"Una democracia debe progresar o pronto dejará de ser grande o democracia"
Theodore Roosevelt (1858-1919)
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Editorial

Las pequeñas cosas de un gran desorden


No es difícil descubrir, a simple vista, que parte del problema de movilidad está en las vías públicas, y los culpables son todos los automovilistas públicos o privados que, a la hora de conducir hacen lo que les da la gana por falta de autoridad

¿Por qué es tan difícil lograr en Bogotá lo que en otras ciudades del mundo es un ejemplo?, o mejor, ¿por qué los alcaldes de esta ciudad no han podido meterle la mano a algo que es tan necesario organizar, para tener un esquema de ciudad cívica; principio y fin de toda metrópoli?

De hacerlo, indica el sentido común, se lograría un inmenso respeto por la vía pública, y se haría de nuestra capital una ciudad más amable y rápida que, al fin de cuentas es lo que reclamamos ocho millones de almas, partiendo de la base de que una avenida o una calle de amplio tránsito son como las arterias de un organismo vivo; si se taponan se detiene el fluido y se enferma.

No es difícil descubrir, a simple vista, que parte del problema de movilidad está en las vías públicas, y los culpables son todos los automovilistas públicos o privados   que, a la hora de conducir hacen lo que les da la gana por falta de autoridad.

Para la muestra de botón ningún burgomaestre se ha tomado el trabajo de ordenar los paraderos de los buses y busetas no adscritos a Transmilenio, y estos paran donde les da la gana. Donde el pasajero, agazapado, hace la señal para saltar al estribo y cancelar su pasaje, o para brincar desde el mismo, así sea en mitad de la calle y ganar el andén, parando cada diez metros si es necesario. Todo lo contrario ocurre con los alimentadores verdes que tienen debidamente demarcados los sitios para dejar y recoger pasajeros. Esto demuestra que si se puede.

Con los taxis, que cada día pululan casi en mayor cantidad que los mosquitos, ocurre otro tanto.  Las vías cercanas de las salidas de las estaciones de Transmilenio las convirtieron, caprichosamente, en su estacionamiento particular para buscar una carrera, y sin ninguna vergüenza, en largas filas, ocupan un carril estorbando la libre movilidad de otros vehículos que necesitan la vía para lo único que ha sido creada una calle o una avenida: para circular. Igual ocurre a la salida de los centros comerciales o de los grandes almacenes.

Y de los giros sobre una vía a la derecha ni hablemos porque ahí está el caos absoluto. Nadie respeta la línea de giro claramente demarcada, los avispados, que son los familiares de las avispas y por eso se llaman así, no tienen inconveniente en crear una segunda línea para girar de primeros. Para ellos el orden y las demarcaciones de la vía están mandadas a recoger, sencillamente porque son más aviones que los demás.

Y que tal la parqueada de muchos sobre una avenida mientras entran rapidito a comprar algo, o mientras esperan a un amigo que ya sale, o le compran al vendedor instalado en el semáforo. Alguna vez una señora se puso a leer la carta de un restaurante parqueada en plena avenida diecinueve con calle ciento catorce, mientras el mesero, sin ningún remordimiento por el caos que producía, le explicaba el contenido de cada plato. ¿Desfachatez? ¡Claro que sí! Y demasiado descaro, se puede decir.

Como estas puntadas de desorden se ven muchas pequeñas infracciones que en nada benefician el buen esquema de una ciudad. Usted, amigo lector, cada día  es testigo de este caos que nos agobia en las vías sin compasión.

¿Autoridad? sí. Eso es lo que falta. A  partir de allí se pueden ajustar muchas cosas. Si se corrigen estos pequeños detalles la ciudad mejoraría grandemente porque no se perdería un tiempo precioso por estas ligeras infracciones.




 


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