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“El medio más seguro de impedir las revoluciones es evitar las causas“
Francis Bacon










 

Editorial

El virus de la violencia

El país asiste impasible al macabro espectáculo de asesinatos y venganzas, sin inmutarse, como si fuese natural violar el quinto mandamiento católico: no matarás.

 

Un incendio de peores consecuencias que los que se registran en cerros y llanuras recorre a Colombia y casi nadie parece percatarse de él. La humareda, antes que encender las alarmas, adormece a la sociedad. Es más bien una cortina de humo que opaca poco a poco un problema que quizás viene y existe desde hace más de 500 años: la violencia, la intransigencia, la intemperancia. A pesar de que los colombianos nos ufanamos de ser hospitalarios, la otra cara de la moneda muestra a un país en el que todo se resuelve a tiros.

Colombia es un gran doctor Jekyll y míster Hide. Esta semana, toneladas de ayuda humanitaria y millones de pesos recolectados en pocos días viajaron en aviones nacionales para colaborar con los pobres hermanos damnificados por el terremoto de Haití. Pero, al mismo tiempo, en la misma nación, una persona apareció degollada al lado del río Tucurinca, en Magdalena, y la noticia apenas mereció un párrafo en el diario El Informador de Santa Marta.

La concejal de Bogotá Gilma Jiménez acaba de entregar un balance espeluznante: este año, en apenas 15 días, 20 niños murieron en hechos violentos en Colombia.
El 2010 parece ser próspero pero en violencia: arrancó con el aterrador envenenamiento de unos pobres miserables con natilla contaminada, un postre mortal que sólo podría caberle en la cabeza al satánico míster Hide.

De allí en adelante, el menú sangriento incluye desde venganzas de ira e intenso dolor de un esposo engañado, que cosió a tiros a su esposa ante la familia y los hijos, hasta cinematográficos asesinatos en la ciudad emblema del país: Cartagena. Allí, en los primeros 14 días de este año, 15 personas fueron asesinadas a bala en Cartagena, en distintos lugares pero casi de la misma forma: sicarios generalmente en moto disparan sobre su víctima y huyen de inmediato, aprovechando el laberinto de calles en los barrios más populosos.

Pero lo más desconcertante es que la sociedad permanece impasible ante la enfermedad, a pesar de que los exámenes de sangre, literalmente, demuestran el contagio del virus de la violencia en sus venas.

En los primeros tres días de 2010 hubo 13 muertes violentas en Medellín, al parecer por las disputas por el control territorial que algunos grupos quieren hacer para la venta de drogas. Y en Cali, en los tres primeros días de 2010, se presentaron 16 muertes violentas.

Y hay más números macabros: un total de 15.817 asesinatos se registraron en Colombia en 2009. Y aunque el director de Seguridad Ciudadana de la Policía, general Orlando Páez, señala que la cifra de homicidios en 2009 fue la más baja de los últimos 27 años –y que en 2002, cuando asumió el poder el presidente Álvaro Uribe, esa tasa estaba por encima de las 28.000 muertes–, perder en un año casi la misma población que había en Armero en la noche de la avalancha debería movilizar al país hacia la búsqueda de una solución inmediata.

¿Cómo es posible que no se escuchen voces de alarma ante esta situación?
Es como si alguien, a sabiendas de que está infectado por un virus (en este caso el de la rabia), sigue la vida tan campante como si el germen no fuera, algún día, a llevarlo a la tumba.

 

Reyes del desempleo

 


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