Las montañas no llegan al cielo (VI)
Cuando abrieron la puerta del edificio en sombras, vieron que el cielo estaba oscuro.
- Tú dijiste que aquí no transcurría el tiempo- le reclamó Lunela a Julián.
- No es de noche. Es, simplemente, que amenaza tormenta.
- Pues mis élitros no detectan nada- argumentó Cucarabajo.
- ¿Qué importa un poco más de oscuridad o un poco más de luz?- dijo Anamaría, a sabiendas de que sus ojos serían capaces de aclarar el paisaje. Y añadió: Yo tengo una cita al otro lado de esas montañas.
- Al otro lado existe el tiempo- dijo Julián, temeroso.
- Voy a ir de todos modos- contestó Anamaría, mirándolo desafiante. Y algo que en el fondo de esos ojos negros, que contrastaban violentamente con los suyos, le hizo cambiar la voz para decirle: También tú tienes que asistir a la cita.
- Entonces, vamos- dijo Lunela-. Total, Cucarabajo y yo queremos viajar, y no nos vamos a quedar aquí parados para siempre.
Y emprendieron el viaje. El camino se distinguía como un rastro ceniciento. De trecho en trecho se perdía entre inmensos árboles de piedra, de los que caía sobre la tierra un sudor negro y espeso; pero cuando creían estar extraviados, unas pequeñas piedras blancas brillaban entre la arena.
Julián abría la marcha. Lo seguían las dos niñas, que a veces parecían una sola; y en la retaguardia iba Cucarabajo, que otra vez sentía algo como una extraña respiración empujándolo, como unos pasos sigilosos confundiéndose con los sonidos de sus patas de trabajosas articulaciones. No quería mirar atrás. Temía no encontrar camino ni pasaje, y le parecía terrible que el olvido les negara el regreso.
El cielo estaba cada vez más negro; pero detrás de las nubes tenía que estar el sol, porque se veían recortadas en oro contra la oscuridad circundante. Uno picos altísimos se confundían con las nubes, como si éstas fueran una prolongación de la tierra, o las montañas fueran nubes petrificadas. El canto de los buhos sonaba con frecuencia, multiplicado por los ecos que descendían de piedra en piedra hasta el fondo cada vez más lejano del valle.
Lunela sintió terror cuando oyó el aullido de los lobos. Anamaría y Julián parecían vacunados contra el miedo. Iban juntos, y Lunela sintió una punzada de celos. Se habían olvidado de ella, la dejaban atrás en su afán de cumplir una cita que no entendía. También se preguntaba por qué esa niña tenía el mismo nombre y los mismos ojos de su madre, y por qué Julián le resultaba tan familiar, tan próximo, como si alguna vez lo hubiera visto sentado a una mesa de patas firmes, en un ángulo del corredor de la Casa Vieja, cerca del cuadro donde los espigadores esperaban que acabaran de volar por el cielo de otoño las palomas de ángelus.
Entonces recordó lo que no había leído todavía en el legajo de hojas amarillas que había encontrado junto al álbum.
- Te invito a que te sientes conmigo en el jardín, y a que sigas mis ojos hasta el cielo. ¿Ves las nubes? Son caballos locos, perros de orejas gigantescas, navíos de grandes velas desflecadas, castillos que se derrumban, rebaños desperdigados por el inmenso prado azul.
Para Lunela las nubes y el cielo eran inseparables como el hombre y sus pensamientos.
- Hay nubes blancas o negras, suaves como gasas o espesas como abruptas cordilleras. Hay unas que dejan bajar el sol a la tierra y otras que lo retienen dentro de ellas.
- El viento- le decía a su imagen reflejada en el espejo deshilachado de la llovizna- juega con las nubes y ellas dejan que las forme a su antojo
.
El pensamiento a veces duele. Pero ¿qué sería del hombre sin él? Lunela comprendía que sin las nubes el cielo sería un espacio vacío, y sin el cielo las nubes no existirían.
Los pensamientos necesitan al hombre para manifestarse, y el hombre necesita los pensamientos para que su existencia no sea un vacío. Los pensamientos pueden ser trágicos porque también hay nubes de tormenta. El cielo no siempre tiene que ser azul porque también hay pensamientos grises.
- Las nubes hablan con la voz de la lluvia, y el pensamiento habla con la lluvia de las palabras.
- Enciende una luz pero no te quedes con ella, porque una luz sólo tiene razón de ser si nos alumbra a todos.
Lunela entendía que cada cosa funciona en relación con otras. Por eso una persona lo es en el sentido integral, en la medida en que se comparte. Ella vivía por sus padres, para ellos y para sus amigos; sus padres y sus amigos vivían para ella y también para los otros, y cada uno para todos. Lo curioso es que siendo cada hombre un mundo, no puede vivir si se aisla.
- Una estrella no justificaría el universo, pero el conjunto de estrellas hace el universo.
- Un pupitre es un pino que dejó de ser árbol. Como en el árbol caben las palomas, en el pupitre caben las palabras. Unas vuelan inaugurando la mañana y otras inaugurando el mundo.
Por las noches se inclinaba sobre su cuaderno. Pintaba, y le parecía que estaba inventando las flores porque podía hacer rosas azules, y que desafiaba al aire porque dibujaba águilas de topacio.
Las palabras le abrían horizontes, mirando el atardecer que entraba por la ventana sabía que la noche empezaría también a hacer su plana con las palabras vacilantes de las estrellas.
Y se dormía cuando el cansancio le borraba lo escrito en el tablero de la memoria.
- Para vivir, el hombre sólo necesita hacer su tarea con amor.
La sacó de su inmersión en sí misma un nuevo aullido, más cercano. No eran los lobos, pensó. Debía ser un animal desconocido, mezcla tal vez de tigre y de pantera, cruce quizás de hiena y gato. Un maullido, una risa, un rugido, todo eso junto y multiplicado por el silencio. Pensó llamar a Julián, pero él y Anamaría iban cada vez más lejos.
- Sin embargo, no estamos solos- dijo Cucarabajo, que cansado de volar se le había vuelto a trepar en el hombro.
Lunela ya no extrañaba que él le adivinara los pensamientos,
- Y ellos dos- siguió Cucarabajo- parecen conocidos. O al menos, predestinados a conocerse.
- Pero mi padre se llama Andrés- argumento Lunela.
- ¿Y quién te dice que ese muchacho no se llama Julián Andrés?- argumento Cucarabajo, que tenía la costumbre de no callarse cuando alguien quería ponerle punto final a su charla.
Arriba, muy arriba, brillaba una luz. Podía ser una estrella, pensó la niña; o la lumbre de un buen fuego filtrándose a través de una ventana. Tal vez junto a ese fuego habría un trozo de carne dando vueltas en el asador, y el menor de los tres hermanos, pálido y dulce, lo miraría con hambre mientras esperaba a sus hermanos mayores, y el viento del oeste se colaba por entre los postigos. O tal vez, y era lo más probable, sería uno de esos fuegos fatuos que brillan sobre la superficie de los pantanos, dando una engañosa sensación de camino para que se acaben de perder los peregrinos extraviados en la oscuridad.
Un torrente de plata caía sin caer desde lo alto. Las ondas parecían perderse en la sombra infinita del valle, pero en realidad estaban quietas: era la luna la que rielaba sobre ellas dándoles sensación de movimiento. Y a los lados del torrente crecían unos helechos inmensos, de ramas vivas y curiosas que atrapaban cuanto pasaba a su alrededor, pájaros de alas de vidrio y mariposas de alas de seda, o buhos que seguían apuntalando con su canto los muros rotos del silencio.