No se puede medir la estabilidad económica del país por la utilidad que obtienen los bancos y los banqueros, los corredores de bolsa, los administradores de fondos, y otra serie de instituciones que derivan su existencia del mercado de valores y títulos bursátiles que, en muchos casos, no son más que capitales de papel que ayudan a construir una pirámide ficticia dentro de este capitalismo salvaje que vivimos.
Sorprende que algunos periodistas económicos y medios, den a entender que este crecimiento es una señal de estabilidad, cuando en nuestro país un alto porcentaje de empleados devengan el salario mínimo, y las tasas de desempleo sobrepasan el 12%, sin contar dentro de este porcentaje la enorme cantidad de empleados informales que no alcanzan ese nivel de ingresos y tampoco tienen seguridad social.
Es preciosamente esta política de capitalismo salvaje la que ha llevado al crecimiento desmesurado de unas entidades que trabajan con el dinero de los demás, y que no tienen recato en encarecer, de manera descarada, los servicios que le prestan a los mismos dueños del dinero con el que ellas, como intermediarias, se enriquecen a sus anchas.
Solamente por el acto de marcar una clave de cuatro teclas y entrar a un cajero a sacar su propio dinero, el costo para el usuario es de seis mil quinientos pesos. Una constancia de que un cliente está al día en su crédito, muchas ocasiones cuando el mismo banco no reporta el pago oportuno, cuesta diez mil pesos, y una transacción de una ciudad a otra otro tanto. Esto sin contar el asalto al centavo transacción tras transacción, que a la largan suma una cifra desmesurada.
Prestan dinero a muy altos intereses y lo reciben con un pago muy bajo de los mismos. En este negocio redondo pierde el usuario y el dueño del dinero, pero no los bancos que han aprendido a trabajar y usufructuar lo de los demás. Todos los gobiernos, sin excepción, están dispuestos a sacrificar cualquier cosa para salvar una entidad bancaria, y esta mano “caritativa” que tienden representa un alto costo para los ciudadanos en general.
Pero el dominio de estas poderosas entidades aumentará en el futuro. Para nadie es un secreto que el papel moneda está mandado a recoger y desaparecerá para darle paso al dinero plástico que, sin duda, va a encarecer los servicios bancarios mucho más, haciéndonos más esclavos y más dependientes del sistema.
Cifras como 3.14 billones de utilidad en los primeros cuatro meses del año, no son logros para mostrar. Distinto sería si los bancos ganaran con más moderación o si un gobierno los invitara a una mayor inversión social, o si los impuestos que ellos pagaran fueran consecuentes con sus ganancias. Entonces empezaríamos a entender que si se puede llegar a un mundo más justo en el que no impere la dictadura implacable del sistema bancario y financiero.