"La sabiduria consiste en saber cuál es el siguiente paso; la virtud en llevarlo a cabo".
David Starr Jordan


 

Los niños cuentan con Soto Aparicio.

 

En concordancia con escritores como L. de la Bruyere y Marisa Bortolussi, en el sentido de que a los niños  no hay que “considerarlos minusválidos mentales”, y que por el contrario, se les debe “inspirar una confianza y una esperanza  en que las tragedias de la vida pueden superarse”, nuestro ilustre escritor Fernando Soto Aparicio, nos aporta  otro ángulo de su pluma  con 33 cuentos Infantiles a través de su obra El color del viento.



Cuento No 27



Caracol y Caracola nunca pensaron que para su pequeña Caracolí la vida se volviera tan difícil. Ellos habían pasado su existencia en una cueva de musgo, junto a la raíz de un pino. Eran amigos de la llovizna y del aguacero, y no le tenían miedo a las tormentas. Una vez, en una fuente cercana nació el arcoiris, y treparon a una colina para ver cómo ese vuelo de colores cruzaba el cielo como una sonrisa del horizonte. La vivienda era húmeda y acogedora, y los tres sólo esperaban los amaneceres para comenzar a aguardar las tardes: dos penumbras parecidas que amaban por igual, y que les daban una refrescante sensación de intimidad y de cercanía.

Pero de repente, las cosas fueron cambiando. El campo se incendió, y del pino solamente quedaron unos troncos negros, alzados al cielo lo mismo que imprecaciones o quejas; la cueva se agrietó, el musgo se volvió de alambre viejo y el agua desapareció para siempre. Incluso los pájaros que saludaban la llegada del alba se quedaron mudos o se fueron a otros paisajes, en los confines del mundo. Los árboles vecinos también se convirtieron en esqueletos; y desde la colina hasta el río sólo quedaron regueros de ceniza.

Caracolí no entendía nada, y sus padres no tenían palabras para explicarle el cambio. Una golondrina extraviada les dijo, simplemente:

-Es el progreso. -Como habría podido decirles: -Es la barbarie, es la destrucción, es el asesinato de los árboles. -Y quizás añadirles: -Los están matando de pies contra el paisaje, un tribunal de locura los condenó a muerte y los fusilan al amanecer.

Caracol pensó buscar otro campo, un árbol como los de antes, una gruta donde el musgo fuera húmedo y acariciante. Pero era lento, y la desolación era enorme. Viajó ocho días a velocidad de caracol y tuvo que regresar porque no encontró nada. Al menos, nada distinto a la misma nada, como trató de explicárselo a Caracola, que sintió en su espalda de cal el peso no de los años, porque los caracoles morían sin edad y distribuyendo todavía a los lados su presencia de nácar, sino el enorme peso del absurdo: si el hombre mataba el campo, el campo no podría nutrir al hombre. Matar el campo era un suicidio.

Caracolí los vio partir, y se quedó esperándolos. Una pequeña lluvia redimió la ceniza, pero de ésta nunca nacerán flores. La sangre del árbol se había evaporado de sus venas abiertas. Caracolí bebió unas gotas de agua, que pese a su acre sabor de petróleo refrescaron momentáneamente su agonía.

Pero ya el desastre estaba en marcha. La tierra quizás se cicatrizaría; su piel verde retoñaría alguna tarde; volvería la llovizna al mundo. Sólo que ya Caracolí no tendría vida para verlo. La devastación iba más rápido que los retoños, más aprisa que el musgo. Los caracoles caminaban y el óxido volaba. Lo último que vio fue a la golondrina extraviada que huía con pánico de los muñones del árbol, y lo último que logró oír no fueron los truenos premonitorios de la lluvia, sino los pasos de Caracol y Caracola, que se quedaron por el camino, en la realidad roja y difícil de la sequía.



 

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