En concordancia con escritores como L. de la Bruyere y Marisa Bortolussi, en el sentido de que a los niños no hay que “considerarlos minusválidos mentales”, y que por el contrario, se les debe “inspirar una confianza y una esperanza en que las tragedias de la vida pueden superarse”, nuestro ilustre escritor Fernando Soto Aparicio, nos aporta otro ángulo de su pluma con 33 cuentos Infantiles a través de su obra El color del viento.
Cuento No 26
Cuando me dijeron que Toby estaba muerto, bajé de lo alto del pino a toda velocidad." ¿Muerto?", pregunté. Y quise añadir un comentario, algo así como: "Sólo se mueren las personas mayores, sólo tienen derecho a morir los que ya han vivido". Sin embargo, no dije nada. Pero no quise ir a la iglesia, y mucho menos al cementerio. Para mí, Toby seguía viviendo: en las orejas del alma me sonaba su risa.
Toby y yo nos hicimos amigos un día en que la maestra nos dejó sin recreo, porque ni él ni yo supimos conjugar en pretérito pluscuanperfecto el verbo amar. Nos quedamos solos en el salón. Yo le dije: "Del verbo amar, lo único que sé conjugar es el presente: yo te amo". Y me contesto: "Yo también”. Y no supe si él también se refería a que él lo sabía conjugar, o a que él me amaba.
Por la noche se lo comenté a mi hermana mayor, que ya con sus quince años se ha echado de novia. Y me dijo: "Si él no te lo dice claramente, díselo tú. La época en que frente a los hombres las mujeres éramos mudas, ya pasó".
Por eso, al otro día tampoco llevé la tarea de español, para quedarme sin recreo. Y ni que nos hubiéramos puesto de acuerdo, porque a Toby le pasó lo mismo. Ya solos, le dije: "Ese también, ¿se refiere a que tampoco sabes conjugar el verbo?". Y él, con su seriedad de diez años, me dijo: "No, a que también te amo". Yo sentí un golpazo en el estómago, como un puñetazo dado en el ombligo por Mike Tysson. Y al tiempo, los dos resultamos conjugando: "Yo te amo, tú me amas, nosotros nos amamos".
Esto pasó hace apenas una semana. Por eso no acepto que un carro fantasma (los llaman así como si no existieran) lo haya matado. Me trepo al pino, nuevamente, mientras sus parientes y sus amigos van con su cuerpo al cementerio. Allá no está Toby. Aquí sí. Oigo que me dice: "Yo también te amo, Tere". Y cierro los ojos y lo veo en el salón, muy serio, con las pupilas iluminadas. Y aprieto las manos alrededor de su recuerdo, para que no se me vaya nunca.
Desde aquí se ve el lago. Toby y yo lo mirábamos tardes enteras, sin cansarnos. Todo nos llamaba la atención: los círculos que hacen los peces cuando se asoman buscando insectos, los colores que el sol va poniendo en el agua, la sombra de la tarde que nace entre los juncos, y de repente una canoa como una hoja seca que arrastra el viento.
Todo sigue lo mismo en esta tarde, Toby. No es verdad que estés muerto ni es cierto que esté sola. Oigo tu risa, y yo río sin motivo, hasta que los ojos se me llenan de lágrimas. Tal vez eso sea la muerte, Toby. Quizá por eso mismo, por la muerte del día, el cielo -ese ojo inmenso y negro- también se ha ido llenando de lágrimas, tan silenciosas y tan abundantes como las mías.
 
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