante pueblo llamado Sa rajevo, porque un estudiante mató a un archiduque. Era corno si Chintos nunca hubiera existido. Ni siquiera encontraron la cesta en que durmió Tristón cuando tenía la pata izquierda vuelta papilla.

-¿Será que de veras lo soñamos todo? -volvió a preguntar Lucas.
-Cada uno inventa sus sueños.
-Cada cual tiene los sueños que merece -remató Mayi.
Entraron al Botiquín y hallaron frascos sin esencia, y al lado sur el montón de cosas sin nombre que el tiempo había ido acumulando. En la pared estaba el nicho, como muy previamente preparado, y la flecha fosforecente, y el letrero.

El cuarto de las herramientas olía a moho. Allí se detuvieron un rato, curiosos, mientras la noche iba lloviznando sobre el tejado, y los árboles distantes, y los cerezos abrazados por el ardor de los curubos.
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Había un martillo grande como para romper el mundo y sacarle la nuez de la ternura; unos alicates como para enderezarle los anillos a Saturno y los canales a Marte; una palanca "que, apoyándose en la tierra, podía mover todo el sistema solar, y reor-denarlo; una catapulta que impulsaría la luna hasta más allá de los límites del infinito; un azadón que sólo abría surcos de esperanza para sembrarlos de felicidad; una pica para esculcar en el fondo de las minas y sacar los ojos verdes de las esmeraldas, empañadas por la tristeza de los violentos; un hom-bresolo que andaba enamorando unas tenazas y pro­poniéndole poner un taller juntos; un compás que estaba borracho de dar vueltas; un nivel con una gota de agua completamente loca porque nunca había podido conservar el equilibrio; un destornillador desternillándose de risa; un gato de cuatro toneladas que soñaba ratones hidráulicos; unas podaderas que podían no sólo peluquear los pinos sino trasquilar las pesadillas; y un rollo de alambre de púas que deli­mitaba los prados de las premoniciones, separándolos de aquéllos donde crecía la maleza de los recuerdos.
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Cuando salieron del cuarto, ya había oscurecido. Y entonces vieron el fantasma cerca del naranjo y se lanzaron contra él, llamando: "Tío", "Tío Martín", "Te pillamos". Pero cuando intentaron abrazarlo, el man­tel bordado desapareció y los tres se estrellaron unos contra otros en la más impresionante oscuridad.
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Ahí sintieron todo el miedo que no habían experi mentado en los días anteriores. Quisieron echar a co­rrer, pero las piernas parecían de algodón y los zapa­tos de plomo. Pensaron decir una palabra, dar un grito, pedir ayuda; pero una gargantilla -no de oro sino de pánico- les cerraba toda posibilidad de comunicarse.
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Y entonces, con mano temblorosa, Mayi señaló el huerto: junto al manzano en donde habían cavado, estaba el fantasma.
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-Parece burlándose de nosotros -dijo Lucas. —Yo me vuelvo a Las Veraneras -dijo Pipo.
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-El que dé un paso atrás es otro gallina -anunció Mayi, con el tono que Lucas le conocía de sobra.
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-Sí, mi sargento -dijo, cuadrándose.
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Y los tres marcharon hacia el huerto. Se acercaron al fantasma, temblando, retrocediendo, empuján­dose. Y cuando Mayi, siempre la más osada, quiso aga-rrarlo, el mantel se agitó hacia lo alto, y se detu­vo. Debajo, no había nada.
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Pipo y Lucas salieron corriendo hacia la esquina del Botiquín. Pero Mayi miró hacia arriba, y vio que el mantel estaba sostenido por tres cuerdas de nylon, que se habían enredado en los gajos más altos del manzano.
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No podía explicárselo claramente; pero supo que alguien estaba gastándoles una broma. Y decidió seguirle la corriente al supuesto fantasma, cuya identi­dad sospechaba.
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Se alejó para que el tío Martín, como los malos pescadores, recogiera la red que se le había enredado. Y al llegar junto a Pipo y Lucas vio que miraban hacia el cielo, y cuando alzó los ojos vio a Chiritos, enorme y luminosa, colorida y brillante, como un trozo de jardín en donde crecieran estrellas con los siete colo­res del arco iris. El viento de las constelaciones estremeció el jardín, y poco a poco fueron cayendo pétalos dispersos, Perseidas fugaces que seguían caminos caprichosos por el insondable matorral del viento.
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-Chiritos está lloviendo otra vez sobre nosotros -dijo Pipo.
-Pero ya no como agua dulce, sino como luz. Como las luces de bengala en los aguinaldos -dijo Lucas.
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-Chiritos se despide de nosotros -murmuró Mayi, con tristeza-. Es como en la última noche de diciem bre: la gente de Santo Domingo del Viento quema su pólvora, para que el año nuevo nazca inocente y limpio.
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Hizo con la mano una señal de despedida hacia los últimos confines del cielo, y entonces las estrellas fugaces se apagaron; y cerca de la puerta del cuarto cerrado vio al fantasma, y se oyó de nuevo el rechinar de sus ruedas oxidadas.
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Como si se hubieran puesto de acuerdo, los tres se separaron. El fantasma quedó un poco desconcertado. Y antes de que pudiera reaccionar, Pipo lo atacó por la derecha, Lucas por la izquierda, y Mayi -que era más recursiva- desde arriba, porque se había subido en una viga y se dejó caer encima del frutero bordado en punto de cruz.
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Y sí, bajo el mantel, había algo sólido: el tío Martín. Lo vieron con una malla negra como las que usan los practicantes de yoga. En la oscuridad casi desapa­recía, y sólo brillaban sus bigotes blancos y sus cejas cenicientas. Lo miraron con afecto, sin sombra de temor. El los miró con pena.
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-No quería que me descubrieran -dijo. Y recogió el mantel, lo dobló y se lo puso al brazo, como el mesero de un restaurante de categoría.
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-¿Por qué lo haces? -preguntó Pipo.
-Porque estoy solo -dijo el tío-. Y la soledad duele.
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Y después de una pausa les contó que, para atraer gente hasta las ruinas de Las Guacas, él mismo había hecho correr las historias de tesoros y fantasmas. Así, noche a noche, día a día, venían visitantes, curiosos, ladrones, trotamundos.
-Hasta que llegaron ustedes -les dijo, mirándolos con su permanente tristeza.
-¿Quieres decir que te dañamos el programa?-preguntó Lucas, y sintió una punzada de arrepentimiento.
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-Yo pienso que no -dijo Mayi. Y dirigiéndose al tío: -¿Qué es eso de andar siempre solo? No crees que Arcángela Soñado, aunque esté en el cielo, sufre al verte sufrir. Ella no ha muerto, tío, sólo se fue adelante. Muchas veces tú debiste hacer lo mismo. Cuando papá, mamá y nosotros íbamos a venir de vacaciones a Las Veraneras, tú viajabas unos días antes para tener la casa limpia, los árboles podados, los frutales en orden. ¿No crees que lo mismo hizo Arcángela? Arriba está esperándote con la casa barrida y los brazos abiertos.
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Martín la escuchó con ternura. Pipo y Lucas esta ban conmovidos. Tristón, que había permanecido en el patio mirando caer las últimas estrellas de Chintos, llegó corriendo y movió las orejas a un ritmo exagerado.
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-¿Cómo le curaste la pata? -quiso saber Pipo.
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-Estaba solo lastimado. No había hueso partido, pero la sangre es muy escandalosa. Yo lo curé, con un emplasto de hierbas que me enseñaron a preparar los indios de la sierra.
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-Tienes que volver a Las Veraneras -dijo Pipo.
-Regresar a la casa -apoyó Mayi-. Y hacer la vida con nosotros, hasta que Arcángela te llame.
-Hay un pecado que no se puede perdonar -dijo Lucas- y es morir antes de tiempo.
Martín suspiró. Se incorporó, miró en torno, oyó el grito de una guacamaya desvelada.
-¿No están decepcionados? ¿No se sienten estafa­dos por mí? ¿No cometí un atropello contra ustedes?
-Yo ya tengo una historia para espantar a los ami­gos -dijo Pipo-. Ha sido una aventura, no como las de Indiana Jones, pero casi...
-¿Estafados por qué? -preguntó Lucas-. Nosotros no buscábamos un tesoro. Tal vez, sin saberlo, bus­cábamos un sueño. Y lo encontramos.
-No has cometido ningún atropello -apuntó Ma-yi-. Y, la verdad, aquí en Las Guacas sí encontramos un tesoro.

-¿Cuál?
-Tu cariño -dijo Mayi-. Tu soledad. La historia de tu amor. Y ese es el tesoro que nos llevaremos de estas vacaciones, tío Martín. Y es el mismo que nos acom­pañará toda la vida. Porque aunque no tenemos otro remedio que crecer, siempre, desde cualquier sitio del mundo, desde cualquier época de nuestra edad, po­dremos regresar a esta casa, a este momento, a estas palabras. Y sentir la fuerza del cariño, que es la que debería mover el mundo.

Martín la abrazó. Le pareció que, de un momento a otro, Mayi había tomado un distante parecido con Arcángela. Y comprendió que la vida no se podía tirar como una colilla, como un resto inservible, como un sobrante indeseable. La vida, se dijo, hay que vi­virla de la mejor manera posible mientras nos ilu­mine y nos caliente.

Los cuatro salieron al patio de Las Guacas.

-Chiritos sigue lloviendo sobre nosotros -dijo Pipo.
-No la olvidaremos nunca -prometió Lucas.
—Será como esos sueños que se repiten a lo largo de la vida -concluyó Mayi.
Tristón los miró, y pareció que iba a decir algo. Pero se limitó a mover con entusiasmo las orejas.

Tomaron el camino hacia Las Veraneras, y una de las guacamayas dio un grito. No de angustia, como las otras noches, sino como un desafío, como un reto, como el clarín que despierta a los guerreros cuando comienzan de veras las batallas.

Mayi miró al cielo: seguían lloviznando estrellas fugaces, las Perseidas, los restos del Swiff-Tuttle, las lágrimas de San Lorenzo. Miró a Tristón, y supo que le sonreía. Y al acariciarle el lomo le notó los carám­banos de hielo que se le habían quedado prendidos desde la excursión a las heladerías del Polo Sur, don­de ella había probado un cono de besos, pomarrosas y cerezas.

El tío Martín seguía con el mantel al brazo.

-Como fantasma eres un fracaso -le dijo Mayi-. ¿Cómo es que no utilizaste una sábana?

-No sabía que hubiera mayor diferencia entre sá­banas y manteles -alegó-. Además en el momento de echármelo encima no tenía sueño, sino hambre.

La risita socarrona de Tristón los detuvo en seco. Y lo vieron alejarse, muy dueño de sí mismo, cojeando un poco de la pata izquierda, como para darse importancia.


 

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